Historia de domingo: hacer tiempo

Sólo un instante se cruzó mi mirada con la suya. Él estaba con su hija en el cafetín. Iban a pasar unos días de vacaciones a la nieve. Él la miraba con ojos abiertos, asentía como simulando una sorpresa cada vez que ella hablaba, se cruzaba de brazos como tratando de filtrar toda la información que se le venía encima con esa conversación, apenas la punta del iceberg de ese viaje al sur.

Él estaba impresionado, apenas si podía vincularse con su hija-mujer. «La única arma para defenderse en la vida parece ser la dulzura», se decía el padre, descolocándose por completo.

Se les acercó una mesonera y les ofreció algo de desayunar. Ellos pidieron un café cortado con una medialuna. Y yo, en ese preciso momento, escuché el pensamiento de la mesonera: «Bueno, por lo menos él hace un esfuerzo, yo ni siquiera conocí a mi papá». Sentí ese pensamiento sólido y entero. Mucho más entero que las voces que anunciaban los vuelos con destino a Bariloche, a Mendoza, a Neuquén.

La mesonera pasó por mi lado y vi flotando su pensamiento. Esas son las consecuencias de «hacer tiempo»: ese extraño juego que me enseñó papá para amasar las esperas de terminales y aeropuertos.



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