Es que…

“No me des explicaciones; solo escucha lo que te digo y reflexiona”, decía mi amigo Miguel aquellas noches de viernes cuando nos reuníamos para trabajar internamente. En el momento, me molestaba y sentía cierta vergüenza; me sentía capturada, y ES QUE… yo tenía una explicación para cada comportamiento, y ¡tenía razón! Pero, cuando me sentaba a solas conmigo y retrocedía, entendía lo que me quería enseñar.

Cada día justificamos conductas con las que nos convencemos de que tenemos razón, que lo que hacemos está bien y que muchas veces los otros tienen “la culpa” o “están equivocados”. Una compañera se queja ante el profesor porque tiene muchas actividades por hacer en esa clase que le impiden asistir a la siguiente. Otro, cada vez que el profesor lo corrige, le reclama: “Pero, profesor, ¿por qué?”. hasta que finalmente entiende que se escribe diferente en inglés que en español. Hay personas que siempre tienen problemas en sus empleos, una y otra vez, porque “los otros hacen las cosas mal, porque me tratan mal, porque no me oyen”, “Yo no tengo tiempo para hacer milanesas como tú, yo tengo hijos”, “¡Claro! Es más fácil para ti porque no tienes esposo”, «Tú tienes hijos y no estás solo”, «Mira, es mejor que tu esposo haya muerto que estar divorciado”, «Es que tú tienes suerte”.

No, no estoy rodeada de gente inconforme. Hay algunas personas que cuando hablan y a veces, incluso, nos molestan (y uno se dice internamente “Mira cómo se queja por lo que le pasa, mientras que yo, que pasé…..”) pero, nos hacen pensar en nuestra actitud, ya que muchas veces son nuestro espejo.

Estoy, red en mano, jugando con dos niños a cazar mariposas de papel que salen sopladas de un aparato. Uno de los niños, simplemente salta y atrapa unas, pierde otras cuando se mueve para capturarlas. El otro, encuentra motivos para reclamarle al primero que lo que hace lo perjudica: “Es que tú saltas y te pones cerca del tubo, es que tú brincas más alto, es que tú me impides atrapar las mías”. El primero, ni se preocupa cuando pierde las que tenía, simplemente juega y disfruta. El segundo, pierde su tiempo en observar lo que el otro hace que le impide lograr el éxito a él, y protesta y protesta. En esa actitud, no ha notado que todas las que ha capturado, las conserva. Me siento y le hago ver lo que SE está haciendo, qué se está perdiendo, la energía que pierde reclamando. Comprende.

Siempre encontraremos motivos para justificarnos, porque muchas veces se basan en realidades y en hechos concretos. El punto está en que esforzarnos, salir de nuestra zona de confort, exponernos, dar un paso para hacer algo diferente, requiere valentía para verse y producir cambios. Nuestro ego quiere continuar donde está. No le gustan los cambios. El ego va a tratar de convencernos siempre de que lo que hacemos tiene un soporte justo y cierto. Ponernos frente a nosotros y observarnos sin juicios ni culpas, requiere voluntad y valentía. Darse cuenta del juego del ego, es un maravilloso avance en nuestro crecimiento que facilita nuestra vida y la convivencia se hace más fluida. Cuando vamos dejando el hábito de justificarnos, que es luchar contra algo, y nos abrimos aceptando hacer movimientos en un sentido nuevo, estamos movilizando la energía que estaba estancada producto de nuestro empecinamiento. Emanamos una energía nueva, generamos paz, la gente lo percibe, las cosas se facilitan. Una vez que aprendes superando algo, no se vuelve a repetir en tu vida.

Te invito a observarte y capturarte en el momento justo en que estás diciendo ES QUE. Sin miedo y honestamente, revisa qué es lo que estás haciendo, cómo te beneficia lo que estás evitando, aquello que estás evadiendo. No escuches los reclamos del ego. Ponte enfrente, e imagina cómo serían las cosas si abandonas esas dos palabras. Si lo haces, sentirás alivio, podrás sentirte más libre. Te sentirás más fuerte porque has vencido la resistencia al cambio. Recuerda que solo puedes cambiarte tú internamente, que no puedes cambiar al otro, pero verás cada vez con más frecuencia (si estás alerta), que las cosas van cambiando, que la actitud del otro cambia. No lo hiciste tú, pero tu actitud interna diferente produjo cambios positivos en el entorno. No dudes. Esto es casi como una receta. No falla.

Te invito a ver este video donde un gato se justifica para no salir a pasear. Si quieres, avanza hasta el minuto 3.29 y verás cómo lo resuelve.



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