Hable o calle para siempre

Mi rutina es inesperada, pero es rutina al fin.

Despierto a las 8am, hago desayuno, tomo el metro línea roja, tres estaciones, camino diez minutos, me siento en la misma silla por cuatro horas, vuelvo a casa. Repeat. Repeat. r-e-p-e-a-t.

Hoy, mientras cruzaba de Marina a Arc de Triomf pensaba en el erotismo de las cejas mientras veía sin ganas el tubo que todos deben haber tocado para sujetarse y que debe contener miles de microbios y enfermedades.

De pronto recordé a mi abuela. ¿Qué habrá sido de ella? pensé. Siguiendo las normas reencarnantistas podría existir la posibilidad de que se encuentre en este mismo vagón. Siguiendo normas conservadoras puede entonces descansar eternamente, eternamente… pero, ¿dónde?

¿Qué le diría a mi abuela hoy en día? comenzaría probablemente por contarle cómo está su hija y quizás decirle si siguió sus paso o no. Le contaría todas esas cosas malas que he hecho y que pocas veces han sabido juzgar correctamente. Le insistiría en lo mucho que he terminado pareciéndome a ella, sobretodo en la barbilla (y quizás en el carácter). Le pediría sus recetas para mejorar mi material de ama de casa y también le rogaría que me cosiera un vestido, de esos que tanto le gustaban coser.

Estamos rodeados de personas que vienen y que van. De caras que en la memoria fluyen como agua, siempre turbias, siempre borrosas y lejanas. Pienso en tantas personas con las que comparto mi vida y analizo qué tanto tiempo las conoceré. Es impreciso, es incierto y los humanos parecemos no notarlo aún.

Pienso entonces en todas las cosas que no he dicho a quienes debo decirlo. Añado la variable del tiempo y automáticamente entro en pánico pensando que los que están hoy puede que no estén mañana. Puede que yo misma deje de estar mañana. Me habré quedado callada, habré desaparecido con tantas cosas que decir.

El compromiso de expresarse. El problema está, verán ustedes amados míos, en que si uno se expresa demasiado o simplemente con honestidad existe la posibilidad de ser considerado como víctima del delirium tremens y automáticamente excluido de cualquier círculo en que se encuentre.

Hablo desde la experiencia. La honestidad excluye, pero el callar quema internamente. Entonces, ¿dónde está el punto justo? ¿hasta dónde podemos hablar y cuándo debemos mordernos la lengua?

He aprendido que todo varía según la confianza y madurez del emisor y receptor. Es casi cuestión de suerte, de química, de ganarse una clase de lotería social o de tomar el riesgo de probar hasta donde nos alcanzan las palabras.

Despierto de mi pensar y noto que ya mi vagón ha llegado a su final. Subo escaleras, camino 30 segundos, abro la puerta y finalmente llego a casa.

Te amo, digo, porque hay sentimientos que son necesarios expresar.

Expresarlos lo suficiente.

Expresarlos siempre.

Love, R.



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