Hablemos de alcohol. Algunas recomendaciones

Estoy casi seguro de que muchas de las personas que hoy leen este artículo tienen entre sus afectos cercanos algún joven; y continuando con la segunda entrega a través de la que busco ayudarlos a saber cómo cultivar buenos hábitos de consumo, quiero dedicar este espacio para entregar algunas herramientas que debemos saber sobre la adolescencia.

La adolescencia se caracteriza por cambios importantes en lo físico, lo fisiológico y lo psicológico. El cerebro continua madurando, las hormonas empiezan a afectar más notoriamente el cuerpo y los comportamientos empiezan a volverse más audaces, más desafiantes, más emotivos. Los jóvenes buscan situaciones de riesgo y tienden a desafiar las normas y costumbres para experimentar emociones. A esto se le suma lo difícil que les es mantener los límites en su comportamiento.

Para cultivar un estilo de vida saludable en su presente y en su futuro, debemos saber que, entre otros aspectos, el cerebro de los adolescentes no ha alcanzado su completo desarrollo.

Aunado a esto, ellos no tienen la misma cantidad de agua en su cuerpo que una persona adulta; usualmente pesan menos y su cuerpo no está plenamente desarrollado; su hígado tiene menos enzimas de las que ayudan al hígado a metabolizar el alcohol. Esto significa que tendrán una mayor concentración de alcohol en su sangre que un adulto.

Pensando en que los jóvenes usualmente tienen un comportamiento rebelde, una mayor tendencia a desafiar y a tomar riesgos, los invito a poner en práctica estos elementos clave para tener una buena relación con ellos:

  1. Actitud
  2. Modelaje
  3. Confianza
  4. Comunicación

hablemos-alcohol2La actitud es lo que los hijos pueden sentir cuando reaccionamos ante una situación. Nuestra actitud ante el tema del consumo de alcohol requiere de la firmeza necesaria para transmitir claramente nuestro desacuerdo con esa conducta, pero al mismo tiempo acompañarla de comprensión, después de todo de seguro recordamos haber pasado por esa situación como jóvenes. Debemos explicar las razones de nuestro desacuerdo, sin acompañarlo de un tono de voz elevado o de palabras cargadas de emocionalidad. Tenemos que estar alerta de nuestras propias emociones, temores, rabia, porque nos llevarían a tener una actitud inadecuada para alcanzar lo que deseamos.

El modelaje es lo que nuestros hijos han visto y ven en nuestro comportamiento, constituye el ejemplo que estamos dando. Si ese comportamiento no es cónsono con lo que queremos que nuestros jóvenes hagan, nuestra credibilidad se desvanece y los estamos dejando solos ante el problema. Es bueno estar conscientes de lo injusto que es aquello de «has como yo digo, pero no como yo hago». Con el modelaje podemos también enseñar a resistir las presiones de otros.

Recomendar confianza puede resultar desconcertante porque estamos seguros de que le tenemos confianza a nuestros jóvenes, pero vale la pena autoanalizar nuestras reacciones ante situaciones complejas. La confianza no se pide, se inspira. Y se refuerza con gestos y palabras.

Para que la comunicación cumpla con el objetivo que nos proponemos debemos estar calmados, disponer del tiempo y lugar apropiados y haber aclarado nuestras ideas previamente. Al mismo tiempo debemos estar alertas del tono de voz y de los gestos que acompañen nuestras palabras y de dar amplia oportunidad para oír al otro. El mensaje debe ser claro y sencillo, pero con firmeza en el contenido, y respeto; aunque nos suene raro, ese joven espera que se le respete y se le escuche, exactamente lo mismo que esperamos de él.

Estoy seguro de que al tomar en cuenta estas cuatro consideraciones, afianzarán el lazo afectivo con ellos en esta etapa tan determinante en la que necesitan sentirse apoyados por sus padres y muy seguros de sí mismos.



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