Ganar, perder, vivir

La vida nos ha puesto en esa dicotomía ganar/perder. Por “vida” en esta ocasión quiero decir esa extraña carrera de productividad en la que nos hemos insertado. Nos guste o no, tenemos que ser rápidos en el trabajo, ofrecer soluciones eficaces, que generen ganancias, tener contentos a los jefes, a los clientes, ser puntuales en todo sentido, precisos; en fin: insertarnos de manera obediente en la cadena de producción. Mientras más dinero produzcamos (dinero que, además, no llegará a nuestros bolsillos), mejor.

Por otro lado, está nuestra vida personal. Debemos estirar como se pueda el dinero que ganamos. Muchos somos expertos en la práctica de acumular deudas. Hay que pagarlas, más los gastos básicos, y ser incluso más astutos todavía si queremos generar algún ahorro. Producir dinero quita tiempo, y el llamado “tiempo libre” se reduce muchas veces a mantener la casa en orden, preparar comida para la semana y así no gastar dinero fuera, etc. Hablo como hombre soltero que comparte casa –alquilada- con su compañero y que tiene solamente una (¡maravillosa!) perra a su cargo: no puedo imaginarme cómo debe ser mantener una familia de más de cuatro miembros.

Con esta lista de presiones es fácil tirar la toalla. Sin ser demasiado fatalistas, quiero decir irse a beber por las noches, para llenarse de risas y distraer a la mente. Lo que sucede es que a la mañana siguiente no sólo llega la resaca sino el bofetón de la billetera vacía.

Entonces, ¿qué hacer? La toalla no se puede tirar. Tampoco abandonar a la perra. La fórmula se despeja fácil. Por lo menos en mi caso, esas dos o tres horas que se invierten en salir a beber hay que usarlas para otra cosa (no siempre, claro, que todo tiene su encanto).

  • Limpiar la casa. Es cuestión de cambiar hábitos: la ropa a la cesta, no al suelo. Echar una barridita dos o tres veces por semana, en lugar de fregar una vez un piso con dos semanas de descuido encima. Y así poco a poco ir encontrando la armonía. Al final, eso no quitará tres horas, ni mucho menos.
  • Hacer una actividad en la que haya que moverse. Es como una meditación en movimiento. Danza, yoga, trotar por un parque, natación. Siempre hay una actividad económica por ahí. Al mover el cuerpo, la cabeza se calma, se aquieta. Se trata de descubrir la inteligencia corporal que tenemos todos, que podemos fácilmente cultivar, y que naturalmente nos traerá beneficios en términos de salud.
  • Ya he hablado de la importancia del arte en nuestras vidas. Todos podemos hacer algo. Así sea tomar una hoja en blanco y un papel. Incluso antes que escribir: tomar el lápiz y dejar que la muñeca gire, realizar trazos curvos, rectos, largos, entrecortados, rápidos y lentos, etc. Con musiquita puede ser mejor. No quiero decir que cada garabato es una obra de arte (ese es un debate de mayor alcance), pero si algo nos ayuda a drenar, es válido. Un acto sencillo y privado que nos puede aligerar un poco la carga. Dicho todo esto, tomarse la libertad de escribir algunos pensamientos, ideas, emociones, también puede ayudar. Capaz en la esquinita más pequeña de ese garabato hicimos un muñequito, que después sea divertido perfeccionar, y quizás arrancar de allí a construir una historia o lo que sea. ¿Quién sabe? Lo desconocido siempre es más divertido.
  • ¡Leer! Las imágenes e historias que se construyen en nuestra cabeza a partir de palabras escritas por otros son un recordatorio básico de que nuestra mente es poderosa. Bien sea que nos estimule a escribir algo, o que sencillamente nos regale el placer de descubrir con asombro y regocijo eso que tanto se venera y que muchas veces se difumina: la belleza.

Llegado a este punto, pienso que más que ganar o perder, el tema es vivir. Abrirnos al placer. Revolcarnos en el malestar es sin duda otra vía, pero es una que ensucia, cansa, enferma. Humildemente, creo que esa energía es bien poderosa; nada más fácil que entregarse a la depresión o a la angustia, ¿por qué no usarla para transformarse entonces? Como personas, tenemos el arma de la palabra en nuestro poder. Queda de nosotros llenar nuestro vocabulario de muchos “no” o “sí”, de muchos “nunca” o de muchos “siempre”. No tengo fórmulas. Muchas veces fallo pero, como se dice por ahí, se hace lo que se puede.

Palabras clave: gozar, agradecer, inventar, explorar. Todo está dado, queda de nosotros escoger. Como dice la canción del link en el párrafo anterior, «a lo mejor resulta bien».



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