¿Fibromialgia? Más amor y menos guerra

Hace poco leía un artículo y me vino a la cabeza la famosa frase «Haz el amor y no la guerra», que aunque no tenía que ver nada con lo que estaba leyendo, comenzó a revolotear en mis pensamientos luego de ver que utilizaban la palabra «guerreras» para referirse a las personas con fibromialgia. Te confieso que se me erizaron los pelitos, porque me recordó días no tan buenos de mi paso por este planeta.

Yo soy diagnosticada con fibromialgia (fíjate que no digo «padezco») desde hace casi diez años (pero quién lleva la cuenta) y si de algo estoy clara ahora, después de pasar mucho tiempo de confusión, depresión y malos momentos, es el hecho de que asumir esta enfermedad como una guerra nunca me ofreció nada bueno. Yo creo que cualquier guerra, incluso para los «ganadores», deja tras de sí tanto dolor, y cansancio que la «victoria» lleva con ella un sabor muy amargo.

Luego de pasar por cantidad de trances desagradables relacionados con esta condición crónica, hubo un momento en mi vida en que algo hizo clic en mí y comencé a ver las cosas con otro cristal. Tras «dar la pelea», «batallar» y ser una «guerrera» como me aconsejaban, y darme cuenta de que la cosa no estaba funcionando asumí que había que darle una vuelta a cómo venía «enfrentando» la situación.

Lo primero que decidí fue no pelear. ¿Por qué? Porque me parecía una lucha desigual; mi contrincante era invisible y yo no podía ver dónde golpear, lo que hacía que cada golpe que daba (medicamento que tomaba) se devolviera como un búmeran. Entonces, opté por sentarme con ella en un sofá y conversar porque estaba segura de que algo tendría para decirme. De otra forma no se hubiera presentado en mi vida.

No te digo que fue fácil. Fue realmente difícil porque en nuestra cultura desde niños aprendemos a ser víctimas. Cuanto más mostramos que sufrimos, recibimos más palmaditas en la espalda y palabras de aliento. Y vamos a ser honestos, ¿a quién no le gusta que le acaricien el cabello y le den abrazos reconfortantes? Veo varias manos levantadas.

Dejé que me mostrara por qué y para qué la había atraído a mi vida. Me di cuenta de mis debilidades y de la cantidad de pensamientos inútiles que trabajaban como enanitos en mi cabeza. También caí en la cuenta de una cantidad de creencias que no me ayudaban para nada y que ¡ni siquiera eran mías!, las había ido recogiendo desde mi infancia y guardándolas en mi cabeza. Luego de conversar civilizadamente, sin llantos ni gritos desgarradores, decidimos firmar un tratado de paz. Yo haría lo posible por superar esas cosas y ella solo me daría recordatorios cada vez que me saliera de la ruta que habíamos marcado.

Muchas de las cosas que hice las dejé plasmadas en mi libro «Organiza tu clóset mental y vive mejor». Aprendí a respirar, conocí el yoga, apliqué técnicas para organizar las tareas que generalmente nos agobian, en fin, decidí hacerme responsable de lo que pasaba en mi vida y dejar de echarle la culpa a los demás.

A veces la fibromialgia me da un toque, pero en vez de tirarme en un sofá a llorar y sentir lástima por mí misma como solía hacer, me detengo y veo qué hice para recibir ese toque. Reviso mis pensamientos; lo que ha salido de mi boca (el poder de la palabra es inmenso); lo que me rodea y he permitido que me afecte; o simplemente lo que he estado haciendo últimamente. Muchas veces el toque me lo da para que frene un poco y me pase al canal lento. Cuando me toca en el hombro, me dice: «Yo sé que te encanta tu trabajo, pero tómalo con calma. Respira».

Le doy las gracias por el aviso, organizo mi clóset mental, me replanteo la forma de ver las circunstancias que rodean mi vida (situación del país, por ejemplo), pongo un filtro a todas aquellas conversaciones que pudieran dejarme residuos tóxicos, me doy permiso para descansar un rato sin sentimientos de culpa, supero el momento y sigo adelante.

¿Que por qué no la he sacado definitivamente de mi vida? Yo me he hecho esa pregunta también y cada vez que me analizo, me doy cuenta de que todavía entre algunos ganchos oxidados en mi clóset mental está colgada la frase que me dijo la primera doctora que me diagnosticó: «Esta condición es crónica y vas a tener dolores por siempre«. Es como esas frases de película que se te quedan grabadas y en algún momento sale a relucir, o como esa canción que de repente empiezas a repetir como un disco rayado en tu cabeza. Ya la borraré.

En eso estoy, tratando de que ella y yo nos encontremos menos veces, hasta que de nuestra relación solo quede el recuerdo. Mientras, la seguiré asumiendo como hasta ahora, con más amor y menos guerra.



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