Cómo evitar la trampa de la empatía

Cómo evitar la trampa de la empatía

Por Robin Stern y Diana Divecha | 14 de agosto, 2015

Abundzu/Dollar Photo Club

Traducción: Silvia Porraz.

 

La empatía está teniendo su momento. La habilidad de sentir lo que otra persona está sintiendo, desde la perspectiva de esa persona, genera mucha prensa como el máximo valor positivo y el camino a seguir para lograr un mundo más amable y menos violento. Escuelas de todo Estados Unidos están enseñando empatía a los niños, y una miríada de libros la exploran desde cada ángulo posible: cómo obtenerla, por qué te hace una mejor persona, cómo su ausencia puede generar maldad.

La empatía es exaltada por pensadores, desde el monje budista Zen Thich Nha’t Hanh hasta el escritor británico Roman Krznaric, quien ha puesto recientemente en línea un Museo de la Empatía donde puedes virtualmente ponerte en los zapatos de otro.  Reconocidos científicos como el primatólogo Frans de Waal y el psiquiatra del desarrollo Daniel Siegel exploran las raíces profundas de la empatía en animales y su naturaleza esencial en humanos. Incluso en el mundo de los negocios la empatía se exalta como una forma de asegurar el éxito de las compañías y sus productos, con la firma de diseño IDEO encabezando esta avanzada. Hemos sido exhortados a examinar nuestra propia capacidad empática y también instruidos sobre cómo desarrollarla en nosotros y nuestros hijos.

Es normal y necesario estar sintonizados con los sentimientos de otro, especialmente cuando somos muy cercanos a esa persona. De hecho, el dar —y recibir— empatía es esencial en las relaciones adultas íntimas. “El entendimiento empático de la experiencia de otro ser humano es un don fundamental del ser humano, de igual forma que la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato”, observa el notable psicoanalista Heinz Kohut. El deseo de ser escuchado, reconocido y profundamente sentido nunca desaparece. Pero cuando la empatía se vuelve la forma predeterminada de relacionarse, el bienestar psicológico se empobrece.

Mientras que la simpatía es el acto de sentir algo por otra persona (“lamento mucho que te duela”), la empatía implica el sentir junto con otra persona (“siento tu decepción”). También difiere de la compasión, la cual consiste en preocuparse por el sufrimiento de otro desde una distancia ligeramente mayor, e incluye a menudo un deseo de ayudar. La empatía supone no solo sentimientos, sino también pensamientos, y abarca a dos personas: la persona hacia la cual va nuestro sentimiento y nuestro propio ser.

Para ponernos en los zapatos de otro, debemos encontrar el balance entre emoción y pensamiento, así como entre uno mismo y el otro. De otro modo, la empatía se vuelve una trampa, y podemos sentirnos como si fuésemos secuestrados por los sentimientos de otros. El arte de la empatía requiere que prestemos atención a las necesidades de otra persona sin sacrificar las nuestras. Requiere la habilidad mental para alternar entre la sintonía con uno mismo y el otro. Lo que convierte a la empatía en un verdadero acto de caminar en la cuerda floja es que sus beneficiarios encuentran la atención profundamente gratificante. Esto pone en nosotros la responsabilidad de saber cuándo salir de los zapatos del otro, y cómo.

Reconocer  y compartir el estado emocional de otro es una compleja experiencia interna. Requiere de autoconciencia, de la habilidad para diferenciar entre los sentimientos propios y los de los demás, la capacidad para adoptar la perspectiva de otro, la habilidad para reconocer las emociones en los demás y en uno mismo, y la destreza para regular esas emociones.

Aquellas personas altamente empáticas pueden incluso llegar a perder la capacidad de saber qué desean o necesitan. Pueden disminuir su habilidad para tomar decisiones en pro de sus propios intereses, experimentar agotamiento físico y psicológico por desviarse de sus propias emociones, incluso pueden llegar a carecer de los recursos internos necesarios para dar lo mejor de sí a las personas más importantes en su vida. Y más aún, una interminable empatía crea vulnerabilidad a reaccionar a estimulos menores (lo que en inglés se denomina gaslighting) cuando otra persona niega tu propia realidad con la finalidad de afirmar la suya. Por ejemplo, si expresas tu preocupación a una amiga porque te ha excluido de sus últimas reuniones y ella te contesta, “Oh, estás siendo demasiado sensible”.

Quienes suelen priorizar los sentimientos de otros por encima de los suyos a menudo experimentan ansiedad generalizada o depresión leve. Puede que reporten sensaciones de vacío o alienación, o se preocupan incesantemente por las situaciones desde la perspectiva de alguien más. Pero ¿qué ocasiona que caigamos en la trampa de la empatía, y cómo podemos escapar? He aquí algunas ideas.

Las raíces de la empatía

Los bebés vienen al mundo preparados para ser empáticos. Los niños muy pequeños lloran en respuesta a la angustia de otros, y tan pronto como logran controlar sus cuerpos, responden a aquellos que lo necesitan para consolarlos u ofreciendo una bandita. Los niños varían en cuanto a su nivel de empatía; pareciera haber componentes genéticos y una base hormonal para la empatía. Mientras la progesterona la incrementa, la testosterona no. Pero no hay claras diferencias de género relacionadas con la habilidad empática en estas etapas tempranas de la vida.

Así como mucha de la capacidad empática está incorporada dentro del sistema nervioso, también es aprendida, especialmente cuando hay padres amorosos y cariñosos que reflejan sus sentimientos hacia sus hijos. Casi todos los padres atesoran aquel momento cuando un niño ofrece su juguete favorito espontáneamente para remediar una tristeza. Irónicamente, muchos padres dejan de “percibir” los actos de bondad de sus hijos alrededor de los dos años y medio, y los comportamientos empáticos se estancan cuando los padres comienzan a premiar mayormente los comportamientos más cognitivos y orientados hacia los logros.

Más adelante, los padres comienzan a promover la empatía de nuevo a fin de orientar el comportamiento o nutrir la empatía del propio niño. Piensa en el adulto diciéndole a su hijo adolescente, “comprendo qué tan importante es este evento para ti —quieres ir desesperadamente— y sé que te sientes realmente oprimido por nuestra decisión”.

Pero en ocasiones a los niños se les pide que vean las cosas a través del punto de vista de los padres o hermanos; por ejemplo, poner de lado sus propios intereses para ir a visitar a un pariente enfermo. A muchos niños se les pide que ignoren sus propios sentimientos a fin de “estar ahí para los demás”. Puede que luego les resulte difícil desarrollar un sentido balanceado de la empatía.

Es parte de la experiencia humana poner los sentimientos de otros antes de los nuestros de vez en cuando, pero no de forma consistente. En las relaciones adultas exitosas el flujo de la empatía es recíproco: los miembros de la relación comparten equitativamente el poder y van y vienen entre dar y recibir. Cuando uno de los miembros está más dedicado a dar, es probable que surja el resentimiento.

La socialización de género puede contribuir al desbalance empático. Los hombres que han sido motivados a “no dejarse pisotear” ante el conflicto pueden volverse demasiado dominantes, u opuestamente, rehuir ante los fuertes sentimientos de alguien más, confundidos sobre cómo responder sin vencer o ser vencido. Muchas mujeres son criadas para creer que la empatía, per se, es siempre apropiada, por lo que se vuelve su modo predeterminado de responder a otros. La alta estima en la que se tiene a las personas empáticas oscurece el hecho de que pueden estar descuidando sus propios sentimientos.

Las situaciones inequitativas de poder pueden crear un desbalance entre la pareja al dar o recibir empatía. Consideremos una situación extrema, el síndrome de Estocolmo, en el cual los rehenes llegan a expresar lealtad y empatía hacia sus captores. Al ser rescatada, la persona manifiesta un entendimiento sobre las acciones de su captor, e incluso algunas veces el deseo de permanecer en contacto con él o de estar a su servicio. Las mujeres y niños que han sufrido abuso a menudo forman vínculos similares con sus abusadores.

Tristemente, en las relaciones caracterizadas por esta desigualdad en el poder, aquellos que tienen la posición de menor poder son más propensos a ceder ante las necesidades de la persona que tiene mayor poder. El hacer esto les ayuda a mantener el vínculo, al costo de convertirse en arquitectos de su propia inhabilitación.

Algunas situaciones, como la del cuidador, requieren concentrarse en las necesidades de otro. Esto puede agotar la capacidad empática de cualquiera. Por ello, es importante que cuidadores busquen apoyo de personas que puedan ofrecerles a ellos esta misma clase de ayuda.

De atrapado a balanceado

¿Cómo saber si estás en riesgo de ser atrapado por la empatía? Si respondes positivamente a cualquiera de las siguientes preguntas, puede ser una señal de alerta.

  • ¿Pasas más tiempo pensando en los sentimientos de tu pareja que en los tuyos?
  • Durante una discusión, ¿enfocas más tu atención en lo que la otra persona está diciendo, al punto de excluir lo que tú deseas decir?
  • ¿A menudo te enredas tanto en los sentimientos de alguien que amas, cuando se encuentra dolido o deprimido, que parece que sus sentimientos se convierten en los tuyos?
  • Después de una discusión, ¿te preocupas sobre lo que la otra persona estaba pensando?
  • ¿Pasas más tiempo tratando de comprender por qué alguien te decepcionó, que decidiendo si sus razones tienen más peso que lo que tú estás sintiendo?

Refrenar el exceso de empatía requiere de inteligencia emocional; la habilidad subyacente necesaria es la autoconciencia. Necesitas estar siempre preparado para explorar y satisfacer tus propias necesidades. Ya que no estás acostumbrado a pensar en ellas, es probable que no estés del todo consciente de cuáles son esas necesidades. Siempre que tu empatía esté activada, recuerda que esto es una señal de traer el foco de atención a tus propios sentimientos. Haz una pausa (hacer una respiración profunda ayuda) para hacer un chequeo de ti mismo: ¿Cuáles son mis sentimientos ahora? ¿Qué es lo que necesito en este momento?

Una vez que sepas qué es lo que necesitas, puedes tomar una decisión consciente sobre cuánto darle a otra persona y cuánto solicitar para ti mismo. Por supuesto, también ayuda el nutrir relaciones con personas que están plenamente mindful de las necesidades de otros.

Tomar acción requiere la habilidad de autogestión. Una vez que comiences a notar las formas en las que te absorben los sentimientos intensos de los demás, especialmente los negativos, puedes crear cierta distancia, e incluso aislarte de ser necesario.

Para ayudar a manejar los sentimientos entremezclados que un arrebato de empatía puede crear, puedes cambiar tu forma de comunicarte. Supón que tu pareja vuelve a casa con sentimientos de enojo hacia su jefe. Te sientes demasiado cansada para escucharle despotricar o para hacerle sentir mejor. Exprésale claramente que no puedes satisfacer sus expectativas en ese momento: “Sabes, me encantaría realmente hablar contigo sobre esto, pero no esta noche. Estoy completamente exhausta. ¿Podemos hacer un tiempo para esto mañana?”.

Las personas altamente empáticas son buenas para notar las emociones de otros, pero no necesariamente las interpretan correctamente. Pueden crear narrativas poco ciertas sobre por qué alguien tiene un sentimiento particular, o pueden atorarse en los sentimientos que surgen de su interior. Allí puede ser útil pausar, contener tu interpretación, y explícitamente realizar una confirmación diciendo, ““Wow, eso suena realmente importante. Cuéntame más de la historia”.

Si otros te preguntan por qué estas actuando diferente, háblales abiertamente sobre los cambios. “A veces me enredo tanto en tus sentimientos que olvido los míos. Estoy tratando de mejorar este balance”. No te preocupes por lastimar los sentimientos de la otra persona. Si esa persona siente empatía por ti, esta conversación puede llevarles a tener una conexión más cercana.

Una forma efectiva de asegurarse de que estás cuidando de alguien que amas, a la vez que mantienes registro de tus propios sentimientos, es convertir el exceso de empatía en compasión. Cuando un amigo se encuentra muy alterado, en vez de asumir en ti mismo esa sensación de angustia, respira, da un paso atrás y dile, “Eso suena terrible. ¿Puedo hacer algo por ti?”.

La inteligencia emocional siempre requiere de ser empático con uno mismo. Esto, paradójicamente, permite que estés más presente para aquellos que amas. Toma como ejemplo el templo de Sanjusangen-do, en Kyoto. En ese lugar, mil boddhisattvas de la compasión son custodiados por 28 feroces deidades. Los antiguos sabían que la empatía, la compasión y la bondad amorosa requieren de protección especial.

Este artículo apareció originalmente en Greater Good, la revista en línea de UC Berkeley’s Greater Good Science Center, uno de los socios de Mindful. Para ver el artículo original, haz clic aquí.



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