Los grandes también valen

Como no hay dinero de por medio, cada vez que David y Goliat se enfrentan apostamos emotivamente al más pequeño, pero más allá de la justicia poética y el aleccionador triunfo de los débiles, los grandes tienen un espacio necesario en la economía, en la vida. Durante las últimas dos semanas compartí con ustedes los 10 argumentos con los que Carlo Petrini, presidente de Slow Food, aboga por los alimentos orgánicos, y creo que es necesario hacer la misma defensa de los Goliat –llámenlos Monsanto– que hay sueltos en el mundo de la alimentación.

El hecho determinante va así: en 2050 seremos nueve mil millones de personas en el mundo. ¿Cómo vamos a proveer de comida a esos dos mil millones adicionales? La respuesta es muy difusa, pero las grandes corporaciones de organismos genéticamente modificados (OMG), o transgénicos, tienen argumentos convincentes. Si Michael Pollan se enfoca en qué comer, hay una interrogante más compleja: ¿habrá algo para comer?

trigoLa cuestión del trigo. El trigo es el cereal de cultivo masivo con mayor cantidad de nutrientes (la quinoa tiene más, pero su producción es marginal) y las dietas de buena parte del mundo dependen de él. Sin embargo, el mayor crecimiento se da en los cultivos de maíz y de soja. El trigo es genéticamente más complejo que los humanos, su reproducción no es muy efectiva y, por lo tanto, depende mucho de los fertilizantes, que representan entre el 30% y el 40% del costo final.

Actualmente, gigantes como Monsanto están invirtiendo mucho en maximizar las predisposiciones genéticas del trigo, para que pueda crecer y reproducirse mejor. Hacerlo aumentaría la productividad de la tierra destinada al cereal y reduciría el precio considerablemente, que es un punto dramático.

Los precios suben. En la ONU existe la certeza de que el mundo produce suficientes alimentos para abastecer de 2.700 calorías diarias a cada habitante del mundo, pero la hambruna sigue ahí. Promediar siempre es un riesgo y, aunque el potencial de las 2.700 calorías está dado, lo cierto es que estamos desperdiciando mucho. Entonces, si lamentablemente sobra comida, ¿no debería bajar el precio? No, porque los terrenos no pueden ser infinitamente más productivos y la distribución de los alimentos se complica a medida que el mundo crece.

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En los últimos cincuenta años pasamos de cultivar 40.000 plantas de maíz en una hectárea a 90.000 en el mismo espacio y ese margen debe seguir mejorando. Una vez más, los transgénicos pueden dar soluciones como lo han hecho históricamente y eso, tarde o temprano, incide en los precios. Además, el monopolio de las grandes empresas permite una distribución centralizada aunque, como todo monopolio, también tiene riesgos más que evidentes.

Queremos carne. Las migraciones del campo hacia la ciudad han sido tendencia durante el último siglo y en las economías BRIC (Brasil, Rusia, India y China) la movilización es exponencial. Hasta ahí, nada nuevo. El problema es que las personas suelen tener mayor poder adquisitivo en la ciudad y eso deviene en más consumo de alimentos procesados y carne. Según cifras de la FAO, en el 2000, 20% de las calorías consumidas en los países en desarrollo provenían de carnes, harinas y aceites vegetales. En 2050 se proyecta que ese consumo aumente hasta el 29%, es decir, muchísimo.

Los espacios para agricultura apenas aumentan 1% anualmente, cuando en la década del 60 la cifra era de 3%. Las implicaciones son más dramáticas si consideramos las altas necesidades de tierra que tiene el ganado, así que para abastecer esa demanda 9% mayor, el ganado tendrá que engordar más rápido y con menor comodidad.

¿Y los nutrientes? Estos tres puntos parten de una visión que prioriza las calorías. Hay razones para preocuparse y reconocer que los transgénicos tienen respuestas convincentes para temas estratégicos, pero sigue sin estar claro qué tan nutritiva será esta oferta en el 2050. Es más, me hago otras preguntas: ¿nos importará más estar llenos o estar bien nutridos? ¿Confiaremos nuestra salud en los alimentos dentro de 40 años? Podría parecer una broma, pero la industria farmacéutica se lo toma muy en serio y existe la idea de que en el futuro los nutrientes serán cosa de los medicamentos, no de lo que comemos.

 



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