En busca del tiempo justo

El periodista canadiense Carl Honoré ha trabajado en medios de gran renombre como The Economist y The Miami Herald, pero hace siete años se dio cuenta de que su tiempo estaba yéndose muy rápido. Escribió Elogio de la lentitud (RBA libros), interesante reportaje sobre iniciativas alrededor del mundo que reivindican una vida más lenta, y se ha convertido en un vocero de la calma que va por el mundo con un mensaje claro: velocidad y efectividad no van siempre de la mano. Para ser feliz es necesario ajustar el reloj.

¿La sociedad latinoamericana necesita pisar el freno?

Siempre me causa gracia la imagen de ustedes, los latinoamericanos. Cuando dije en Londres que venía a Bogotá para hablar del Movimiento Slow y del Elogio de la lentitud, todos me contestaban: qué bien, los colombianos son súper lentos, se la pasan bailando salsa, postergan todo. Pero no estoy seguro de que sea verdad. Todos vivimos en el mundo de prisa: la marcación rápida, la lectura rápida, las citas relámpago. Incluso las cosas que por su propia naturaleza son lentas, ¿qué hacemos con ellas? ¡Intentamos acelerarlas! Estamos atacados y el virus de la prisa afecta nuestra salud, las relaciones afectivas, el medio ambiente, e incluso a la economía.

Partes de la base de que cada persona avanza a distinto ritmo, que cada quien tiene un “tiempo propio”. ¿Cómo saber qué tan rápido o qué tan lento debemos ir?

No se trata de hacerlo todo a paso de tortuga porque eso sería absurdo. Es cuestión de privilegiar la calidad sobre la cantidad. ¿Cómo se sabe? Uno siente una tranquilidad interior, mucha confianza y un enorme placer. Está al alcance de todos. Mucha gente piensa que pisar el freno implica dejar la carrera e ir a vivir al campo. Esa es una manera, pero también se  puede ser lento en una gran ciudad.

¿Cuáles son los síntomas principales de estar viviendo en el tiempo equivocado?

El primer síntoma sería el cansancio, esa sensación de estar agobiados, quemados. Hoy día vivimos en un estado de cansancio constante: dormimos menos y mucha gente no logra sobrevivir a los días sin varias tazas de café. Con mucha frecuencia el cansancio es una señal que el cuerpo nos envía. Otro síntoma es la incapacidad de tener una relación, por no tener tiempo para escuchar a otra persona, por no tener tiempo para estar con ella, para apagar el BlackBerry en la cama, por ejemplo. Yo creo que hay una sensación de superficialidad también. En cambio, cuando vivimos en el tiempo apropiado disfrutamos de las cosas y tenemos mejores recuerdos. Hay un vínculo muy fuerte entre el recuerdo, la memoria, y la lentitud; cuando pasamos volando por la vida, no se nos queda nada.

El tema de la memoria me parece esencial en el marco la sociedad actual, en la que internet ha venido a ejercer una suerte de memoria colectiva y en permanente expansión que siempre está ahí pero genera dependencia.

Sí, la memoria la hemos exportado a internet o directamente la hemos tirado por la ventana. Y yo creo que la prisa es un mecanismo para evitar las grandes preguntas de la vida: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi propósito? Por eso nos concentramos en lo superficial y el olvido le sirve al turbocapitalismo y al hiperconsumismo porque la gente se compra algo hoy y mañana quiere comprar algo distinto.

Vamos a hablar de Slow Food, que empezó en Italia y hoy en día se extiende en gran parte del mundo, tiene miles de miembros y es uno de los ejemplos más interesante de cómo la lentitud puede globalizarse, respetando también el tema local. Quisiera que nos contaras cuál es su presente, como aliado de la filosofía slow.

Dentro del Movimiento Slow hay varias ramas, una de las más importantes empezó en Italia, es un ejemplo emblemático de cómo se puede tomar la idea de hacer las cosas con calma y llevarla a la práctica. Es una filosofía que se basa en la idea de que los alimentos deben ser cultivados, cocinados y consumidos a un ritmo pausado y abraza también la idea de que la comida es una manera de conectarnos con los demás. Es un buen punto de partida porque hay mucha gente interesada en tomarse la vida con más calma pero no sabe dónde empezar. Yo suelo recomendar que comiencen por prepararse una buena comida con sus hijos, con su pareja, con los televisores y celulares apagados. Y que lo disfruten.

Avancemos a otro placer. En tu libro hablas de Sting y su declaración sobre la cantidad de horas que duraba teniendo sexo tántrico. Me gustaría que ampliaras un poco la idea de que el camino al orgasmo puede ser un camino lento.

Te cuento que en Inglaterra vi una revista dedicada a parejas con un titular que me pareció interesante: “Cómo llegar al orgasmo en treinta segundos”. ¿Qué es esto? Próximamente va a ser un deporte olímpico. Y aunque yo no vine a decirles que el sexo rápido siempre es malo, sí creo que cuando todo el sexo que estás teniendo es rápido, te estás perdiendo de mucho. Cuando desaceleramos, apagamos el teléfono y nos tomamos un tiempo, nuestros cuerpos -sobre todo los cuerpos femeninos- tienen tiempo para ir preparándose y luego son capaces de entregar más placer.

Por tu trabajo periodístico te has movido por América Latina. En los países que has visitado, ¿cómo ves la cultura de la lentitud?

América Latina es una mezcla fascinante de lo lento y lo rápido. Hay mucha mala lentitud, como el tráfico bogotano, pero por otro lado hay tradiciones que son por su naturaleza lentas y que valen la pena. Ustedes tienen mucha cultura de música y baile y ésa es una ventaja porque el contacto con los demás nos garantiza mayor profundidad. Tal vez la ventaja más grande que tienen es la familia, porque es fácil acelerarse más de la cuenta cuando no se tienen vínculos estrechos con otras personas. En cambio, la familia obliga a frenar, pues las relaciones humanas no se pueden acelerar, sería como hacer que alguien se enamorara de ti más rápidamente porque tienes que casarte en julio: es imposible.

En castellano RBA tiene los derechos exclusivos de Elogio de la lentitud. En inglés el libro se llama In Praise of Slowness y lo publica HarperOne.

 



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