Escucharnos profundamente

ESCUCHARNOS PROFUNDAMENTE

Hay momentos cuando resulta difícil escucharnos. Hay mucho ruido, agitación, reactividad y confusión. Y cuando digo escucharnos, me refiero a prestarle realmente atención a lo que dicen los demás y lo que decimos nosotros mismos. En momentos de agitación podemos hablar, claro, pero eso no es lo mismo que escuchar profundamente. Escucharnos de verdad, más allá del miedo, el resentimiento, el dolor y tantas emociones.

Estas han sido semanas duras. Terremotos, huracanes, matanzas, violencia… al ver las noticias, escuchar los testimonios y leer las opiniones, es imposible no sentirse sacudidos. ¿Qué hacer con todo esto? ¿Qué hacer con lo que sentimos?

La práctica mindfulness nos brinda una manera de estar presentes con todo lo que sucede en el mundo y dentro de nosotros mismos. Y lo hacemos reconociendo lo que está la pasando, dándole la cara y acercándonos a la experiencia para conocerla y sentirla tal y como es. Esta práctica no es para huir o escapar. No es una manera de ignorar la realidad ni tampoco el impacto que tiene en nosotros. Al contrario, la práctica de mindfulness nos pide que observemos y sintamos a plenitud para obtener de cada experiencia una mayor sabiduría.

La práctica también nos invita a reconocer la conexión que tenemos con toda la humanidad. Esto puede ser un reto, porque podemos pensar que nuestros problemas son nuestros problemas y nada tenemos que ver con los problemas de los demás. Si acaso, creemos que podemos abrirnos para abarcar a nuestras familias, o los amigos, pero el resto de la gente… podemos creer que nada tienen que ver con nosotros.

Pensar de esa manera nos limita. La madre Teresa decía: “el problema con el mundo es que dibujamos el círculo familiar muy pequeño”. A lo que se refería es que nuestra familia es mucho más grande que el apellido, el origen, la sangre. Por eso nos afecta lo que sucede en distintas partes del mundo. Por eso el deseo de ayudar, de aliviar el dolor. De allí nace la compasión, de saber que estamos conectados con los otros seres, y también, que nuestro bienestar depende del bienestar de los demás.

Pero hay más en esto de escucharnos a nosotros mismos y los demás. Tiene que ver con las divisiones que alzamos para separarnos de los otros en el momento en el que no estamos de acuerdo con ellos. ¿Te has dado cuenta del grado de agresión, rudeza e insultos que circulan en las redes sociales? En lugar de ser un espacio de intercambio o debate, las redes se han convertido en un paredón para acabar con la gente que piensa distinto, o un teatro para aplaudir a quienes refuerzan nuestra manera de ver al mundo. Hablando de una familia ampliada y extensa, nuestra familia humana, es como si en las redes y los medios de comunicación los conflictos familiares se multiplicaran para hacerse más crudos, más básicos, más peligrosos.

Lo que sucede con esa actitud y ese lenguaje es que siembra el terreno para crear la división entre “nosotros” y “ellos”. Así dibujamos un círculo del nosotros donde nos incluimos junto a la gente que piensa y actúa según nuestras preferencias, y hay otro círculo para todos los demás. “Ellos” se convierte en el círculo donde excluimos a otras personas, y si la división, o debería decir, la polarización llega al extremo, se pueden llegar a justificar los abusos y el crimen. ¿Por qué?, porque se llega a deshumanizar al otro a tal punto que no sentimos sus necesidades, su dolor, su historia. El otro se hace invisible, es menos, nos resulta prescindible. Y desde allí se pierde el respeto a sus derechos y a su vida, al punto de que en algunos casos se puede considerar que la única alternativa es exterminar al otro, expulsar al otro. Acabarlo.

La práctica de mindfulness nos permite escuchar con mayor profundidad y conciencia para saber dónde están los límites entre las convicciones y los prejuicios, o dónde se traspasa el terreno del desacuerdo para entrar en las provocaciones o la guerra. Al final, escucharnos profundamente significa prestar atención a qué decimos, cómo lo decimos y por qué lo decimos, para decidir si lo hacemos desde la rabia o el odio, o si partimos desde el amor y la interconexión humana.

En la medida que exploramos más en lo que sentimos y hacemos, arrojando más luz sobre nuestras acciones, convicciones e intenciones, podemos encontrar un refugio para procesar todo lo que el mundo nos presenta, con sus retos, tragedias y maravillas. Pero especialmente, logramos una mejor perspectiva para encauzar nuestras acciones y cultivar una mejor relación con nosotros mismos y los demás.

Y así, al cuidarnos a nosotros mismos estamos cuidando de todos alrededor. Así podemos tener mayor claridad, compasión, recursos internos para ser una voz de integración y paz; unas personas que cultiven el crecimiento, el respeto y la convivencia; unos seres que en medio de tanto ruido, agitación y reactividad podamos traer más luz. Por nuestro bienestar y el de todos los seres en este planeta.



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