¡Hace calor!… pero no seas vanidoso, no es tu culpa

Desde que Al Gore se montó en la grúa para asustarnos con el gráfico “palo de hockey” (hoy desprestigiado, revisado y corregido), comenzó una corriente de opinión pública que convirtió en oficial la idea peregrina de que el planeta se estaba calentando y que lo hacía por nuestra culpa. La corriente se convirtió en un tsunami mediático y Al Gore junto con el IPCC, instituto adscrito a la ONU, se ganaron el Oscar. Perdón, el Nobel. Aunque les va mejor el Oscar.

En esencia, lo que oficializaban dos instituciones tan sólidas como la ONU y el Comité Nobel del Parlamento Noruego es que los seres humanos tenemos la capacidad para cambiar el clima, tanto para estropearlo por nuestra torpeza, como para mejorarlo si nos portamos bien. En esencia, lo mismo que argumentaban los médicos brujos apaches cuando pedían que la tribu bailara la danza de la lluvia.

calorEl IPCC, actualmente de bajo perfil por el “Climagate”, es la institución político-burocrática que lidera el lobby internacional acerca del Calentamiento Global, aunque ahora prefieren llamarlo Cambio Climático, porque no hay mucha certeza de que en realidad haya calentamiento y mucho menos de que sea global. Pero es que también “cambio climático” es un concepto torpe, porque es una redundancia. Es como decir “subir para arriba”, “agua mojada” o “nazi racista”. El clima cambia. Ha cambiado siempre desde hace 4.500 millones de años y seguirá cambiando. O es que usted, mi querido lector, no ha visto esa genial película “La Era de Hielo” (Ice Age), en especial la 2. Son dibujos animados, ya sabemos, pero están ubicados en una época real. Hace sólo 10 ó 12 mil años cuando los glaciares que cubrían la mitad del planeta comenzaron a derretirse. Cuando el Sahara era un bosque fértil y cuando el clima del planeta dio paso a este maravilloso instante (en tiempo geológico 10 mil años es menos que un suspiro) caliente que ha permitido el crecimiento de la civilización y que los seres humanos, de unos pocos miles, hayamos crecido como especie hasta la cantidad de siete mil millones de individuos.

Las razones por las cuales el clima del planeta tiene un comportamiento tan temperamental son múltiples. Para nuestra capacidad de entendimiento hoy, podríamos decir que son infinitas. Todos los científicos serios que estudian la historia, manifestaciones y efectos del clima encuentran sus causas en fuerzas inmensas como la radiación del Sol, las variaciones orbitales del planeta, la influencia de la Luna, el cambio del eje de la Tierra, el poder geotérmico que emana de las fisuras de la corteza terrestre, la deriva continental y la distribución actual de mares y océanos… Y yo me pregunto, ante energías tan poderosas, ¿cómo es posible que todavía podamos seguir creyendo que los seres humanos somos capaces de alterar el curso de la naturaleza universal?

La propuesta del IPCC afirma que los gases producidos por el crecimiento industrial y humano —principalmente el CO2, pero no el único— han elevado la temperatura del planeta. Es decir, sugieren de manera imperativa que se trata de un fenómeno anómalo, irregular, desproporcionado e imprevisto. ¿Y desde cuándo el clima ha sido regular, proporcionado o previsible? Su principal línea argumental es que el crecimiento de los niveles de CO2 van a la par del aumento de la temperatura. Eso parece correcto, pero para los últimos siglos. Lo que no dicen es que en la historia geológica del clima los niveles del CO2 a veces han estado mucho más bajos y la temperatura media ha sido mayor que la de hoy y viceversa, a veces han estado altísimos en edades glaciales. Eso lleva a la conclusión elemental de que no puede adjudicársele causalidad al CO2 por el aumento de temperatura. Olvidan también decir un detallito: la producción natural de CO2 en el planeta, es decir, la que no producimos los humanos con nuestra malvada civilización, es aproximadamente el 94%. En otras palabras, los humos de la civilización son tan altos que, con un 4%, hacemos más daño que el resto de la naturaleza.

Lo que nos propone el IPCC —ojo, es una propuesta, que no digo teoría, porque no es ni siquiera una hipótesis científica, ya que todos sus estudios sólo representan mediciones estadísticas y proyecciones de modelos matemáticos por computadora, ambas herramientas de la ciencia, pero ninguna, por sí sola, método científico— es el mundo al revés. Un mundo donde no es el poder de la naturaleza el que nos permite estar vivos, sino que somos nosotros los que tenemos el poder de acabar con ella. Un planeta donde no es el clima el que alberga o altera la vida, sino una pequeña y mísera especie la que es capaz de alterar el clima.

No creo que toda esta histeria alrededor del “cambio climático” —no valga la redundancia— sea un complot o un fraude orquestado. Me parece que es simplemente un pequeño tropezón burocrático que rodó y creció como bola de nieve (que al calor del debate, no del clima, se está derritiendo) y que los colegas de los torpes ahora no saben cómo aceptar públicamente: “ups, lo siento, la verdad es que tampoco era para tanto”.

Pero mientras, ha tocado una fibra muy confusa del público, esa vanidad que nos hace creer superiores en la naturaleza, incluso aunque sea como los malos de la película. 

 



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