Inconsciencia de mujer

Luego de 19 años con una «familia perfecta» –así lo expresa ella- se dio cuenta de que el 50% de aquello no pensaba lo mismo, no amaba lo mismo, no compartía lo mismo. «¿Dónde estaba yo que no me di cuenta de tanto engaño… y, lo más grave de todo, ¿qué comodín puedo usar para saber qué es lo que me gusta a mí?».

Se casó cuando tenía veinte y pico, tiene 4 hijos, una casa de la «Barbie», una profesión abandonada, el «frustrómetro» en la máxima medida y, por supuesto, un doloroso divorcio que le está mostrando la realidad de un hombre que no es, ni por asomo, lo que ella creía.

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No es la primera y –todavía- no será la última que se haya olvidado por completo de ser mujer por ser mamá, ama de casa y esposa abnegada de un estudiante de Medicina que necesita mucho soporte para llegar a ser un gran profesional y, sólo entonces, disfrutar de lo cosechado «juntos».

Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que he escuchado esta historia de sacrificio femenino con un final demasiado poco feliz, pero de lo que sí me doy cuenta es de que nos enseñaron a ir por la vida sin vivirla de verdad, a permitir que otros decidan por nosotras, a creer en cuentos que no son de hadas, porque no he leído el primero en el que se promueva la falta de contacto con nuestra propia esencia.

Lo que más impacta de estas historias es la desconexión consigo mismas que experimentan quienes han vivido estas situaciones. Su mujerabilidad se reduce a satisfacer las necesidades de los otros, olvidando por completo las suyas, a tal punto que cuando están llenando el cuestionario de Facebook no pueden responder qué les gusta.

Podríamos escribir páginas enteras de quejas contra ellos, contra la cultura y contra el machismo. ¿Qué ganaríamos? ¿La responsabilidad es realmente de todo eso?

Un amigo que llegó hace poco de recorrer algunos países del Oriente, cuenta que por aquellos lados, las mujeres son unas mascotas exageradamente bien cuidadas, porque están llenas de lujos debajo de las burkas. ¿Mascotas? Pues sí, igual que tienen caballos y perros, los hombres de aquellas culturas tienen mujeres a quienes pueden matar cuando les parezca, pues «les pertenecen». A esto se agregan los abusos sexuales denunciados recientemente en El Cairo y las inverosímiles, pero reales, mutilaciones a las que son sometidas las africanas para prevenir que sientan placer.

En definitiva, vivimos realidades dolorosas, injustas, conscientes o inconscientes, culturales, sociales, económicas.

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En prácticamente todos los confines del planeta, hemos estructurado nuestras vidas sin tomar en cuenta nuestra esencia de ser humano. Lo planteo con mayúsculas porque creo firmemente en que nuestra mujerabilidad cuenta con las herramientas para entender quiénes somos, más allá de lo que tenemos y hemos experimentado, porque creo que la conciencia humana no está obligatoriamente predeterminada por las culturas, sino por nuestra individualidad, que decide desde el amor por nosotras mismas.

Nos invito a profundizar en nuestra responsabilidad respecto a lo que somos, a re-crear nuestra esencia y a desmontar la inconsciencia de mujer, tanto en nosotras como en ellos, porque estoy convencida de que la evolución es un trabajo en el que estamos involucrados todos.

 



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