Igor Markov: En África la gente es depinga

Escrito por Patricia Rondón Espín

“Al final de un día de trabajo estoy comiéndome una tilapia pescada en el lago y tomándome una cerveza en el jardín, viendo el atardecer. En la periferia noto una columna de humo como a 300 metros. Le grito a Jaclette (nuestro gerente, congoleño) que hay un incendio y él me dice que es la casa de uno de nuestros empleados. Otro tipo y yo agarramos un par de extintores y salimos corriendo a ayudar. Nos conseguimos con un infierno: una casa de bahareque con estructura de palo y techo de zinc; agarramos aire y entramos por dos flancos: le dimos palo a las llamas. Al final sólo se perdieron algunos bienes y nadie salió quemado. Nada del otro mundo, solo un chispazo de adrenalina en una tarde muy aburrida”, cuenta Igor Markov sobre una foto que lo muestra preocupado y cubierto de cenizas en Ntoroko (Uganda).

En esos lares trabaja con la empresa de transporte lacustre Semlik Rift, que ofrece mover “la carga donde otros no se atreven, en el corazón de África”, después de abandonar una exitosa carrera profesional en la industria petrolera.

“En Uganda entré en la fase más intensa e interesante de mi vida: el fracaso. Mucha vida, muchas amistades, muchos contactos y muchos horizontes inciertos. Pero también podría ser otro punto de inflexión: estoy abierto a cambiar de rumbo radicalmente sin tomar nada por sentado”, adelanta.

Pero el predicamento económico lo combina con una exploración audiovisual que describe los dos rincones del planeta que lo conquistan: África y América Latina (https://www.youtube.com/user/gentedepinga) (https://www.facebook.com/GenteDepingaVideos).

El mundo cotidiano

“Al principio yo fui un animal de zoológico y al mismo tiempo un invitado de honor en casa de Mama Laini: mucha curiosidad a la distancia, mucho trato cortés, poco calor humano”, apunta sobre una de sus filmaciones favoritas.

La protagonista cuenta que cocina para familiares y amigos sin saber exactamente cuántos irán a comer, y pila las hojas, con la fuerza rítmica de todo su cuerpo, antes de guisarlas.

Igor también filmó así la historia de Bia en Río de Janeiro (https://www.youtube.com/watch?v=_gMjvRXiqM0), quien explica que los narcotraficantes solo “cayeron en eso”, dice que la favela (barrio) tiene la estructura de una ciudad medieval europea, que es orgánica como una flor, y recomienda acercarse sin discriminación para encontrar el corazón abierto de sus habitantes.

Esas son las historias que muestra en su proyecto “Gente Depinga”, que nació en 2011 aupado por Diego Velasco (creador de la película venezolana La Hora Cero): “en una llamada de Skype me dijo: chamo, yo no conozco nadie haciendo lo que tú haces. Ponte a filmarlo que seguro sale algo”.

Por su parte, Velasco certifica el interés de su amigo por contar historias: “soy director de cine gracias a Igor.  Desde que estábamos en primer año de bachillerato, Igor siempre tenía una cámara en su mano.  Él fue la primera persona que me enseñó a grabar, editar y contar una historia. ‘Gente Depinga’ sale de una conversa 25 años después. Me pidió mi consejo para hacer cine profesionalmente.  Yo le dije ‘cómprate una DSLR y comienza a grabar como cuando éramos chamos’”.

“Igor no es tímido, habla hasta con las piedras, de verdad es único. Su bondad no tiene límites, su inteligencia nunca deja de sorprenderme y su espíritu aventurero contagia a todos. Con el proyecto, él quiere mostrar que hay gente ‘depinga’ en todo el mundo y aprovechar las redes sociales para que cada una de esas personas conozca a su vez a otros que en su día a día tratan de hacer el mundo un lugar ‘depinga’”, detalla Velasco.

El intercambio

Los videos cuentan historias de la vida cotidiana en cinco minutos, pero el proyecto no se ha popularizado “pero me encanta ver las caras de gente, por ejemplo, en Uganda, donde un corazón se enciende al ver a un abuelo y un nieto en Argentina” (https://www.youtube.com/watch?v=1nluqmqdJU0), comenta Igor.

El autor impuso tres principios a los relatos (https://www.facebook.com/GenteDepingaVideos): que sean reales, contados con la voz de la gente; positivos, con buen humor; y respetuosos, solo difundidos con aprobación de sus protagonistas.

“En África y Latinoamérica me he tropezado con mucha gente que no puedo definir ni en inglés ni en español formal. Por eso necesito recurrir a mi lenguaje de calle, porque no son otra cosa más que ‘depinga’. Esa palabra es suficientemente picante para decirte que no se trata simplemente de ser ‘cool’ o ‘bueno’”, explica.

Y mientras filma, asegura que la vida ha sido maravillosa con él y le ha dado “más de lo necesario”.

Por eso, Igor, ya sin los rizos desordenados que se agitaban un año atrás cuando cambió de roles con Mama Laini y se puso a pilar las hojas de yuca mientras ella lo filmaba, dice que África y América Latina tienen mucho que aportarse “para fortalecer nuestras economías al margen de la dominación externa” y en lo cultural porque “como siempre es el caso, los países donde hay problemas arraigados suelen explotar el lado artístico”.

«A mí me encantaría ver colaboraciones musicales, por ejemplo, entre venezolanos y ugandeses», dice y argumenta que África y América Latina se parecen más entre sí que a Europa, Norteamérica, Medio Oriente o Asia. Y lo reflexiona después de visitar 55 países gracias al negocio petrolero.

“Para mí esa unión es muy natural, muy orgánica. Las cosas ‘raras’ africanas se parecen más a las curiosidades de nuestras propias etnias y regiones. Por poner un ejemplo trivial: los maracuchos son gritones como los nigerianos, los ugandeses tienen modales muy parecidos a los andinos. Y hay elementos mucho más subliminales y sutiles, por ejemplo la música del nigeriano Fela Kuti le penetra incluso más a un caribeño que la del jamaiquino Bob Marley”, cuenta sobre la fuerte conexión que encuentra entre el norte de América Latina y África subsahariana.

“Mi ‘agenda’ con los videos y las fotos (http://www.youtube.com/user/gentedepinga y https://www.facebook.com/GenteDepingaVideos) es crear una conexión entre África y Latinoamérica (…)un espacio para quienes quieran escapar a la adicción al sensacionalismo, a la propaganda de los medios, a la pornografía de la miseria humana, a la narrativa sobre nuestra gente que se controla en el primer mundo”, explica desde su apartamento en Kampala, la capital ugandesa.

En ambos lugares “reina el caos, la ingobernabilidad y el complejo de inferioridad con los países desarrollados. Pero también reina el calor humano, la solidaridad sin límites, la familia extendida y el amor a vivir antes que a hacer dinero”, remata.

Trampolín a la aventura

Igor convive hoy con unas bamboleantes finanzas después de que la vida profesional le sonriera muy temprano. Dice que el éxito le llegó antes de saber lo que quería, cuando solo contaba con la certeza de querer recorrer el mundo.

Dejó Caracas en abril de 1998, un año después de obtener el título de ingeniero mecánico en la Universidad Simón Bolívar. Había entrado en un programa de la empresa de servicios petroleros Schlumberger –la mayor del mundo en su ramo- que le ofrecía mudarlo a Europa o África.

El programa estaba en su brújula desde que se topó con un panfleto de la empresa que mostraba desiertos, selvas, nieves: “Éste es el trabajo que me permitirá conocer el mundo”, cuenta que pensó en su segundo año de universidad.

“La emigración fue un proceso muy lindo porque me fui persiguiendo mi aventura. En abril del 98 Venezuela no era tierra de éxodo y creo que quienes nos fuimos en esa época somos menos melancólicos que quienes se fueron después por exilio político”, afirma.

Partía rumbo a Nigeria con 24 años de edad, con su delgadez de siempre, la piel pálida que heredó de su padre croata y el cabello rizado de su madre venezolana. Llevaba a favor el inglés que aprendió de pequeño durante los tres años que vivió en Estados Unidos mientras su padre estudiaba postgrado y recuerda ser el único que sonreía en el aeropuerto de Maiquetía, rodeado de las lágrimas de sus padres y su futura esposa.

En esa etapa se especializó en perforación direccional y perfilaje petrofísico “no quiero aburrirte”, dice. Estuvo 11 años con la empresa. Alcanzó un puesto en un exclusivo grupo que debía aumentar la eficiencia en las operaciones de campo. De allí subió a un equipo que preparó cambios estratégicos en la organización; ambos rindieron cuentas a la presidencia y la directiva mundial.

Igor, ahora con 40 años, dice que estudió ingeniería por sus habilidades y no por vocación, pero que la carrera no le apasionaba. A la vuelta de la esquina lo esperaba Uganda y el proyecto audiovisual que considera “un sueño” y que le permitió retomar los intereses que manifestaba a los 10 años de edad cuando jugaba a filmar “historias tontas” con sus amigos de El Cafetal. “Él dice que todavía las tiene y que les va a cambiar el formato y las va a publicar”, dice entre risas la bióloga Lourdes Suarez, profesora de la Universidad Central de Venezuela, y una de las protagonistas de aquellas películas de infancia.

Uganda iba a reencontrar a Igor con su esencia.

“Igor es intenso, muy intenso. Tiene alma de niño. Es muy crédulo pero también desconfiado. Insisto, es intenso”, dice su esposa, María Gabriela González, desde Buenos Aires, Argentina, y da cuenta de una relación honesta, basada en el respeto, que comenzó en tercer año de universidad, maduró en cinco mudanzas internacionales y se mantiene a distancia.

La cara corporativa

Igor  explica que la igualdad de oportunidades en Schlumberger, la formación en la Universidad Simón Bolívar y no temerle “a echarle pichón” le permitieron escalar en la industria petrolera.

“El único problema era que me empujaban más rápido que mi ambición: quería sentir que hacía un buen trabajo y dominaba mi cargo, pero antes de sentirme «completo» me empujaban al siguiente desafío. Mis primeras canas las saqué en México a los 27 años, porque me pusieron un par de peldaños por arriba de mi experiencia. Afortunadamente los mexicanos son gente muy trabajadora y mi equipo me ayudó a lograr resultados muy exitosos”, resume.

Pero mientras se movía en esas aguas, cuenta que pensaba: “’¿Y si estuviese haciendo algo que me gusta, cómo sería mi vida?’ Definitivamente es un dilema que sólo alguien muy privilegiado y con todas sus necesidades materiales cubiertas puede sentir. Por ello me avergüenza mucho compartir esto”.

Para explicar el cambio de rumbo declara que se sentía como “alguien que se casa cuando no está completamente enamorado” y que 10 viajes intercontinentales al año, alojarse en hoteles 5 estrellas y armar multimillonarios planes de negocios no lo hacía sentir pasión por la industria petrolera.

En esas ocupaciones dice que conoció solo un poco de esos 55 países que visitó e incluso de los 10 donde vivió, por lo que solo hace algunas asociaciones:

“Nigeria: sabor, inseguridad, amistad y dinero (una deuda que nunca pagaré)”.

“Noruega: utopía, cordialidad, frío, honradez, anestesia”.

“México: hermandad, desafíos, vida, sabor, identidad”.

“India: increíble, pobreza, majestuosidad, corazón, cultura”.

“Vietnam: fuerza, belleza, comida, exótico”.

“Uganda: casa, incertidumbre, cuna de la humanidad, diversidad, naturaleza, amistad”.

“Con Argentina y Bolivia –su último lugar de trabajo antes de Uganda- no me meto, porque siento que mi contacto ha sido insuficiente. Y Argentina me robó el amor de mi vida, así que hay rencores”, dice en referencia al país donde residen su esposa y su hija.

Hacia el origen

El divorcio profesional comenzó en 2009 con un año sabático que tomó “para ver si me gustaba ‘ayudar’ a los demás”. Se iba a Uganda con la advertencia de Eirik Nilsen, su mentor en Recursos Humanos, de que pocos regresaban a Schlumberger después de un año sabático.

“Tenía intenciones de volver para seguir mi vida de nómada. Sobre todo porque en mi último trabajo me encontraba a punto de ascender a la cúspide después de entrar en el radar de la alta gerencia”, asegura.

Y dice que llegó a Uganda “como el ‘hombre blanco’: a ayudar a los ‘salvajes’ africanos a ‘desarrollarse’. Afortunadamente el proyecto estaba conectado a uno de los entes burocráticos que más rápidamente te hace abrir los ojos a la realidad e ineficiencia del modelo de supremacía caritativa: PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo). En un par de meses me di cuenta de que yo era más parecido a un africano que a un europeo y de ahí en adelante toqué fondo y saqué la cabeza”, recuerda.

Con un perfil que le llevaba a entregar resultados “sí o sí” trató de cumplir metas ambiciosas, incluso dejó el programa para desarrollar su propio proyecto que “hasta el sol de hoy, se parece a muchos elefantes blancos que quedan en África: con un potencial grande, pero sin grandes resultados”.

Y mientras ideaba la manera de quedarse en Uganda, hizo una pausa adicional con otra empresa de servicios petroleros.

“En 2010, cuando terminó mi año sabático, mi esposa se dio cuenta de que yo no quería volver a Schlumberger.  No hice el esfuerzo extra de quien realmente desea volver. Yo quería conseguir una oportunidad de invertir en Uganda y quedarme. Pero en ese momento no surgió nada de mi pequeño círculo de amistades”, rememora.

El cambio de intereses ya era evidente a los ojos de su esposa: “Igor se volvió a sentir tan libre como cuando éramos estudiantes universitarios. Creo que le volvió a agarrar el gusto a la libertad y esta vez no la quiso soltar. Sabía lo que estaba perdiendo. En realidad, vivir en Uganda te da perspectiva, te permite valorar las cosas realmente importantes en la vida. Definitivamente, continuar una carrera corporativa después de esa experiencia de vida tenía muy, pero muy, poco de atractivo”, comenta González quien también se alejó de la ingeniería (química) para dedicarse al trabajo social.

Y allí, en Uganda, está el hogar de Igor ahora.

“Sin lugar a dudas, el país cuya cultura conozco más íntimamente es Uganda, porque vivo en un edificio de clase media, con vecinos de acá. Compro mi comida en el mercadito local. Manejo mi propia moto (o carro). Es decir, tengo un contacto muy directo con el país. No solo con el negocio”, diferencia Igor.

“Hoy en día ni siquiera opino sobre la política ugandesa ni quiero «ayudar» a cambiar nada. Me parece que esta sociedad tiene el derecho y las herramientas para ocuparse de sus propios problemas. Lo único que sueño es volver a tener algún día capital suficiente para poder invertir en las ideas de jóvenes ugandeses con quienes me une un nexo de cariño muy fuerte”, puntualiza.

La promesa

La personalidad aventurera no se dormía ante los negocios de alto nivel. Para aquel momento, dice que vivía decidido a evadir “las trampas del consumismo” y que ahorraba e invertía pensando en tomar un año sabático a los 35: “no una jubilación a los 60 cuando ya no se tiene la misma energía”.

Uganda le pareció hermoso y lleno de vida. No tenía que rendir cuentas: “mi personalidad es muy adicta a la aventura, al cambio, a la incertidumbre, al riesgo. En este país un día me va mal y el otro bien, y no sé si pueda seguir viviendo acá en seis meses. Eso me seduce: me mantiene vivo, alerta. Digamos que Uganda es una buena vacuna contra la enfermedad de Alzheimer”.

Cuenta que el país le gusta porque reúne la mayoría de los ecosistemas africanos, es la cuna del homo sapiens, y hogar de una parte de los Acholi (de los más altos del mundo) y de los BaTwa (los más bajos, conocidos como pigmeos), una tierra con seguridad personal y oportunidades, donde apenas está naciendo la industria petrolera.

La sensación, dice, es “como una sonrisa que nace en las tripas”, incluso después de haber recorrido la cuarta parte del mundo.

“Acá la vida es muy linda e igualmente dura. A veces creo que el verdadero éxito de la cultura occidental va más allá del desarrollo tecnológico: ha sido la propaganda de venderle a sus ciudadanos que el confort y la opulencia los hacen más felices. Nada más lejos de la verdad, en mi experiencia. Cuando veo a una mujer africana caminar kilómetros para buscar agua no siento lástima sino admiración por su fuerza. Cuando veo a alguien que acaba de cambiarse al el último modelo de iPhone de la mierda de vida que lleva, eso sí me da lástima. Porque ese es un proceso mental que es muy difícil de romper: es como una adicción”, reflexiona.

A fin de cuentas, Uganda, con sus 36 millones de habitantes, viene de vivir en las últimas décadas guerras civiles, sangrientas dictaduras y conflagraciones con vecinos, mientras que ahora tiene restricciones a las libertades civiles, incluyendo la ilegalización de partidos políticos y de la homosexualidad.

Pero para Igor, el país significa otra cosa: “Uganda me salvó de convertirme en un tipo corporativo de por vida”.

Más que petróleo

La vida petrolera sembró un cuestionamiento en Markov: “¿por qué esta industria que produce tanto dinero no termina de ser un motor que impulse el desarrollo de los pueblos donde se encuentra este recurso? Siempre se hacen grandes fortunas, pero no veo que mejore la vida de las personas que son desplazadas por este mamut”.

“Mi sentimiento de culpa hacia Nigeria es que las empresas pagan primas muy jugosas a los expatriados para ir a un lugar tan peligroso. Yo no le robé nada a nadie y trabajé muy duro, sacrificando todo contacto familiar. Pero para alguien que lo mire de afuera es muy sencillo: fui a un país lleno de miseria y conflictos generados en gran parte por la mala distribución de la riqueza petrolera. Y me enriquecí trabajando en esa industria”, revive.

“Nuevamente: mi rol como extranjero no es distribuir los recursos de un país soberano, pero no estoy seguro de que lo que yo hice por Nigeria le haya retornado en la misma medida en que yo me enriquecí. Pero no te preocupes: en Uganda he perdido tanto dinero que podríamos decir que lo que saqué de África occidental lo terminé dejando en África oriental”, se aligera.

Y lo sigue masticando porque continúa ligado a la industria: “el petróleo me persigue: como a todo venezolano, supongo”; ahora es asesor del concejo directivo de la Cámara de Minas y Petróleo de Uganda, un rol que cayó en sus manos después de que escribió los lineamientos para la gestión de riesgos porque a su empresa la incluyeron en un comité.

“En realidad no son gran vaina, pero es un abre-ojos y espero que una herramienta para empezar a lograr una cultura de HSE”, bromea.

Pero es solo otro lado de subsistencia mientras trata de popularizar las coloridas filmaciones que muestran que África es más que “un niño muriendo de hambre con moscas en la boca” y que América Latina es más que puro narcotráfico.



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