Hitos de madurez

Las mamis que hemos dado lactancia materna exclusiva hemos vivido de manera crítica las “pico-crisis de crecimiento” de nuestros bebés. Han sido días donde la duda nos ha embargado y no nos sentimos capaces de satisfacer todas las necesidades de nuestros hijos, han sido días de alta demanda cuando bañarse o atender cualquiera de nuestras necesidades básicas ha resultado ser una labor titánica, si es que llegamos hacerlo. Han sido días en los que recurrimos a todos nuestros recursos: amigas, madres, consejeras de lactancias, médicas… buscando una respuesta que nos de paz en esa transición. Quizás, quienes vemos esto a lo lejos suspiramos diciendo, “uf, menos mal que ya salí de eso”, sin embargo, hoy quiero decirles que los picos de crecimiento no son solo biológicos y de alimentación física, nuestros hijos pasan por picos de crecimiento emocional, psicológicos y espirituales.

Mucho de lo que llamamos “crisis”, “rebeldía”, “adolescencia”, “conflictos”, etc… no son más que picos de crecimiento psico-emocionales-espirituales. Son períodos en los que nuestros hijos nos demandan nuevas habilidades para cultivar, quizás, una nueva relación con ellos desde su nueva realidad o sus necesidades vigentes.

Mucho de lo que afecta la calidad de relación madre-padre-hijo es quedarnos en verles como “nuestro eterno bebé”, nuestro “dulce y tierno niño“ sin querer sentir el dolor del parto constante de parirlos a su madurez e independencia en cada período evolutivo. Es el deseo, como madres-padres, de congelar una manera de amarles, sin ver que eso también se transforma.

Cuando ellos comienzan a diferenciarse de nosotros como madres-padres, cuando ya no desean, ni les gustan nuestras propuestas, desde las más sencillas como su ropa, hasta las más importantes, como pueden ser normas y/o hábitos, comienzan a vivirse las frustraciones de que no son como lo esperábamos, no comprendemos el porqué nos tenemos que plantar en una lucha para que hagan caso y desde allí, quizás desde los dos años, comenzamos aprender, o no, a cómo manejar sus picos de crecimiento psicoemocionales-espirituales, que durarán de manera marcada hasta los 21 años (y en esta sociedad infantilizadora puede ser hasta los 28).

En mi afán de despatologizar al ser humano e integrar todas su dimensiones del ser, me gusta llamar a estos períodos “hitos de madurez”. Son períodos, vivencias necesarias para que se transformen en seres humanos interdependientes, verdaderamente autónomos a nivel emocional-espiritual, con autorregulación y responsabilidad de sus emociones y con uso pleno de su libre albedrío. Donde nazcan a su propia autoridad interior y a un poder creador-transformador sin necesitar el autoritarismo regulador de la sociedad.

Hacer una tabla de clasificación de cuáles son esos hitos por período cronológico, como lo hacen en la psicología evolutiva y el desarrollo psicomotor u otra habilidad, siento que etiqueta y restringe lo único que es cada ser. Mucho han hablado de los ciclos de siete años (en específico para la mujeres), los de doce años (más para los hombres) y cada cultura tiene su propia visión de ello. Yo lo que pido es que se desarrolle una capacidad perceptiva de los padres-madres para ver a sus hijos desde esa comprensión y no desde la patología de la crisis (vista y abordada como negativa), desde “él o ella tiene un problema y hay que llevarlo al psicólogo”, desde el miedo o la angustia de que “algo está mal”. Sin duda alguna, son períodos desafiantes, en los que (como en la lactancia materna) nos desorientamos, sentimos que no satisfacemos sus necesidades, dudamos de lo que hemos hecho. Pues también nos toca crecer con ellos y mirar hacia adentro.

Los hitos de madurez de nuestros hijos nos invitan a explorarnos como seres humanos, a preguntarnos qué nos están moviendo nuestros hijos, qué nos puede estar mostrando de nuestros propios procesos psicológicos incompletos o inmaduros. Qué herramientas nos están pidiendo que usemos como modelaje para su madurez: ¿la paciencia?, ¿la confianza?, ¿el verdadero respeto?, ¿el silencio?… Ahora son desafíos directamente proporcionales a su tamaño, edad y capacidad de comprensión. Te invito a ver a tu hijo y que te preguntes: ¿cuáles son los desafíos que me está planteando hoy para acompañarle en su madurez pisco-emocional, espiritual? Como siempre, no hay recetas, no hay fórmulas mágicas, no podemos saltar a la siguiente fase porque esta es muy difícil. Es necesario comprender que es un proceso que requiere tiempo y espacio, que es necesaria la manada familiar para darnos contención a nosotros como padres-madres. Es tiempo de sentir, ser humildes y honestos con nosotros mismos y con ellos. Es, quizás, también tiempo de mostrarle nuestra humanidad a ellos y decirles que “no sé resolverlo todo, ahora nos toca juntos aprender a hacerlo”, “nos corresponde crear una nueva relación juntos”.

Necesitamos sentir el dolor de la muerte del niño que era nuestro hijo y darle la bienvenida al cada vez más maduro joven o adulto que nace. Nuestros bebés quedarán en las fotos, en nuestros corazones y siempre nos arrebatarán una sonrisa. Ahora aprendemos a maravillarnos con los niños, jóvenes y adultos, en constante transformación, que nos acompañan en la intensa vivencia de ser familia: madres-padres, en el eterno espiral de la madurez.



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