Freud y el arte de ver las cosas como son

Freud y el arte de ver las cosas como son

Dicen que la primera vez que Freud​ presentó su teoría frente a su mentor, el Dr. Charcot, y un grupo de trabajo de su clínica, uno de los participantes, habiendo escuchado atentamente la exposición del luego padre del psicoanálisis se puso de pie y le dijo: su teoría es muy buena doctor, pero eso no hace que las cosas dejen de ser como son.

¿Era un sabio meditador? ¿era un epistemólogo o estudioso de las ciencias? No sabemos, pero en cualquier caso su crítica parecía apuntar a cierta «sofisticación elaborativa» del austríaco y la necesidad de ir por algo más simple.

Lo que hoy es indudable es que Sigmund realizó un aporte impresionante y único al saber humano, ubicando en primera línea nuestra vida inconsciente y el efecto que ésta, de manera silenciosa, tiene sobre nosotros (en forma de síntomas o estilos de personalidad). Así, desde su concepción de volvernos más conscientes, de alumbrar lo oscuro, y su confianza en la recuperación del ser humano a través del contacto con otro ser humano que presta su plena atención y disposición para ayudar, este ícono de la psicología se acercaba a las enseñanzas milenarias de la atención plena o mindfulness​.

Aunque hay un aspecto diferencial que nos lleva nuevamente a la crítica del médico mencionada.

La flor del Buda

También hay otra historia del Buda. Dice que una vez juntó a sus discípulos y les mostró una flor. Luego preguntó: ¿qué ven? Uno de ellos dio un discurso sobre la flor y el ecosistema, y él le dijo: tú eres mi hermano. El segundo discípulo la observó y sonrió, empáticamente, entonces el maestro Bodhidarma le dijo: tú tienes mi sangre. Pero el último discípulo, extasiado con la atención puesta en la delicada obra de la naturaleza permaneció en silencio, en una absorción absoluta. El sabio entonces remató: y tú tienes mis huesos y mis vísceras. La historia dice que este último fue el que verdaderamente vio la flor.

Hacer una teoría supone relacionar la información captada con mucha otra información guardada, relacionarla, ordenarla y luego desplegar argumentos. Una teoría es una visión articulada de la realidad (como el psicoanálisis). Sonreír también de alguna forma puede significar empatizar a partir de la comparación de lo captado con alguna vivencia interna, pero estar en silencio, permanecer contemplativo sin interrumpir, es el arte de diluir el ego, de dejar que el fenómeno penetre sin mediaciones. Esto había logrado el último discípulo. Se había iluminado.

Muchas historias del budismo zen hablan de este momento donde muere el lenguaje por un instante, donde todos los filtros o aprendizajes se derrumban abriendo la percepción a posibilidades inimaginables. De alguna forma, las experiencias psicodélicas con algunas drogas también parecen ir en esta dirección de anular preconceptos, líneas directrices de la observación, y dejarnos penetrar por lo maravilloso de la experiencia como si fuera la primera vez que la tenemos. Sin posibilidad de compararla con nada.

La práctica sostenida del mindfulness va derribando, lenta pero continuamente, patrones rígidos de creencias y pensamientos. En realidad, quizás la palabra sería «flexibilizar» en lugar de derribar. Cuando estamos observando la usina de pensamientos que fabrica nuestra mente (muchos de los cuales están relacionados con algo que se llama el córtex cingulado posterior y que procesa información autobiográfica) aprendemos a que todo aquello que asumíamos como verdadero, como filtro para entender lo que experimentamos, es sólo nuestra limitada perspectiva.

La metacognición, o capacidad de observarnos

Así se llama lo que vamos aprendiendo a través del entrenamiento en la atención plena: metacognición. No es que quien no haga mindfulness no lo desarrolla, pero seguramente no con la profundidad y sutileza de un meditador. Es que lo pequeño, lo casi imperceptible, se vuelve más claro cuando aprendemos a observarlo de cerca: nuestras reacciones, opiniones, modos de actuar, son información sobre nuestros filtros y de alguna manera podemos ser conscientes y elegir cómo proceder.

Fundamentalmente, se debilita el gran forjador y padre de filtros y creencias rígidas: el ego. O esa autopercepción de grandeza, importancia y priorización por sobre los demás que nos hace conducirnos llenos de ignorancia.

Cuando podemos captar la manera en que este inmenso ego se regodea en sus apreciaciones y percepciones, estamos listos para arremangarnos y empezar a deconstruirlo. Para empezar con otra nueva socialización, la de seres altruistas que se responsabilizan de sus productos mentales.

Y ya no sólo utilizaremos como Sigmund el pensamiento y el raciocinio para escrutar nuestro mundo inconsciente, sino que la intuición, la percepción abierta y llena de cuerpo y corazón nos va a dar la medida mucho más profunda de todo aquello que experimentamos. Parafraseando al médico que lo objetó, quizás podamos captar las cosas como de verdad son.

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