Eva Ekvall, o la importancia de cultivar la normalidad

A Miranda,

 

Aquella mañana mi mamá tuvo fiebre. Yo había viajado de Caracas a Mérida el día anterior para estar con ella durante su tercera quimioterapia y esa mañana, aquella mañana, fui yo quien le besó la frente y buscó el termómetro. Aún recuerdo el celular en mi mano y la voz de la doctora haciendo preguntas: “Sí, está caliente” –aunque también pude haberle respondido que estaba raquítica, verde, calva y que los ojos le saltaban cada vez que tosía. En estos casos lo mejor es concentrarse en las cosas excepcionales y todo paciente o familiar de un paciente que se ha sometido a quimioterapia sabe que ser verde y amenazar con desarmarse a cada respiro es bastante normal– “39 grados”.

Pasamos varias noches en una clínica gris y espesa donde días después, nos confesaron, ella pudo haber muerto por culpa de un resfriado común. La quimioterapia ataca por muchos frentes y a mi mamá, durante ocho meses, le destruyó el sistema inmunológico. El pasado 17 de diciembre me despedí de ella, que ahora me visitaba a mí, en Bogotá, y ese mismo día tuve que llamarla para contarle que Eva había muerto. Solo Eva, nada de Ekvall, pues para miles de personas que han luchado contra el cáncer durante estos años basta pronunciar ese primer nombre. Gracias a la exposición mediática que ella misma decidió, su lucha fue un ejercicio colectivo y creo que la enseñanza más valiosa es la de cultivar la normalidad, incluso en las horas más oscuras.

A Eva la conocí este año, pero bastaron tres encuentros para llorar por ella, así que he de empezar por disculparme: decir “su lucha” es usar cierto tono épico del que prefería huir. Lo deja claro en el libro Fuera de foco (Aguilar) y lo repitió en su viaje a la Feria del Libro de Bogotá, donde desde la revista El Librero quisimos que su caso hiciera ruido en Colombia. Escribo esto mientras veo sus ojos en la portada del número de abril: “Las bellezas rotas por la enfermedad”, titulamos, aunque la revista no tiene nada que ver con lo que pasó durante las próximas semanas. Varias organizaciones y medios se interesaron en entrevistarla, el libro entró con bastante fuerza a las librerías y sé que tres meses después seguía entre los 15 más vendidos del Grupo Santillana en Colombia.

Eva-Ekvall-3En su breve visita bogotana sumó amigos, ganó entusiasmo y estuvo en contacto con un par de productores audiovisuales para ver si se animaban a pensar en un programa de entrevistas conducido por ella, desde Miami, desde Bogotá o desde donde fuera necesario. Para ese momento, Eva había recaído y uno de los productores se me acercó un día para decir que no entendía a esa vieja, que “cómo alguien enfermo podía tener esa energía”. Sé que antes y después de él, otros se hicieron la misma pregunta sin entender que Eva necesitaba avanzar siempre, ya saben: cultivar la normalidad. Tal vez por eso miraba con tanta extrañeza su delgadísima estampa en el Miss Venezuela del año 2000.

Ocho meses antes de que muriera, estuve en una cena con algunos amigos, Eva y su esposo, John Fabio Bermúdez. A medida que avanzaba la noche, comenzó a tejerse una endeble confianza entre todos y con los chistes llegaron las risas que personas como Eva, públicas al fin, no se permiten en cualquier lugar. Hay que saber distinguir entre el arte de la sonrisa televisiva y la risa desbocada de aquella noche, donde todo su cuerpo se movía al compás de la boca mientras sus ojos buscaban la complicidad de cualquier persona. Al terminar la cena, la vi mirar a John Fabio con una ternura que ya quisiera conseguir yo en todas las relaciones de mi vida, y le pregunté a uno de mis mejores amigos cómo hacía esa mujer para ser tan bella y no estar verde, calva, ni raquítica. Era una mujer golpeada, pero en ningún caso abatida, una figura que llenaba las habitaciones con una elegancia levemente descuidada; mortal.

Eva-EkvallNo lo sé de cierto, pero supongo que su último aliento, con mayor o menor sufrimiento, lo habrá dado también con aparente normalidad. Lo más sencillo es ser fatalista y pensar que hoy el cáncer extiende un poco más su sombra entre aquellos que vivieron su caso, o un caso propio, o un caso cercano, pero creo que le hacemos justicia a Eva si vemos su muerte como una consecuencia inevitable de este espacio transitorio que habitamos. Somos seres frágiles y precarios, pero desde la normalidad podemos permanecer en las personas a través del cariño que damos. Perduramos en el amor, por eso vale este momento para celebrar a Eva.



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