Hestia: la diosa de la soledad y la paciencia

Conocí a Hestia cuando fui a Vipassana. Me sentí fascinada por el silencio y el anonimato. Hacía mi pequeña camita con una entrega y una paz, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo… y lo tenía. Si alguna vez has querido ir a un ashram o a un retiro de silencio, ha sido la voz de Hestia haciéndose notar en ti. Si has sentido el placer al ordenar tu hogar y alguna vez —aunque sea por una vez— has encontrado en ello un sentido profundo, conoces a Hestia. Ella no era hija de Zeus, como Atenea y Artemisa, sino de Cronos y Rea. Haber sido tragada por Cronos y pasar tanto tiempo en sus intestinos debe haberle forjado esa paciencia y ese gusto por la soledad. Ella conoce el sentido de ser sin hacer. Como si no tuviese una imagen, un ego, un otro que la mire. Ella no dice “yo también soy”, solo con “yo soy” le basta. Hestia es la diosa que existe para ella y esa tendencia la hace regocijarse en la experiencia interna.

¡Cómo nos hace falta cultivar a Hestia! Nosotras que somos arrastradas por nuestros egos, que queremos ser vistas, nombradas, reconocidas, que nos identificamos tanto con nuestra forma externa que tememos envejecer o cambiar.

Como Hestia es el arquetipo de conexión con el centro interno, vale la pena invocarla cuando cualquier otro arquetipo parece excederse. Ella está en el centro, viéndose a sí misma. La mujer Hestia proyecta ese santuario interno hacia afuera siendo el fuego de su hogar (foco-fuego, hoguera-hogar). Como si la luz que Hestia cultivara en su interior se extendiera fuera de ella convirtiendo su propio espacio en el mismo cielo. Dice Shinoda: “Cuando se olvidan y dejan de honrarse los valores femeninos hestianos, se pierde la importancia del santuario interno”, y así, de la familia, del hogar, de la casa, no hay esa gravedad hacia la pertenencia.

Si eres de las que te quejas —y al mismo tiempo estás orgullosa— de no tener ni un momento libre, llama a Hestia, seguro tiene mucho que darte. Hestia está tan a gusto consigo misma que puede sentirse perturbada si tiene la necesidad de afrontar el mundo exterior, ¿y quién no tiene esa necesidad? El día número diez de Vipassana en el que se iba a romper el silencio, mi Hestia se asustó tanto que amanecí con tres espinillas en la cara y un herpes bucal. Hestia quería quedarse protagonizando, pero ya las demás diosas habían saltado a la borda y yo hablaba, ¡gritaba! y me reía sin parar. Amo a Hestia. A veces me provoca hacerme un traje de Hestia, que me tape todo, hasta la cara, tipo monje y pasar todo el día mirando el fuego y sintiendo nada más que a mi ser. A veces, solo a veces.



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