Hijas del padre

Ser señoras de sí mismas y dominar la realidad pasa por la conciencia de saber quiénes son nuestros padres. Ciertamente, los padres y las madres de los que venimos juegan papeles sumamente especiales en nuestra configuración de conciencia, siendo cada uno la representación del arquetipo de algunas de nuestras realidades psíquicas.

Todos mostramos conflictos con ambas figuras, pero las hijas del Padre (término acuñado por Maureen Murdock en su famosa obra Ser mujer: un viaje heroico) podemos esconder de nosotras mismas muchos años, aunque no para siempre, lo que tiene que ver con nuestras inclinaciones patriarcales.

Aun en los casos en que no haya estado, el padre es una habitación interior cuya llave necesitamos. El amor y la seguridad en nosotras mismas y los demás, llegan cuando abrimos esa puerta y lo objetivamos bien se trate del padre malvado, ausente o abusivo, o bien del todopoderoso y grandioso. Ambos pueden ser cárceles o, al contrario, puntos de partida.

Dice Eileen Fairweather: “La raíz del conflicto es engañosamente simple: anhelas ser libre y amada. Cuando el primer hombre de tu vida te enseña que ambos deseos son irreconciliables, el precio de la libertad te puede parecer exageradamente alto, casi imposible”.  Los padres –hombres- temen a su paternidad, temen al despertar sexual de la hija, temen a la soledad y el dolor, no es difícil entonces entender el mecanismo inconsciente en el que se crea una cárcel dorada para su pájaro exótico que es la hija.

Un padre consciente de sus pulsiones es capaz de dar un salto cuántico en sus relaciones de vida y en su árbol genealógico, es capaz de construir una nueva vía para el desarrollo de su hija y la ruptura de códigos y enfermedades que han arrastrado las generaciones  de su familia.

Pero si no lo fue, ya su responsabilidad pasó. Eres una adulta y te toca iniciar el camino, con un machete en la mano para quitar malezas. Es tu hora de iniciar el retorno a la armonía originaria.



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