Escuchar por dentro y por fuera

Escuchar por dentro y por fuera

Para comenzar, una pregunta: si deseas lograr conexión y buena empatía con otra persona al conversar ¿debes poner toda tu atención en ella? La respuesta automática sería “por supuesto”, ya que al concentrarnos totalmente en nuestro interlocutor mejor entenderemos sus palabras e ideas. Pero, ¿qué pasaría si dedicas sólo un 50% de tu atención a esa persona?

Aunque parezca a contracorriente, el resultado será que entenderás el doble y ya verás porque.

Pero ¿Qué hacer con la otra mitad? Sencillo: la dedicas a sentir tu cuerpo y las reacciones o pensamientos que surgen mientras escuchas. De esta manera lograrás sintonizar mejor con tu interlocutor y contigo mismo.

La comunicación es una dinámica más compleja que simplemente intercambiar palabras. Pensar que para lograr una buena comunicación basta con basta decir lo que pensamos y escuchar con atención lo que nos dicen es una receta para cortocircuitos. Y la razón está en que bajo esta luz desconocemos un montón de otras cosas que ocurren, porque una cosa es el proceso externo “que se ve y se escucha”, es decir, el lenguaje corporal y las palabras que van y vienen, y otra es el proceso interno de interpretaciones que ocurre en la mente. Aquí es donde intervienen las voces e ideas que brincan de un lado a otro en la cabeza mientras conversamos.

Seguramente te ha sucedido algo como esto: Te encuentras en medio de una conversa complicada y la cabeza te da vueltas con las respuestas que quieres soltar, el pecho se te acelera a causa de la emoción y no puedes contener las reacciones. O pongamos un caso distinto, digamos una conversación romántica en la que sientes las mariposas, se desatan las fantasías y las hormonas entran en ebullición. Como verás, en ambos casos existen sensaciones, emociones y reacciones que acompañan la conversación pero que no necesariamente llegan a convertirse en palabras. Estar conscientes de ellas y entender su lugar en la conversación es tan importante como las palabras que decimos. A fin de cuentas, lo que decimos y escuchamos pasa por el filtro de nuestros procesos internos.

Cuando digo que al conversar pongas la mitad de tu atención en tu cuerpo y mente, no lo digo para que te pierdas en un laberinto de palpitaciones o ideas. De ninguna forma. Por ese camino te distraes y a los 30 segundos perderás el hilo. “¿De qué me estabas hablando?” podrían ser tus siguientes palabras.

Llevar tu atención al cuerpo y la mente significa reconocer lo que sucede dentro de ti en el momento presente mientras hablas y escuchas. Es sintonizar con el nivel interno de la conversación. Así podrás sentir el efecto que tiene en ti, y más importante aún, podrás identificar el momento cuando tus juicios, creencias, prejuicios o ataques emocionales descarrilan el proceso.

Para no ponerme muy teórico, un ejemplo: cuando tengo una discusión familiar se que existe un fusible que me permite mantener la ecuanimidad y la calma. Si logro estar presente y atento a la mente y el cuerpo, puedo sentir cuando el fusible se recarga e intento bajar la intensidad. Son los momentos cuando respiro conscientemente, hago una pausa, re-enmarco la conversación o me fijo el propósito explícito de no perder la cabeza. A veces funciona, a veces no. Y si el fusible vuela en mil pedazos, el trabajo entonces es mantenerme consciente de lo que ocurre. “OK Eli, se quemó el fusible, así procura tener cuidado para no decir demasiadas burradas”.

A veces lo logro, otras veces no. Y esos son los días cuando rebuzno a todo pulmón.



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