Entendiendo la vejez

A veces observo a mi abuelita y me pregunto qué pensará, que pasará por su cabeza cuando su mirada se pierde en algún punto. Por suerte, está muy lúcida: camina, cocina, limpia y aún recuerda claramente aquellos años dorados, como dicen ellos.

Con apenas 32 años, soy muy joven para pensar en la vejez, sin embargo, cuando converso con ella se activa mi capacidad para imaginarme viejito. Siempre he sentido cierta debilidad por los llamados abuelitos, algunos tiernos y dependientes, otros cascarrabias pero simpáticos a la vez. Cuando veo a alguno en situación de calle, me paro y le pregunto cualquier cosa, además de dejarle algún insignificante billete. Sé que ellos aprecian ese minuto de conversación.

Sentirse queridos y útiles. Creo que esa es una de las preocupaciones de esas personas que también llaman tercera edad. Y eso, en parte, depende de gente como uno que apenas ha transitado la mitad o menos del camino que ellos ya recorrieron.

A mí me encanta escuchar los cuentos repetidos de mi abuelita, me los sé de memoria, sin embargo, los escucho y me río como si fuese la primera vez. Me habla de sobrinos, primos y otros familiares que nunca conoceré y ella lo sabe, pero lo importante en ese momento para ella es ser escuchada, que uno le preste atención.

Qué más les puede quedar a ellos sino conversar, reír y aceptar todas nuestras invitaciones para que sean más felices; y que más nos puede quedar a nosotros sino atenderlos, escucharlos, comprarles un dulcito y pasear un rato con ellos.

Además, junto a ellos siempre habrá momentos para recordar. Hace cinco años me la llevé a Madrid, y en la visita al Palacio Real, sacando cara por su país y casi en las orejas de la guía española, dijo: “aquí debe estar todo el oro que le robaron a los peruanos”. Otra más. En el Aeropuerto Internacional de Miami ya nos habían preguntado, tres oficiales distintos, qué haríamos en esa ciudad. Mi abuelita ya medio cansada de la misma interrogante, le dijo al último oficial de inmigración: “venimos a chambear”, y siguió caminando. Yo fui detrás de ella como si nada.

Los abuelitos son distintos a los padres, ellos sí nos permitieron todo en nuestra niñez, y hasta grandes diría yo. Pero también necesitan de uno, y lo más costoso que pueden pedir es que uno los escuche, que los llame de vez en cuando, preguntarles cómo están, invitarlos a comer un heladito… Aunque justo en este momento estoy recordando que le debo a mi abuelita un pasaje a Buenos Aires.



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