Emigrantes somos todos

Hay quienes no tienen límites a la hora de opinar sobre las decisiones de los demás. Por lo visto, ahora todos nos sentimos con el derecho –y sobre todo, con la moral- de hacer juicios de valor sobre los actos de terceras personas, sin siquiera tener la delicadeza de preguntar ‘por qué’. Esta reflexión viene a propósito de  un comentario que me escribieron hace unos días en mi blog www.caracasciudaddelafuria.blogspot.com y que me dejó sin palabras:

“Es irónico en verdad la forma en que finalizó este blog… Como cualquier persona, está en su derecho de irse, pero es por demásdecepcionante y doloroso que aquella persona que nos hizo amar un poco más de esta ciudad fuera una de las que saliera huyendo de ella… Por confesión de la propia autora, lamentablemente vemos una vez más que «el amor y el interés al campo se fueron un día, y más pudo el interés que el amor que le tenía»… Adiós «caracasciudaddelafuria.blogspot.com«, que te vaya bien…”

Hasta ahora no he sabido cómo responder estas líneas. En principio, sentí indignación, pues el post al que hace referencia el lector comienza precisamente con la frase: “yo no salí huyendo”. Luego, sentí tristeza por el hecho de que alguien se haya sentido decepcionado y dolido por mi decisión de irme del país. Y luego sentí rabia, porque alguien –quien no conozco y quien ni siquiera dejó un correo para debatir su posición- osara en decir que mi relación con la ciudad y el trabajo que durante años estuve haciendo por promover una relación más amable con Caracas lo hice por puro interés.

Yo entiendo que el éxodo que está viviendo el país nos tenga más sensible de lo normal. Lo veo por las críticas que generó la editorial web del profesor Rafael Briceño donde hablaba de quienes emigran y terminan friendo papas en Estados Unidos.  Y lo reafirmo cada vez que leo los mil y un artículos que han salido publicados últimamente sobre el tema. Pero no creo que eso nos dé el derecho de criticar a quienes decidieron irse o a quienes decidieron quedarse. Las  circunstancias o las motivaciones de cada quien son diferentes. Y, en ambos casos, son respetables.

No por estar lejos se está ausente. No por estar lejos se está a feliz. Así como tampoco por quedarse se está presente. O por quedarse se es infeliz. El desarraigo también es una forma de emigrar. Desde el momento que desconoces las bondades que nos ha dado nuestro gentilicio o reniegas de nuestra nacionalidad, también te conviertes en un extranjero, pero en tu propia tierra. También has hecho maletas y has partido lejos del país que te vio nacer.

No por quedarse se es más valiente. Ni por irse se es más cobarde. Simplemente, ser venezolanos en estos tiempos resulta complicado. La nacionalidad nos pesa tanto a quienes nos fuimos como nos quedamos. Todos de alguna u otra manera hemos hecho maletas. El reto estará en deshacerse de la carga y retornar al hogar livianos de equipaje para reconstruir un nuevo país.



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