¿Es lo mismo tener pensamientos positivos que tener pensamientos mágicos?

Para comenzar con este análisis debemos tener claro de qué se trata cada término, de modo que comienzo por allí:

Pensamiento positivo: es ver las cosas que pasan desde una perspectiva más alegre, enriquecedora y optimista, donde frente a una situación se trata de no pensar en lo peor, sino en lo mejor manteniendo una actitud positiva.

Pensamiento mágico: consiste en una forma de pensar y razonar, basada en supuestos informales, erróneos o no justificados y frecuentemente, sobrenaturales, que genera opiniones o ideas carentes de fundamentación empírica robusta.

Ayer, en una red social hice un planteamiento sobre la situación que atraviesa mi país que es bastante fuerte y una de esas personas que sigue la doctrina del pensamiento positivo contestó: “Ya no tienes por qué estar en la rabia, escoge la alegría, es más divertida”.

Desde el planteamiento de esta persona, es simplemente una elección, como elegir entre la pastilla azul y la roja y decidir siempre estar en lo positivo pase lo que pase, y esa es la línea que separa al pensamiento positivo del mágico.

Estoy convencida de que la energía nos conecta y atrae, por lo tanto, es importante conectarnos con lo que queremos y no con lo que no queremos, pero de allí a desconectarse de la realidad, perder la empatía o deslegitimar la emocionalidad del otro hay un trecho.

Me permito mostrarle dos de los muchos estudios realizados sobre este tema:

  1. En una investigación realizada por los psicólogos canadienses W. Q. Elaine Perunovic, Joanne V. Wood y John W. Lee, se les pidió a dos grupos de personas –uno compuesto por gente con muy buena autoimagen, y otro, por individuos con autoestima baja– que repitieran una frase clásica del positivismo: «soy una persona encantadora». Luego, al evaluar el estado de ánimo de los participantes, comprobaron que los del segundo grupo se sintieron mucho peor que antes de empezar la prueba. Sucede que cuando se hacen planteamientos o alabanzas que suenan irreales el efecto puede ser el contrario, es decir, una mayor conciencia de la limitación que se cree y se siente poseer y suena como un autoengaño que lastima.

Por contraste, cuando los psicólogos permitieron a los participantes con poca autoestima expresar su ira, tristeza o ansiedad ante el futuro, mejoró de forma clara su estado de ánimo.

  1. Según un estudio publicado en 2011 en el Journal of Experimental Social Psychology, un pensamiento idealizado puede perjudicar la motivación. Los investigadores pidieron a estudiantes universitarios que fantaseasen con resultados positivos ante ciertas situaciones, como gozar de un aspecto atractivo con zapatos de tacón alto, ganar un concurso de ensayos o conseguir un sobresaliente en un examen. Después, evaluaron el efecto de las fantasías sobre los participantes y la forma en que, en realidad, se desarrollaron los acontecimientos.

Los más soñadores sufrieron una disminución de la presión arterial y refirieron experiencias peores que aquellos más realistas o incluso que aquellos pesimistas.

«Cuando uno fantasea sobre algo, sobre todo si se trata de algo muy positivo, es casi como si lo estuviera viviendo», afirma Heather Barry Kappes, de la Universidad de Nueva York y coautora del estudio. Eso engaña al cerebro, que cree que el objetivo ya se ha conseguido, y reduce los incentivos para esforzarse por lograrlo. Los resultados podrían ser mejores si, en lugar de ignorar los obstáculos, se piensa en cómo superarlos.

Es importante entender que no existen emociones buenas y malas, positivas o negativas, las emociones son necesarias en su totalidad, ahora bien, el punto es la forma en que se viven, pues sí existen maneras de vivirlas más o menos saludables.

Es NORMAL sentir en ocasiones tristeza, rabia, frustración y eso no te convierte en una persona débil o tóxica; todos pasamos por situaciones adversas, situaciones de crisis que suelen generar estados de tristeza, de sufrimiento y es precisamente desde allí donde se generan importantes procesos de crecimiento y hasta de reinvención porque el dolor suele ser un gran maestro.

¿Cómo pretender exigirle a una persona que desconozca esas emociones legítimas y repita como loro frases positivas que en ese momento no está sintiendo?, ¿dónde queda la empatía? ¿Por qué impedirle que exprese lo que siente? No, amigos, una cosa es actitud positiva y otra muy distinta el autoengaño.

Intentar negar las emociones suele traer como consecuencia somatizaciones y explosiones emocionales al no haberlas canalizado, no haberlas dejado salir y aprender de ellas, es negar nuestra vulnerabilidad, nuestra existencia, experiencias y aprendizaje.

Los defensores a ultranza del pensamiento positivo llegan incluso al límite de decir que hay que escapar de las personas que anden pesarosas por un problema, como si fuera una suerte de enfermedad contagiosa que puede contaminarte; me permito acá también hacer una distinción: una cosa es una persona que se la pase negativa todo el tiempo y otra muy distinta una que esté enfrentando problemas y se sienta afectada.

Generalmente, no podremos resolver los problemas de los demás, pero sí podemos acompañarlos, darles un abrazo, compartir un café sin por ello resultar afectados por lo que les sucede, al punto de que se desmorone nuestra vida; aunque si quien está pasando por una situación compleja es un ser muy querido como un hijo ¿cómo no afectarnos por su emocionalidad?, insisto ES NORMAL.

Nuestra vida, amigos, siempre va a tener un coctel emocional y diversas situaciones que nos toque manejar. No todo va a ser siempre color rosa, habrá momentos que nos peguen duro en el alma y hay que aceptarlo y, más aún, vivirlo más que resistirse y forzarnos a sentir lo que no se siente. El pensamiento positivo, la actitud positiva no debe ser una obsesión sino la tendencia, el camino donde intentamos permanecer la mayor parte del tiempo, ¡por supuesto que sí! Pero sin engaño, porque si bien es sano ser positivo, también lo es ser humano y reconocer lo legítimo de lo que sientes y de lo que siente el otro.



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