Empezar por uno mismo

Muchos piensan que es imposible cambiar el mundo, sin embargo lo vemos transformarse constantemente. En gran medida, la cultura occidental ha sido configurada por las ideas de algunas mentes que, por casualidades y causalidades, fueron determinantes en el curso la historia.

¿Fue el mundo lo mismo después de Aristóteles, Freud, Gandhi o Einstein? Independientemente de la opinión que cada quien tenga sobre ellos, es indiscutible que sus ideas permearon todos los estratos de la sociedad hasta convertirse en referencias culturales conocidas por todos. La lógica, el inconsciente, la libertad y la relatividad, son conceptos esenciales que informan nuestra visión del mundo.

Ahora bien, este razonamiento prueba la posibilidad del cambio pero abre la puerta a una conclusión potencialmente dañina: Que sólo los grandes pueden hacer la diferencia. Tendemos a aceptar esta alternativa con demasiada facilidad, a encerramos en nuestra burbuja y dejarles el mundo a los otros.

Es comprensible, la vida en sí misma, con su cotidianidad, ya es suficientemente compleja, y lo es mucho más cuando intentamos involucrar a los demás. ¿Cuál es la salida entonces? Particularmente creo que convertirnos en agentes pasivos no es una opción. La respuesta es simple pero implica un gran nivel de compromiso: Empezar por uno mismo.

Gandhi nunca pronunció exactamente la famosa frase: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”, pero recoge el espíritu de lo que cada quien, de acuerdo a sus capacidades y circunstancias, está llamado a hacer. Algunos preguntarán, ¿y para qué? Podemos decirles que debemos hacerlo para resolver, al menos en cierta medida, nuestros problemas, los problemas de la gente, que muchas veces se originan por falta de madurez intelectual y emocional, por una carencia de humanidad en el sentido más elevado de la palabra.

El mundo está más cerca de cada uno de nosotros de lo que jamás había estado antes, podemos comunicarnos en tiempo real sin tener que pensar en las distancias. Por esto cambiar no es suficiente, hay que compartirlo. No hay cosas demasiado pequeñas, la diferencia está en los detalles. Puede ser un video, una conferencia, una película, una canción o un libro, un discurso, un post de un blog o un poema. Nadie puede predecir cuál será la chispa que encienda la llama, si hizo algo por ti, probablemente lo hará por otro.

Asumir la responsabilidad de configurarse a uno mismo sin dogmas ni devociones al ego, evitar los “ismos”, y compartir en el proceso aquellas cosas que le dan sentido a la vida. Porque entendemos que el mundo es mejor cuando reconocemos al otro. La felicidad real es compartida.



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