Hacer dieta con los ojos

Se llama Brian Wansink y desde 2005 se ha convertido en opinador frecuente cuando algún medio quiere averiguar cómo opera el mecanismo que nos hace sentir satisfechos después de una comida. Sencillo: comemos hasta que el estómago no se da más abasto. Problema: la vista parece modificar el apetito.

Siempre preferiremos un plato bien presentado antes que otro desprolijo, pero lo que plantea Wansink, profesor de la Cornell University, es más complejo y demuestra que nuestras decisiones alimentarias no siempre son conscientes. En 2003 dirigió un experimento que iba así: 54 personas fueron seleccionadas para sentarse en una mesa a tomar sopa. Un porcentaje del grupo tenía en frente un recipiente convencional, mientras que el resto de participantes tenía bowls con un mecanismo que añadía más sopa de forma imperceptible. Las personas “engañadas” comieron 73% más, pero como no lo notaron visualmente, no se sintieron más satisfechos ni creyeron haber ingerido más sopa que los demás. Ninguno, vale repetir, se dio cuenta de estar ante un plato sin fondo.

chica_burguerWansink quería recoger evidencia concluyente para apoyar su tesis de que en la mesa los ojos pueden importar más que el gusto, algo que las grandes empresas alimentarias comprendieron hace años a la luz del aumento constante en el tamaño de las porciones y los preempacados. La percepción humana y una serie de factores psicológicos dificultan que nos demos cuenta, pero el académico tiene un libro presuntamente dedicado a ayudarnos: Mindless Eating, donde reúne buena parte de sus experimentos y da consejos para controlar nuestro apetito visual.

Uno es bien conocido: para comer menos, usa un plato más pequeño –no se vale repetir–. Otros vienen del sentido común, como pedirle al mesonero que no traiga pan o posar los cubiertos en el plato después de cada bocado, pero en su lista de ideas imperceptibles para bajar lentamente de peso hay algunas más exóticas. Por ejemplo: un experimento suyo demostró que las personas con tendencia a levantarse de la mesa para picar algo más reducen drásticamente su costumbre si la comida está a más de dos metros de distancia y fuera del campo visual. Esa relación con la vista es fundamental y Wansink recomienda que cada quien identifique cuál es su zona de riesgo, esos lugares donde solemos comer mal. Evitarlos puede tener un impacto psicológico suficiente.

Los hallazgos del recipiente sin fondo le valieron un Ig Nobel en 2007, premios que se entregan un mes antes de los Nobel para reconocer las investigaciones reales pero improbables más importantes del año, y su última aparición mediática es del 29 de septiembre pasado, en el Huffington Post, donde contó que solemos comer el primer plato que vemos: “No solo se trata de dónde colocamos la comida en la mesa o la nevera (…) Se trata de si tenemos un recipiente de galletas afuera en lugar de un plato de frutas”.  Engaños visuales para un organismo saludable.



Deja tus comentarios aquí: