¿Hay algo más?

¿Hay algo más?

Las buenas preguntas suelen ser muy cortas. En días recientes, mientras facilitaba un taller de mindfulness en Ciudad de México, y tras guiar al grupo en una meditación enfocada en prestar atención a la respiración, una mujer me preguntó: “¿hay algo más que esto?”.

Su pregunta encerraba varios niveles, pues no solo buscaba indagar en la sencillez de la práctica (a fin de cuentas, sentarse a percibir y sentir la respiración no pareciera significar mayores complejidades), sino que también apuntaba a algo más profundo: cuando cerramos los ojos para observar nuestras experiencias físicas y mentales internas, ¿quién está realmente observando?

Vayamos por partes. Si decantáramos las instrucciones de mindfulness a su mecánica elemental obtendríamos algo así como “pon tú atención en algo”. Jon Kabat-Zinn, uno de los pioneros en este campo, dice que mindfulness es “prestarle atención a lo que ocurre, mientras está ocurriendo”. En el caso de observar y sentir la respiración, se trata simplemente de eso: enfocarse en la inhalación y la exhalación, procurando mantener allí la atención, algo que toda persona que lo intente comprobará que no es asunto fácil. Unas cuantas respiraciones, y la mente se va de paseo tras otra cosa, como la lista de tareas pendientes, los planes para la cena, los recuerdos de alguna conversación reciente o la inmortalidad del cangrejo. Y es allí cuando se activa la mecánica elemental del mindfulness, pues al notar que la mente ha perdido el foco, procuramos regresar a lo que estábamos haciendo, es decir, observar y sentir la respiración. Así de sencillo, pero no es tan fácil.

Este ejercicio de atención es el punto de partida del mindfulness porque entrena a la mente a estar aquí y ahora, enfocada de manera intencional y consciente. De esta forma, y poco a poco, se desarrolla una concentración que viene acompañada de una capacidad de percibir con mayor claridad el río de pensamientos, emociones, sentimientos y sensaciones corporales que nos acompañan momento a momento. Esta capacidad de darnos cuenta, que en inglés llaman awareness, es lo que nos permite profundizar en la práctica. Es lo que abre la puerta para ir más allá, como preguntaba la mujer.

Porque resulta que así descubrimos que somos capaces de observar lo que nos ocurre, mientras ocurre, con cierta calma y distancia, como si fuéramos testigos de nuestra experiencia. Y allí es donde la pregunta inicial apunta a quién es realmente el observador. Porque si puedo sentir que respiro, y a la vez, darme cuenta de que lo estoy haciendo, es como si se abriera un espacio que me permite distanciarme de la experiencia que estoy viviendo para observarla con mayor perspectiva y sin dejarme envolver completamente en ella. Por ejemplo, descubro que no soy solamente mi cuerpo que respira o la mente que registra la acción. Hay algo más. Y ese algo más es el misterio de la conciencia.

Llegados a este punto el asunto ya no es tan lineal. A pesar de todas sus maravillas, la ciencia aún no logra explicar el fenómeno de la conciencia humana, y nadie sabe con exactitud dónde y cómo ocurre. En el campo de la espiritualidad, este es un territorio donde se cruzan la poesía, las tradiciones y lo etéreo. Pero si somos capaces de dejar a un lado las pruebas, las explicaciones y las palabras, lo que nos queda es esa maravilla de la conciencia, esa que nos permite observar el constante surgimiento y desaparición de infinidad de experiencias físicas y mentales que ocurren momento a momento, sin identificarse con esas experiencias.

¿Y qué es entonces la conciencia?

Algunas personas dicen que esa la verdadera esencia del ser, o su verdadera naturaleza. Hay quienes la llaman la naturaleza búdica, o alma, o lo que realmente somos, más allá del cuerpo, el cerebro o la identidad que nos hemos formado. La verdad, la conciencia es algo que podemos debatir y analizar, una experiencia hacia donde pueden acercarnos las ideas y las palabras, pero que en definitiva no le hacen justicia. La conciencia no es algo que se describe. Es algo que se experimenta.

Cuentan que una vez un joven le preguntó a un maestro zen: “¿qué es la luna?”. El maestro volteó su mirada al cielo, y sin decir palabra, apuntó su dedo hacia la luna llena. Fin de la historia.

En una primera instancia, la meditación es una práctica que puede ser guiada y explicada de muchas formas. Pero a medida que avanza el camino, cuando vamos más allá para explorar lo misterioso, fabuloso y sorprendente que significa ser humano, con una conciencia capaz percibir el momento presente, la verdad es que todas esas explicaciones y palabras no son sino dedos apuntando hacia aquello que es. Así de sencillo.



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