¿Eres de los que oyen o de los que escuchan?

En ocasiones, en mi tiempo libre, me gusta irme a la piscina y relajarme después de una semana de trabajo. Aunque tengo que confesar que a veces no lo logro porque me distraigo observando los comportamientos de otras personas a mí alrededor. Una fascinación que desarrolle desde muy corta edad cuando solía sentarme en un banco en el parque, con mi hermana Susana, a crear historias de la gente y adivinar como se sentían acorde a sus comportamientos, para luego preguntarnos cuánto de ello sería cierto. ¡Algo que nunca tuvimos forma de comprobar!

En un día bonito de verano, disfrutando del sol, una bebida refrescante, y de la mejor compañía: mi compañero de viaje y mi “chiquitina” favorita, una situación me sacó de ese momento de tranquilidad y paz al oír la interacción de dos hermanos. Estos hermanos estaban jugando en la piscina como cualquier otro niño con la particularidad de que el mayor (alrededor de 14 años) estaba obligando y forzando al pequeño (alrededor de 10 años) a sumergir la cabeza abajo del agua. El mayor insistía e insistía logrando su propósito. Hasta que  al final el pequeño empezó a llorar y a decirle que no quería hacerlo, que lo dejara tranquilo. Tanto fue el llanto del pequeño que el guarda de seguridad, un chico joven de lo más agradable, se acercó a la piscina para asegurarse que todo estaba bien. Yo observaba detenidamente la interacción de los niños, esperando cuál sería su reacción ante la reprimenda del vigilante. Mi mayor sorpresa fue cuando el mayor le dijo al pequeño “¿lo ves? por tu culpa nos están riñendo, no llores, por tu culpa nos estás metiendo en problemas”. Y el mayor siguió sumergiendo al pequeño. Y yo pensé: “por favor, deja al pequeñín tranquilo, es obvio que no quiere ser sumergido”. Por fin, mis internas plegarias fueron oídas, no sé si precisamente para bien, ya que el papá reaccionó, e indignado por tanto llanto riñó al pequeño.

El pequeñín se salió de la piscina y llorando se fue a tumbar a su silla, durándole poco la tranquilidad ya que el papá lo cogió y en contra de su voluntad lo lanzo a la piscina. ¡Y los resultados ya se los pueden imaginar! Guaaaaaaaaaaaaaaaaa y requeté Guaaaaaaaaaaaaaaaaa

Si tienen hijos o están alrededor de niños quizás el leer esta historia no les esté impactando tanto, por lo menos por el lado de los niños. Pues los niños juegan, se pelean, y vuelven a jugar olvidándose de todo. Pero en mi este caso sí tuvo un gran impacto, tanto que me inspiro a escribir este artículo.

Observar la interacción de los niños y el padre  me hizo  sentir  empatía con el pequeñín y  pensar qué le estaría rondando por su cerebrito en esos momentos ante esta situación. Vaya, lo que solía hacer con Susana, pero esta vez desde una perspectiva profesional.

Y pensé sobre los mensajes que diariamente transmitimos a otros seres humanos sin pensar en el impacto que pueden tener en ellos, porque la mayoría de las veces no tenemos conciencia del daño que podemos causar tanto a corto como largo plazo. En otras ocasiones los seres humanos oímos pero no escuchamos, como en el caso de estos dos hermanos. El mayor le oía al pequeño, pero no lo escuchaba. Oír es sólo percibir las palabras sin darnos cuenta de lo que significan y escuchar implica oír y comprender lo que nos están diciendo.

Aprender a escuchar es importante para todos los que nos rodean en nuestras interacciones diarias, y nos ayuda a evitar desmotivaciones y dolor en los corazones de ellos. Escuchar no es un don natural, sino una habilidad que debemos fomentar.

Hoy, te invito a que practiques el arte de escuchar y prestes atención a lo que los demás te están diciendo. Recuerda que detrás de cada conducta hay un mensaje para ti. Quizás una preferencia, un miedo o un simplemente un “no me apetece”.

 



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