Haz el bien y no mires a quién

Todos hemos oído alguna vez el popular refrán con que abro mi escrito de hoy. Pareciera que es una hermosa recomendación: Debes hacer algo bueno sin preocuparte de quién lo recibe. Ahora bien, si lo vemos con detalle, es posible que la idea no sea tan buena y la razón por lo que lo digo es que muchas veces “el bien” depende de quien lo recibe. Aún peor, es posible que ese “bien” no sea tal y el resultado de la acción sea más bien un daño. De ahí el otro refrán: El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Para ilustrar mi punto voy a utilizar un artículo aparecido hace unos pocos días en WIRED. Este trata principalmente de la ayuda internacional y de cómo se ha desperdiciado una parte importante de los 65.000.000.0000.000 de dólares que se ha gastado en dicha ayuda por errores de conceptuales.

El primer ejemplo fue la decisión de repartir libros gratuitamente en las zonas rurales de Kenia para mejorar los índices educativos. Desde nuestra perspectiva, parece obvio que ese “bien” tendría los resultados deseados, así que se recolectó el dinero necesario y se seleccionaron las escuelas.

En ese momento a uno de los investigadores de las redes encargadas del proyecto: Michael Kremer, se le ocurrió una idea extraña: ¿Cómo sabremos si la campaña tiene resultados? y propuso la utilización del método que utiliza la medicina y la industria farmacéutica para determinar si un procedimiento médico o una droga es efectiva: la prueba a ciegas. Esto era, seleccionar el doble de escuelas, entregarle los libros a la mitad de ellas y medir luego los índices escolares de todas. Exactamente lo que se hace en medicina, se le aplica el tratamiento a la mitad de los enfermos y se comparan los resultados con los de aquellos enfermos que no recibieron tratamiento.

Obviamente la idea de Kremer se encontró con mucha resistencia. ¿Cómo vamos a seleccionar una escuela y luego no darle los libros? Pero eso justamente es lo que obliga a hacer el método científico: se seleccionan pacientes y a la mitad de ellos -al azar- no se les da el tratamiento. Pareciera un problema ético, pero es la única forma de saber que, efectivamente el tratamiento es efectivo. Veámoslo de otra forma, éste podría ser dañino y dándoselo sólo a la mitad de los pacientes estaríamos “salvando” a la otra mitad.

photo1497El caso es que Kremer consiguió que se aprobara la idea y se le entregó libros a la mitad de las escuelas y por 4 años se le hizo seguimiento y… no hubo mejora. Los estudiantes de las escuelas que recibieron los libros gratis salían igual de mal que los que no recibían nada. Resulta que el “el bien” no era tal, sólo un gran desperdicio de esfuerzo y dinero. Bueno, por lo menos se aprendió algo: que no bastan las buenas intenciones.

Así pues, a partir de ese momento, muchas de las organizaciones que tratan de ayudar en las regiones pobres del mundo, ponen primero a prueba sus ideas. Un ejemplo de ello fue: ¿Cómo hacemos para que los niños asistan más al colegio?: ¿dándoles uniformes nuevos? ¿comida gratis en el colegio? ¿becas escolares?… Pues resultó que el mejor y más económico método de mejora para el ausentismo escolar resultó: ¡Quitándoles los gusanos a los niños! Resulta que gran parte de ellos sufren frecuentes diarreas por el agua contaminada e infección intestinal por los gusanos, curarlos de la infección aumentó mucho más la asistencia al colegio que todos los otros “evidentes” métodos.

Por cierto que, basándose en ese resultado, se propuso una mejora general del agua de esas regiones pobres y se inició una campaña para que las mujeres compraran una solución clorada para añadírsela al agua y hacerla potable. Por supuesto que casi nadie la compraba. “Obviamente” era un problema de educación, por lo que se hizo una campaña educativa muy eficaz: al final de esta, entre el 70 y el 90% de los hogares sabían de la solución, pero sólo el 5% la utilizaba. ¡Ah! es el precio, se pensó, y se comenzó a repartir cupones para cambiarlos gratuitamente por las soluciones cloradas… sólo el 2% de los cupones se utilizaron. Entonces se contrataron “promotores” que llevaban los cupones a los hogares y explicaban el beneficio casa por casa. ¡Por fin!… pero cuando los promotores dejaron de ir, el sistema colapsó.

Finalmente a alguien se le ocurrió poner dispensadores de cloro al lado de las fuentes de agua donde las mujeres llevan sus cántaros a cargar. Dos vueltas de la manivela y el dispensador echaba la cantidad de cloro recomendada para un cántaro. ¡Y resultó! Después de tantos otros métodos fallidos, una solución relativamente sencilla fue la más eficaz.

En fin, mis estimados lectores, recuerden cuando vayan a ayudar a alguien, piensen un poco en lo que van a hacer. Busquen la mejor manera de hacerlo; no sólo tienen que asegurarse de que lo que pretenden es realmente un bien para quien lo va a recibir, sino que también tienen que “mirar a quién” y asegurarse que lo reciba.

 

 



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