Esa selva en mi jardín…

En cada jardinera, maceta, parque, hay todo un universo de vida animal: orugas, coquitos (mariquitas), congorochos, bachacos, babosas, mariposas, colibríes, tortolitas… de tanto estar allí, la cotidianidad los ha hecho “invisibles” y son pocas las personas que se detienen a ver el prodigio de la fauna urbana, que ha vencido un mundo de obstáculos, ha hecho suyo un ambiente, que para otras especies resulta hostil, y contrariamente prospera con toda su vitalidad.

La vida va empujando y si aguzamos la vista nos percatamos de todos esos animales, “maravillas”, que polinizan y mantienen vivas plantas en ese ciclo eterno de llevar y traer polen, de llevar y traer semillas… y de pronto un día, sin haberlo planeado, encontramos en el medio de la calle una planta de lechosa (papaya) o un mango frondoso y en sus copas, ardillas en vuelo que dejan caer las semillas  roídas y nos recuerdan que están allí, que por más apurado que llevemos el paso, los animales todos están allí y si no los vemos, ellos a nosotros sí; y si no nos hacemos eco de todo ese ciclo vital, ellos sí nos miran desde arriba con cautela, con curiosidad, con precaución, pero nos miran.

Hay que parar, hacer  esfuerzos voluntarios y denodados para fijarnos en el mundo que nos rodea, para hacer un alto en el ritmo, súper acelerado que nos conduce a levantarnos de madrugada sin escuchar el canto de las aves; a prepararnos el  desayuno a toda velocidad, calentar nuestros vehículos, o irnos hasta la parada del transporte colectivo que nos lleve al trabajo y echar a correr  de allí en adelante todo el día, de pasillos, a taquillas, de computadoras a impresoras, adheridos a nuestros teléfonos móviles, con los ojos fijos en pantallas que quizás muestren en su salvapantalla una mariposa. Hay que hacer ese alto para no perdernos la extraordinaria experiencia de ver  en la realidad real y no en la realidad virtual.

Esa fauna que nos pone en contacto con nuestra sensibilidad  no es igual en versión 2.0, la tenemos al alcance de la vista y con un poco de observación y cuidado la hacemos nuestra, participamos como observadores respetuosos y/o como colaboradores activos para salvaguardarla.

También podemos aportar nuestra propia energía y ayudar a poblar esos espacios, e invitarlos a que hagan de ellos su hogar. Envases plásticos abiertos por los costados y colgados de los árboles pueden servir de comederos y bebederos; podemos poner pequeños envases con agua y un poco de azúcar… les gusta a las mariposas. Podemos dejar poncheras con agua para que las aves encuentren fuentes de baño y puedan acicalar sus plumas, actividad vital para ellas; podemos disponer frutas en los altos de los árboles; impedir que los talen porque son fuentes de vida en toda la extensión posible, oxígeno y cobijo que dan en su follaje y tronco a innumerables animales.

Hagamos de nuestros parques, jardines, materas el universo lleno de vida que siempre soñamos. No es necesario ir a la selva africana  para estar en contacto con la naturaleza. Ella siempre está allí.

 



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