Instrucciones para criar adolescentes

Tener un bebé en esta época implica, de una u otra forma, pasearse por las redes y encontrar toda la información sobre crianza que se pueda imaginar. Desde opiniones expertas, pasando por pediatras y psicólogos hasta llegar a lo que más abunda: madres que a través de infinitos recursos ofrecen sus vivencias y sus recomendaciones a las nuevas madres.

Muchas lo hacen de forma gratuita en los diferentes foros y otras lo han convertido en una forma de emprendimiento lucrativo mediante sitios webs y otras herramientas. Hay un mundo nuevo de información en cuanto a bebés y niños hasta los siete años al menos.

Un fenómeno me intrigó cuando me di cuenta de que, a partir de los ocho o nueve años los consejos disminuían, y al llegar a la adolescencia aquella sabiduría ancestral y autodidacta de muchas desaparecía. Silencio. Nada que ofrecer, y entonces, saltaban a la palestra múltiples espacios de profesionales (consejeros, psicólogos, médicos) que procedían a ofrecer luces a los padres sobre qué hacer con aquel niño o niña que hace poco era una dulzura y manejable y ahora comienza a cambiar de voz, tamaño, gustos… y carácter.

En este punto, ya no hay madre que sepa más que las otras o miles de artículos sobre cómo enfrentar una rabieta a los doce años. No. Ahora solo hay especialistas, y debo decir que al llegar mis hijos a esas edades comprendí la razón de tanto silencio: pareciera que todo lo aprendido hasta ese momento deja de funcionar y debemos reaprender a interactuar con un preadolescente que tiene de todo menos docilidad.

Un adolescente es más o menos la vista previa del producto final de un largo trabajo que venimos llevando a cabo desde el momento en que nacieron. Comenzamos los retoques, pero sabemos que nos queda poco tiempo para hacernos a un lado y dejarlos volar. La oruga está a punto de salir del capullo y como todos sabemos, una vez que sea mariposa volará y lo hará con todo lo que tenía al llegar.

Nada de lo que usamos de niños funciona y no porque sean malas herramientas, simplemente ya no las necesitan. Criar un adolescente se convierte en un acto de preparación para el gran viaje, de repasar el equipaje y entregarles aquellas cosas que por la edad solo ahora podrán usar. Es una clase de repaso de lo que ya deben saber y un ensayo de cómo usarlo en su vida futura.

En pocas palabras, es una gran lista de chequeo porque la mayoría, lo más importante que necesitarán ya lo deben haber aprendido. Los valores primordiales de responsabilidad, honestidad, constancia, solidaridad, humildad, respeto y trabajo se siembran en la infancia.

Aprender a amar de forma positiva, sin esclavizar al otro es algo que aprenderán a través de todas las formas de amor que reciba de pequeño: materno, paterno, filial, de amigos.

La fe y todas aquellas herramientas a las cuales asirse con fuerza cuando todo falla las llevan de casa si los formamos así. Una vida espiritual rica no se saca del bolsillo de repente, hay que irla abonando de a poco para que dé frutos cuando la vida apriete.

Su modelo para relacionarse con el mundo exterior es el que aprendieron en familia porque el día a día fue su gran ensayo para el futuro cercano. Las niñas conocerán a su primer amor con su papá, los varones aprenderán a tratar a las damas empezando por su madre y sus hermanas.

Contarán ya con una gran autoestima si los alabamos cuando hacían algo bueno y los enseñamos a rectificar y evaluar su comportamiento cuando fallaban. El refuerzo positivo y los ejercicios edificantes para corregir errores forjarán un concepto de sí mismos adecuado y sano.

Todos esos años de niños criábamos al futuro adolescente. Construimos poco a poco y en silencio el camino que les servirá para enfrentar el mundo, y de lo sembrado dependerá lo fácil o difícil que sea. Se requiere de mucha paciencia, pero hasta ahora he comprobado que, por encima de las hormonas y sus inevitables arrebatos, lo que hayamos entregado en la infancia encuentra su espacio en la adolescencia y se vuelven sus armas para dar la cara a ese gran circo que es la vida adulta y que apenas les está abriendo las puertas.

No abundan los manuales para esta etapa porque ya no hacen falta. Lo que se necesita es mucho amor, conciencia y conocimiento de nuestros hijos y estar allí para entenderlos, que sientan que no nos alejamos, pero que tampoco los invadimos.

Prepararnos para darles su espacio para equivocarse pero recibirlos cuando necesiten consuelo.

Los adolescentes son almas limpias aprendiendo a caminar solos, y ese es el momento en que más nos necesitan, pero no para darles órdenes, sino para ayudarlos a caminar con seguridad porque es su prueba de fuego: son ellos en el mundo sin nosotros como tarjeta de presentación. No les fallemos buscando instrucciones, hagamos presencia y demos al mundo mejores seres cada día.



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