En contra de todos los pronósticos… hay que socializar

Desde pequeña escuché a mi abuela decir que la amistad no existe, que los únicos que siempre estarán conmigo en las buenas y en las malas será mi familia y nadie más.

Hay patrones de vida que continúan y pasan de generación en generación, pero en mi caso ese patrón lo desvié, o mejor dicho lo destruí. Nunca entendí porque mi abuela decía eso, quizá no era una persona sociable, y a través de sus afirmaciones encubría su soledad. 

Siendo yo tan amiguera, no me caben en la cabeza tales pensamientos, porque si bien es cierto que mi familia saldrá al paso ante todas las situaciones buenas o malas que me ocurran en la vida, las amistades son sin duda alguna mi bastón de apoyo por el transitar cotidiano.

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No me imagino sola. Siempre he pensado que la soledad es contagiosa como la gripe, por lo tanto trato de prevenirla para que no se me pegue. Además con frecuencia intento activar un sistema de prevención para evitarla.

Los sicólogos señalan que el sentimiento de soledad depende más de la calidad de las relaciones sociales, que del número de personas que se conozcan. Por lo tanto, no suena descabellado pensar que ese sentimiento negativo pudiera transmitirse a otras personas que suelen estar a nuestro alrededor. 

En algunas ocasiones me he topado con personas que reflejan soledad y para serles franca, mi reacción ha sido alejarme de ella, no porque no me han simpatizado, sino porque temo contagiarme de su negatividad.

Entendiendo que ocasionalmente uno quiera estar sola y desee alejarse un poco de los compromisos con  los amigos, sin embargo hay que saber detectar el momento en que ese aislamiento se torna negativo poniendo en riesgo nuestras relaciones sociales. 

¿Qué hacer entonces cuando ese “fuera de sintonía” se apodera de nosotros? Tengo una amiga que me comenta que cuando se siente triste y sola va al gimnasio y vuelve a su casa como nueva.  

Particularmente cuando el cansancio y la soledad se apoderan de mí hago un triple esfuerzo para salir de mi caparazón y entre quedarme en casa sola y escondida, opto por salir a disfrutar de las pequeñas cosas que me ofrece la vida. Llamo a una amiga, nos tomamos un café y con eso revitalizo la amistad y mi propia alegría.

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En ese momento puedo entender que al igual que la soledad, la felicidad también se contagia; mantenernos positivos es la clave para conservar la amistad y crear amigos nuevos. Además mientras más tiempo pasemos con gente que tenga una actitud positiva, más actuaremos de forma similar.

Por cierto no hay que subestimar el poder de la risa la cual es una maravillosa manera de reducir el estrés, conectarnos con aquellos que nos rodean, sentirnos bien y hacer sentir bien a los demás. ¡Recordemos que la risa es súper contagiosa!

Hacer un poco de ejercicios, ir a alguna clase de baile o unirnos a un grupo de lectura o arte es otra de las actividades que debemos considerar para alejarnos de ese fastidioso sentimiento de soledad.

Quizás nos llevemos la grata sorpresa de que allá afuera hay mucha más gente en la misma frecuencia que nosotros de lo que imaginamos.



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