¡Igualita a su mamá!

Mi abuela, quien fue parte fundamental de mi crianza, llegó a Venezuela en barco a inicios del siglo XX, lo que significa que su mamá era del siglo antepasado y, por lo tanto, la crió bajo los cánones del mil ochocientos, según las costumbres del Beirut de aquella época, que en la segunda década del XXI nos tienen que parecer prehistoria.

Aunque no conozco la historia de mi bisabuela, la de mi abuela fue algo que se puede definir como un buen parque de atracciones, con varias montañas rusas, unas cuantas casas del terror y algunos “Pequeños Mundos”. Lo poquísimo que he escuchado de su mamá es que era un ser muy estricto y de carácter fuerte, “cualidades” que Marie heredó con gran atino y, por supuesto, mi madre igual.

También heredaron la capacidad de sobreponerse a la adversidad y me imagino que eso de sonreír aunque no tengan razones suficientes, de llorar poco o no hacerlo jamás, de luchar por las causas justas, de discutir acaloradamente por pequeñas cosas, de vivir con pasión, de apoyar a los seres queridos, de alimentar, de amar con intensidad; todo eso también lo heredamos.

¡El mundo de finales del XIX en Líbano no puede tener nada que ver con la Caracas de hoy, al menos eso parece! Es decir, han pasado más de 200 años entre mi bisabuela y yo, pero somos las mismas.

Y, en contraste, no lo somos. Mi abuela estaba muy clara en que no debíamos depender de los hombres, aunque ella lo había hecho de sus dos esposos, pues se casó antes de los 18, quedó viuda a los 24 y un par de año después conoció a mi abuelo. Mi mamá a los 27 ya tenía dos divorcios y yo todavía no me he casado a la flamante edad de 45 años.

Siento –y estoy segura- que el hilo conductor de este puño de décadas que se hicieron siglos es nuestras relaciones con los hombres. Mi abuela regañaba a mi abuelo todos los días y, supuestamente, eran felices; mi mamá se separó por completo y supuestamente es feliz, yo me reconstruí y pasé 20 años buscando la felicidad.

Descubrí un día, como por generación espontánea, que aquello que deseaba estaba dentro de mí y que si no lo amaba, jamás iba a ser posible compartirlo con nadie. Este viaje a mí misma se los debo a ellas, quienes pusieron toda su mujerabilidad por hacer del mundo un lugar mejor.



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