Estados Humanos

Estados Humanos

Uno de los mayores desafíos que afrontamos en esta experiencia humana es el del pasaje del estado de supervivencia al estado de presencia. Cuando determinados condicionamientos y miedos nos imponen una modalidad de vida en estado de adormecimiento, adoctrinamiento y desesperación, estamos cursando el modo supervivencia. Se trata de un estado donde la conciencia de la realidad se encuentra sesgada, incluso dormida, a causa de una percepción que responde al medio/entorno utilizando el modo animal.

En esta etapa ponemos en riesgo constantemente nuestra vida, simplemente porque se encuentran exacerbadas las respuestas automáticas de sobrevivencia, a causa de que nos sentimos constantemente en peligro, amenazados, sufrientes e incesantes víctimas. Es como si una parte de nosotros no tomara verdadera conciencia de la capacidad de trascendencia, permaneciendo así enfangados en la necesidad imperiosa de satisfacer nuestras necesidades más básicas.

El modo supervivencia nos hace sentir constantemente al acecho de nuestro depredador más temido, el miedo a la muerte, por lo que nos enfocamos literalmente en huir o contraatacar, sin más. Perdemos aquí la posibilidad de la estrategia, pues, ¿quién puede reflexionar cuando un feroz león le persigue? Claro que nos somos una gacela que, o logra escapar o es devorada, sino que nosotros, los humanos, continuamos a correr por años y finalmente nos entregamos al último aliento por la vía del agotamiento.

Por otra parte, el estado de presencia se produce cuando dejamos de sobrevivir para comenzar a vivir. Este cambio de posición frente a la vida nos provee de la maravillosa capacidad de ser partícipes activos de los procesos biológicos (lógica de la vida), adoptando una posición de coherencia y sentido en relación al flujo de la existencia. Es este flujo, dinámico y constante, el que nos invita entonces a proyectarnos en sintonía con el cambio y la trascendencia.

Lo dinámico es cambio, interacción, juego y participación, elección y decisión. El movimiento y la sincronía, como si estuviéramos en una danza constante, nos colman de presencia activa, incluso en la completa inacción o penetrando el silencio profundo. He visto que es posible llegar a este estado por varias vías, siendo las más frecuentes el trauma profundo y la aparición de un maestro guía.

Cuando nos ponemos a favor de la vida es como si le hiciéramos una constante honra, un asentir completo del cual emergen el “Sí” y el “Yo Soy”. Así, en contacto con estas fuerzas invisibles y poderosas, nos reconocemos como partícipes del mundo, aunque sin someternos a las demandas y exigencias mundanas. Recobramos nuestra verdadera identidad sutil (provenimos del plasma cósmico, que es mal denominado vacío), entendiendo por fin que la pertenencia al mundo esclaviza el Alma y perturba sus propósitos.

No se trata de una negación de la identidad física o de la conciencia familiar, que por cierto deben ser reconocidas y puestas en el orden que merecen (recordemos que el orden prioriza al amor como energía fundacional), sino que mediante esta conciencia de ser entramos en contacto con un origen más primitivo, más arcaico, que se remonta a la preexistencia de la vida tal como la conocemos.

Dependerá de cada uno de nosotros en cuál de los estados decidamos manifestarnos. Incluso sabiendo que el libre albedrío se limita al 2% o 3% de nuestra capacidad de respuesta, basta con una millonésima parte de éste para distinguir los fulgurantes destellos de la conciencia que pugna por convertirnos en seres de luz en activa presencia.



Deja tus comentarios aquí: