En búsqueda de la paz en la tormenta

Todos los seres humanos deberemos enfrentar, al menos, una gran crisis en toda nuestra vida. Con suerte será una. Lo más seguro es que la crisis nos muestre su cara en diferentes momentos y aspectos a lo largo del tiempo.

Nos sentiremos perdidos, apabullados, aplastados por la incertidumbre cuando enfrentemos la muerte de un ser amado, la quiebra económica, una enfermedad terrible o, como sufrimos los venezolanos hoy día la debacle económica, social y política de nuestro país.

Probablemente, nos toque renunciar a muchos de nuestros sueños o postergarlos, las prioridades cambiarán, los fondos se desviarán. Las mañanas no serán las mismas y las fuentes de placer y paz usuales comenzarán a parecer insuficientes ante tanto agobio y temor. Abatidos por un huracán de grandes magnitudes.

Hoy día, yo me siento en ese momento: luchando contra una crisis de país que ha inundado todos los espacios de nuestra vida. Sin piedad. Sin temor. Desde el asunto más sencillo como es la higiene personal hasta el logro de metas profesionales se han visto afectadas por la crisis: o no hay dinero, o no hay productos o no es seguro. Deambulamos, día a día entre el optimismo y el pesimismo de una forma casi enfermiza.

Vivir esta circunstancia, por primera vez en mi vida (he vivido otras crisis personales, pero nunca como esta) me ha llevado a hacer un análisis personal muy profundo y reencontrar la fuerza y la paz en donde antes seguramente no la buscaba. Siempre damos casi todo por sentado. La mayoría no dudamos de tener comida sobre la mesa, agua y jabón para bañarnos y un trabajo que nos dé los recursos necesarios para vivir. Inclusive, en Venezuela hasta el más humilde siempre tenía en la boca frases como “donde comen dos, comen tres”, “algo se hará y se conseguirán los churupos” y la más famosa que nos definió como sociedad durante muchos años: “Como vaya viniendo, vamos viendo”. Dignos hijos de Eudomar Santos.

La necesidad imperiosa de mantener un ritmo de vida diaria dentro de esquemas de sosiego y paz, sobre todo por mis hijos, me obligó a tomar medidas y lo sigo haciendo a diario. Reconstruí mi pirámide de cosas realmente importantes en la vida. Esas por las cuales de verdad me iba a preocupar con seriedad y, por lo tanto, a ocupar de forma inmediata. Me sorprendí dejando de lado muchos aspectos ligados a la apariencia y a esquemas que la sociedad impone. No es relevante vestir 100% a la moda o comprar cosas de x marca. Nunca me importó mucho, pero para mí y, sobre todo para mis hijos se ha vuelto un asunto de aprendizaje. En una sociedad donde nuestros hijos crecen “compitiendo” con sus compañeros, muchas veces sin querer es primordial inculcarles que la apariencia, la marca, el status es circunstancial. La esencia es lo importante.

Dejé de lado, igualmente, la preocupación por hacerme la vida más “fácil” en cuanto al día a día. Me explico: Puede que sea maravilloso cocinar rápido y sencillo utilizando cosas precocidas (papas congeladas, por ejemplo) o jugos de botella, pero la crisis nos impone un regreso a lo artesanal, ya sea porque no hay productos o son inaccesibles, así que decidí aprender muchas cosas para sobrellevar esta marea y no sufrir por lo que me toca en esta etapa. Aprendí a hornear galletas ante la imposibilidad de comprarlas, hacer jugos de miles de maneras, coser, pintar, etc. Sigo diciéndome a mí misma muchas veces que este proceso de aprendizaje “obligado” por la precariedad de la situación es duro, pero al final lo aprendido se quedará y por eso trato de abrazarlo aun en esos días en que duele. Todo aprendizaje duele.

Decidí dejar tiempo libre cada vez más para actividades de descanso, diversión en familia y desconexión de la realidad. A lo mejor antes, dado que la situación no era tan tensa no tomaba el tiempo necesario para el relax propio y en familia con tanta seriedad, pero ahora entendí que es VITAL. La paz que necesito para mí y para mi familia solo la puedo alcanzar si me conozco lo suficiente y disfruto de estar conmigo misma y los otros. El deporte, la cultura, dejar volar la imaginación es más importante ahora que nunca. Es nuestro cable a tierra para no enloquecer, nuestra conexión con nosotros mismos. Decidí entonces caminar las veces que pudiera en el estacionamiento de mi edificio porque la inseguridad me estresa afuera. Conseguí una amiga compañera invaluable en ese ejercicio y comparto, además del ejercicio, un relax mental conversando de todo un poco. Salgo con mi familia al cine (cuando es posible) y si no lo es, pues vemos películas juntos, conversamos, jugamos, lo que sea. Botar el estrés y recomenzar día a día es la idea.

Hice un recuento de mi entorno y comencé a eliminar a las personas tóxicas en la medida de lo posible y a aquellas a quienes no puedo eliminar, coloqué límites de manera de que su negatividad o manipulación no me afecten. Rodearme de gente positiva y que aporte algo bueno a mi vida.

Tomé dos frases de dos amigas (Mary y Yadira) como un mantra diario cuando comienzo a correr: “Vísteme despacio que tengo prisa” y “A cada día su afán”. Una sola cosa a la vez, no se puede hacer nada bien si sobrepasamos nuestra capacidad. Si estoy viendo un partido de voleibol de mi hija, me relajo y me dedico a ella. Cuando termine, pensaré en lo que viene. Al final, quién sabe si cae un meteorito y eso sea lo último que haga y lo quiero hacer bien.

Cada día trato de poner en práctica todo, y cada día puede que falle en algo, soy humana, pero trato de ir mejorando. La crisis eventualmente pasará, es una ley de vida, nada es eterno aunque así lo parezca, y estoy obligada a salir de ella lo mejor posible porque, sobre todo mis hijos, merecen todo lo bueno, y tanto su papá como yo tenemos que sacarlos victoriosos y sanos emocionalmente.

No olvidemos que cuando esta crisis termine saldremos mejorados como nuevos seres humanos. Ningún ser humano es el mismo al cruzar la tormenta y por eso hay que tratar de aprender de ella para crecer. Haga su lista, busque su equilibrio y crucemos juntos el pantano con éxito.



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