Fiordos de Nueva Zelanda: patrimonio de la humanidad

Fiordos de Nueva Zelanda: patrimonio de la humanidad

Nueva Zelanda es un país de naturaleza voluptuosa, planificación turística impecable, gente amabilísima y una diversidad de paisajes impensable. Pero Fiordland, al suroeste de la isla sur, con el nombre Maorí de Te Waipounamu y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986 por la Unesco, es de batirse contra los pisos. Los bosques son de cuento de hadas y las montañas imponentes, pero el agua es el elemento indispensable y protagónico de los fiordos. En esta zona del planeta llueve tanto, que los índices de pluviosidad no se miden en milímetros sino en metros y son 9 al año. Es tanta el agua dulce que se desgaja del cielo, que los fiordos tienen una capa de 2 metros de agua dulce sobre la salada y las cascadas resultan incontables cada vez que arranca a llover. Los delfines que ahí habitan viven tan de maravilla que pueden llegar a medir hasta 4 metros de largo.

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Los fiordos son formaciones que se comenzaron a tallar durante las glaciaciones, cuando el hielo minó la consistencia de la piedra, abriendo canales que en su retirada se inundaban con el Mar de Tasmania. Así lo hicieron por siglos: avanzando y replegándose hasta mostrarse como son hoy. Según la tradición Maorí los creó Tu Te Raki Whanoa, a quien le fue dada la misión de adornar la isla sur. La leyenda afirma que al llegar a Piopiotahi (Milford Sound) ya había perfeccionado la técnica y por eso es el fiordo más hermoso.

Los fiordos más accesibles son Milford y Doubtfoul Sound. Para llegar a Mildford se pasaron años construyendo una carretera de 120Km. en la que hubo que cavar el túnel Homer en piedra maciza. Tenían clarísimo que éste era un lugar especial y querían darlo a conocer. De Te Anau a Milford son cerca de 2 horas y media de carretera en medio de paisajes prístinos. Para Doubtfoul Sound llegan hasta el lago Manapouri a veinte minutos de Te Anau, lo cruzan en un primer barco mediano, se bajan en una central hidroeléctrica y el autobús los lleva 40 minutos en medio del bosque verdísimo hasta llegar al fiordo.

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En ambos casos el itinerario es más o menos el mismo: llegan al barco, les reparten los cuartos, les dan una charla de seguridad, un postrecito y a la cubierta todo el mundo a ver el paisaje. Luego se hace una parada para que los que quieran hagan kayak. Esto es un impelable. Hay que pasarle de cerca a los hilos de agua que se desprenden de la montaña, tocarla, ver las piedras, sentir -así cerquita y en la piel- lo que es este paisaje. Luego, visitan a las focas en el mar de Tasmania para cerrar la tarde.

La cena es apoteósica, los postres delirantes. En la noche dan una charla con fotos para entender la magnitud del ecosistema en el que estás y a dormir para levantarse temprano y ser depositado de vuelta. A nosotras nos tocó Doubtfoul Sound inundado en lluvia, misterioso, repleto de cascadas, neblina y silencio. Luego Milford se nos abrió azul y brillante para verlo con otra luz. En ambos casos la experiencia fue fascinante. Si la vida un día los lanza hasta aquel lado del mundo, es imperdonable no navegarlo.

Para hacerlo: www.realjourneys.co.nz

 



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