¿Haces lo que dices?

Creo que a todos nos ha sucedido. En un momento, por una experiencia, algo que te dicen, algo que ves, de repente sientes un click en tu cabeza y entiendes algo que te daba vueltas desde tu infancia.

A mí me acaba de pasar con algo tan sencillo como la palabra “paluchero”. Siendo mis padres cubanos, en casa solía escuchar palabras y frases que no entendía más nadie fuera de las cuatro paredes de mi hogar. Ir a pedir boniato en el mercado, hacía que el verdulero me mirara raro, hasta que yo le señalaba la batata. O pedirle malanga y tener que señalarle el ocumo. Hablar del balde en vez del tobo o del perchero en vez del gancho.

En fin, que después de tantos años sin escuchar la palabra, así de repente después de una situación, ella vino a mi mente mostrándose como en una marquesina de teatro y ¡click!, entendí plenamente lo que mis padres querían decir al expresar que zutano o mengano era un paluchero.

Siempre que la busqué en el diccionario, lo que allí decía no me convencía. No llenaba ese sentimiento que mis padres expresaban con dicha palabra. Es algo más que charlatán, o el que habla mucho sin decir nada. Hoy entendí que va más allá de eso.

Un paluchero es alguien que no es congruente entre lo que hace y lo que dice. Es una persona que ofrece incluso sin que le pidan solo para quedar bien, disfrutar de un rato de la admiración de los demás, pero que al final no hace nada de lo que ha dicho. Así, del estado de buena onda, y “qué chévere es fulano”, pasamos a la parte en la que veo a mis padres diciendo: “fulano es un paluchero”.

A mi entender va más allá de incumplir promesas. Es una conducta que refleja que se ha perdido la conexión entre lo que se piensa, dice y hace, y eso, al final, deja un gran vacío en la persona y mucha decepción en quienes le rodean. Dice Wayne Dyer: El pensamiento, las emociones y el comportamiento congruentes constituyen fuertes indicadores de la confianza que tienes en ti mismo”. Por ende, diría yo, la incongruencia entre nuestras palabras y acciones muestra mucho sobre quiénes somos.

No puedo hablar de generosidad y a la hora en que se presenta la ocasión de ser generoso, dar un paso atrás y hacerme el loco. No puedo llenarme la boca hablando de la importancia de la honestidad, y a la hora de los “qué hubo” cometer uno que otro desliz. No puedo hablar de la santidad del matrimonio, y más tarde salir a echar unas “canitas al aire”. No puedo hablar de vida saludable, y esconderme a fumar un cigarro.

Entender a cabalidad esa palabra que tenía tantos años sin escuchar y que me viniera a la mente de repente, me ha hecho pensar y asumir una vez más la importancia de ser consecuentes e íntegros cuando hablamos y actuamos. Dice Miguel Ruiz en sus “Cuatro Acuerdos” que la cantidad de amor que sentimos por nosotros mismos se relaciona directamente con la calidad e integridad de nuestras palabras. Independientemente de la lengua que hables, tu intención se pone de manifiesto a través de las palabras. Lo que sueñas, lo que sientes y lo que realmente eres, lo muestras por medio de las palabras”. Yo agregaría que la integridad de nuestras palabras se demuestra en la acción.

Si cada día más personas tratáramos de ser menos “palucheros” y actuar consecuentemente con lo que pensamos y decimos, qué gran beneficio le diéramos a nuestro entorno inmediato y cuánta armonía al planeta entero.

 



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