Historia de domingo: San Telmo y la desmemoria

Una bufanda de lana cruda era arrastrada con estilo por Matilde. Así le daba una impronta arrojada a sus inviernos, haciéndoselos más gratos. Caía desde su cuello como una cascada el tejido, barriendo los sinsabores que se le habían venido con los años.

Por esos días, Matilde era parte del barrio de restauradores. Ese donde se pulen, colorean y reparan muebles que -aunque ajenos- tienen la propiedad de remitir a añoranzas propias. Allí donde reposan al sol de las aceras -como si fueran animales marinos- esqueletos de madera que se dejan acariciar nuevamente por manos vivas y curiosas, llenas de deseos.

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Tal vez Matilde buscaba ser una pieza más de ese museo callejero. Ella -que policromaba con niños y elefantes un ropero de vetas oscuras que era del abuelo- se sentaba al atardecer con su mate, buscando con la mirada alguien que le espantara el letargo que habitaba en su cuerpo.

Ese invierno, los grandes ojos de Matilde se encontraron con las manos firmes de un turista caribeño quien, sin mucho laberinto, la invitó a que se encontraran para después diluirse en el olvido, cuando se fuera la noche. Ella, que casi se avergonzaba de su deterioro, de su cuerpo inestable, de su fachada de huesos con ceño fruncido, se sorprendió paseando con un nuevo brillo en sus ojos, con su bufanda al viento.

Paradójicamente, la historia de esta desmemoria tuvo lugar allí, donde se le rinde culto a los recuerdos.



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