Y entonces empezamos a comer carne

Como les he contado antes, mis queridos lectores, los hombre llevamos relativamente pocos años en este querido planeta nuestro (Los primos lejanos). Hace unos 10 millones de años apenas, los chimpancés, los gorilas, los macacos y los futuros humanos pertenecíamos a la misma especie. Pero a lo largo del tiempo, algunas características diferenciadoras empezaron a aparecer y la especie que hoy llamamos homo se diferenció de las otras que condujeron a los grandes simios; básicamente podíamos ponernos de pie, lo que ya es una gran cosa, y caminando erguidos no sólo veíamos más lejos, sino que teníamos las manos libres para utilizar una herramienta para cortar, una lanza para atacar o simplemente para cargar más comida.

Pero la dieta de estos homínidos, por ejemplo, la de la conocida Lucy, una Autralopithecus afarencis de hace unos 3 millones de años, era básicamente vegetariana. Ella comía frutas y hojas, como los chimpancés modernos. Quizás, de vez en cuando, algún animal muerto robado a los animales cazadores, pero la dieta de carne era realmente escasa.

Entonces, como muchas veces en la historia del planeta, un nuevo cambio climático empezó a modificar los bosques en que los australopitecinos vivían en Africa. Se espaciaron las lluvias, los bosques ralearon y las sabanas se hicieron más comunes. Los homínidos, como todas las especies antes de ellos (y las de ahora también), tenían que adaptarse o morir.

broom21Una de estas adaptaciones fue aprender a comer yerbas más duras y más difíciles de masticar y digerir. Esa adaptación condujo a la aparición del Australopitecus robustus, un homínido con unas mandíbulas tan poderosas que podía masticar casi cualquier cosa. Esas mandíbulas requerían unos músculos muy poderosos y eso hizo que el músculo masetero, que sirve para masticar, fuese tan grande, que los pómulos sobresalían muchísimo. Hasta tenían una cresta en la cabeza para fijar mas músculos y morder aún más duro. Imagínense una dieta en la que moliéramos los granos de maíz con los dientes.

Otros homínidos, sin embargo, evolucionaron en otra dirección: empezaron a cazar. El problema era que tenían que competir con otros cazadores formidables como los cocodrilos, los tigres y leones, con dientes y colmillos que desgarran y matan. ¿Cómo competir con ellos? La solución, de acuerdo con la propuesta de los investigadores Daniel Lieberman y Dennis Brammble, fue un arma extraña: la resistencia física. Ninguno de los grandes felinos es capaz de correr por horas. Son muy rápidos y fuertes, es cierto, pero se cansan rápidamente, en cambio el hombre es capaz de trotar por horas tras una presa, hasta que la agota. 

running_huntersPara eso necesitó algunos cambios en su anatomía: hubo un agrandamiento de las coyunturas de las piernas, un acortamiento de los dedos de los pies y, por supuesto, un crecimiento de los glúteos. Pero una larga carrera conlleva también el recalentamiento del cuerpo, a menos que desarrolláramos otros cambios: la pérdida del pelo y las glándulas sudoríparas nos equipó con un sistema de refrigeración portátil muy eficiente. Lo que permitió al homo correr tanto, que fácilmente podemos ganarle a un caballo en un maratón.

Por último, habría que hacer que la presa se agotara más rápidamente y, además, darle el golpe final; preferiblemente de lejos. Así que otras modificaciones del cuerpo apuntaron en esa dirección: una cintura flexible, el brazo más recto y que la articulación del hombro apunta hacia los lados y no hacia arriba, como en los monos. Este último cambio desmejoró la habilidad de colgarnos de los árboles, pero nos hizo magníficos lanzadores, de piedras y de lanzas (y de pelotas de beisbol).

5000-BC_Neolithic-hunters_AlgeriaCon estas nuevas herramientas, la dieta vegetariana adquirió un suplemento importante: carne y grasa de origen animal. Con ese importante aporte de calorías, a lo largo de los siguientes 2 millones de años, el cerebro de nuestros ancestros aumentó de los 600 cm3 de Lucy a los 1.300 cm3 de los modernos Homo Sapiens. Al tiempo que mejoraban nuestras capacidades físicas, también mejoraron las armas: las lanzas con punta de madera se transformaron en lanzas con punta de piedra, aparecieron los arcos y flechas y el resto del arsenal que nos caracteriza.

Y por cierto, ¿qué pasó con los primos que desarrollaron las grandes mandíbulas? Nadie sabe, alrededor de 1 millón de años después de su aparición, se perdieron en las brumas de la historia. Puede que un nuevo cambio climático haya reducido su provisión de alimentos o, más probable, hayan sido extinguidos por la competencia de su primo cazador.

Así pues, amigo lector, quien sabe si en un millón de años una especie que se haya adaptado mejor que nosotros al cambio climático que parece avecinarse, recoja nuestros restos y se pregunte cómo es que no logramos evolucionar para salvarnos.



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