Holocaustoterapia

Hubo una época en la que corría tras las mariposas en el bosque, que había extendido una alfombra de flores blancas, adheridas al suelo, fiesta de abejas y en la penumbra vespertina, de otros insectos.

En bosque tenía como vecino a un arroyo, sus ramas, a manera de abanicos agitaban el viento, mientras caía la noche entumeciendo a la oscuridad decorada con puntos luminosos que ya nadie contempla.

El río fue intoxicado por el progreso, el bosque fue apaleado por la tecnología, las alas de la libertad fueron mutiladas, mis ojos absorbieron destrucción entonces me sumergí en la nostalgia. El bosque donde crecí, ahora solo existe en mi memoria.

¿Será que el habitante del siglo XXI juega ser ciego, sordo y estúpido? El origen del ecocidio es la ignorancia. Vivir dormidos garantiza el sinsentido, entonces serruchar la rama en la que estamos sentados parece normal mientras la sensibilidad ecológica tiene mala fama.

Se ensalza el progreso generador de lluvias acidas y humos tóxicos. Se vende una falsa normalidad que comienza vaciando la vida de trascendencia, de magia, de sentido y profundidad, dejando solo lo banal especializado en consumir irreflexivamente.

Algunos hablan del fin del mundo, otros hacen una apología de la destrucción. La normalidad inducida es anormal. Turbia es la vida, el smog de la infelicidad contamina nuestras vidas. Quien no es feliz, no es confiable. La gente infeliz, contamina igual que las chimeneas de las fábricas, mientras estamos ocupados en cualquier cosa, la vida se consume indeteniblemente.

No tenemos otro lugar donde ir. Los abuelos indígenas insisten en la urgencia de aprender a vivir, nos recuerdan que estamos de paso, que el fuego cualquier día se apaga, que ciertos espacios es mejor llenarlos solo con felicidad, porque no hay tiempo para más.

Quienes insistan en vivir mal, terminarán siendo aprendices de los desastres, haciendo la terapia del holocausto que usa la didáctica del dolor. Hay aprendizajes fabulosos que son demasiado tardes, entonces el llanto será lluvia tardía y la partida, inexorable.

Sin embargo, no debemos germinar la resignación. A pesar del espesor de la oscuridad, precisamos ponernos las pilas y graduándonos de luciérnagas, vestirnos de luz y dejar huellas de optimismo y traducir la intensión en acto y la acción en reverencia. Reforestemos las conciencias, cultivemos en el jardín de nuestros corazones, flores de luz para iluminar con actos lucidos, los pasos que demos a partir de ahora. No necesitamos más desastres, la destrucción ya supero los límites de la irreverencia. La madre Tierra aún tiene intacta su capacidad de mantenernos con vida en su seno si tenemos el valor de descartar la tendencia ecocida y con humildad, aprender el sagrado arte de vivir.

Ecología no es una rama de la biología que estudia los ecosistemas, es el lenguaje de la Madre Tierra invitándonos a acariciarle con un estilo de vida diferente, donde la felicidad sea el principal ingrediente. Es una invitación para cantarle al agua, abrazar el árbol y jurarle al amanecer, silencios meditativos que envuelvan a la eternidad, en instantes leves y mágicos, que nos recuerden, nuestra inevitable fugacidad.



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