Encima de todo, era víspera de Navidad

No era un buen día para María Magdalena. Esa mañana amaneció recordando que hasta hacía sólo 2 días atrás era una mujer casada. No se podría decir que «felizmente casada» pero bueno, casada, después de todo. Jorge, quien había sido su esposo por un poco más de tres años, 48 horas atrás le dio un beso en la frente y le dijo: «Hoy es un día muy triste para mí. Decidí que quiero divorciarme de ti. No soy feliz, mi María, no puedo seguir aquí. Espero que algún día puedas perdonarme.» Y no fue que María Magdalena no dijo nada. Ella dijo de todo. Lloró, rogó, peleó, insultó, pataleó, etc. Pero nada de lo que pensó, dijo o hizo detuvo a Jorge. Él recogió sus cosas y se fue.

La víspera de Navidad no pintaba nada bien. Allí estaba María Magdalena, sentada y por tomar desayuno en la misma cafetería donde conoció a Jorge y donde solían desayunar durante las vísperas de Navidad que pasaron juntos. Definitivamente, no era un buen día para María Magdalena. Un sonido desagradable interrumpió su desgracia. Decidida a sufrir, más que ensimismada, apresada por su morbosa necesidad de torturarse, este ruido irrespetuoso e inoportuno prácticamente la sacó de quicio. «A ver, ¿quién se atreve a perturbar mi amargura?», pensó María Magdalena. Fue en ese momento cuando sus ojos se cruzaron con los ojos perdidos de Ricardo, un anciano de 77 años quien, arrastrando los pies, buscaba donde sentarse. María Magdalena le dio una mirada fulminante y decidió sumergirse nuevamente en la densa obscuridad emocional donde se fortalecía su rol de víctima.

Pero Ricardo, no dejó de hacer ruido: tosió, estornudó, se levantó varias veces de la mesa para ir al baño –siempre arrastrando los pies-, se sonó la nariz con brusquedad, en fin, sí que se hizo notar. Ya más adaptada a la impertinente presencia del anciano, María Magdalena terminaba su desayuno y su tercera taza de café cuando un silencio inesperado la sorprendió. «Mmm… ¿Qué pasó que este viejo atorrante dejó de hacer bulla?», pensó, «¿acaso se dio a la fuga para no pagar la cuenta?» Cuando levantó la mirada, para su asombro, lo encontró llorando copiosamente. «¿Qué pasó?», rumió extrañada, «¿cómo fue que este viejo impertinente se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en un anciano conmovedoramente afligido?» Por un instante, María Magdalena se quedó sin pensamientos y sin palabras. «¿Qué pasó?», se volvió a preguntar, «¿quizás el mesonero lo sabe?», especuló María Magdalena. «Ven, Joaquín -llamó al mesonero-, necesito otra taza de café y… preguntarte algo.»

-«¿Más café?, preguntó el mesonero, “no suele tomar tanto café, señora, ¿todo bien?”,

-«No me llames señora, Joaquín, ¿hasta cuando te lo voy a decir? Mira, chico, sí, tráeme otra taza de café y… dime algo… ¿Tú conoces al viejito ese?»

-«¿Cuál?», respondió Joaquín en un tono de voz indiscreto.

-«Sé más prudente, chico. Aquel, el de la esquina, el que está llorando a moco tendido.»

-«Ah sí, claro, es el pobre Sr. Ricardo. No es para menos.»

-«Y ¿por qué le llamas así, chico, pobre?»

-«Bueno, imagínese Ud., señora, hace 2 días se murió su esposa. Tenían más de 50 años juntos.»

-«Más de 50…»

-«Años juntos.»

-«Te dije que no me llamaras…».

-«Señora… Perdóneme, doñita.»

-«Señora está bien, Joaquín. Déjalo así. Anda, búscame el café. Y gracias. Señora está bien. Por favor, llámame señora.»

Fue así como María Magdalena recordó que, por malas que sean las cosas, muchas veces podrían ser peor. «Supongo que el luto de una relación de tres años palidece ante el luto de Ricardo. ¡Y, definitivamente, señora es mejor que doña!», recapacitó.

Encima de todo era víspera de Navidad. Repentinamente, María Magdalena se sintió descompuesta. ¿Demasiado café? ¿O quizás la revelación de una certeza?: la certeza de que tenía que hacer algo para aliviar el dolor de ese viejo latoso. «Tráeme la cuenta, Joaquín», exclamó María Magdalena. Y salió rápidamente de la cafetería a comprar un regalo, un regalo de Navidad. «¿Pero qué?», pensó, «¿Una botella da vino? ¿Un CD de música navideña? ¿Una revista Playboy?», sonrió, «seguro que Jorge apreciaría un detallito así.” Pero no, ella quería algo más sutil, más dulce, más cálido, más orgánico. «¡Flores! Flores y una tarjeta de Navidad, eso es», concluyó.

El mesonero Joaquín le entregó al Sr. Ricardo un ramo de rosas rosadas y una tarjeta de Navidad. Una tarjeta de Navidad escrita a mano que decía: «En este preciso instante, yo estoy pensando en ti. Y amándote tan profundamente como siempre.» A través de los ventanales del restaurante, María Magdalena espió el momento en el que el viejo impertinente leyó la tarjeta y abrazó su ramo de rosas rosadas. Él ni siquiera hizo el intento de identificar al personaje de la vida real que le dio el regalo. Es simple, para Ricardo el milagro del amor hizo posible que flores y tarjeta viajaran del más allá para aterrizar en sus brazos, ayudándolo a recordar que su romance no terminará jamás. Para María Magdalena, el milagro del amor le brindó la oportunidad de liberarse de sí misma y  ayudar a otro ser humano a sentirse único, especial, irrepetible y amado. La verdad es que nada había cambiado, todavía era víspera de Navidad y su esposo Jorge se había separado de ella 2 días atrás. Pero María Magdalena ya no se sentía tan sola. De hecho, se sentía bastante bien. Y hasta sonreía.

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En esta víspera de Navidad yo te invito a que visualices al Niño Jesús obsequiándote el año 2015. 365 días que sólo puedes estrenar a partir de las 12 de la noche del 31 de diciembre del 2014. Cierto es que mucho de lo que escojas hacer con todos y cada uno de esos días dependerá de ti. También es verdad que no todas las vivencias que te esperan serán de tu agrado. Definitivamente, no podremos escoger mucho de lo que nos toque vivir en el 2015. Sin embargo, hay algo sobre lo cual tenemos dominio absoluto: nuestra respuesta ante lo que sucede, la calidad de ser humano que escogeremos ser en las buenas, en las malas, en las peores y en las mejores.

Feliz Navidad y Próspero Año 2015. Recibe de mi parte un fuerte abrazo y mis más dulces bendiciones.



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