Irse o quedarse

Conversamos un grupo de amigos sobre eso que hemos dado a llamar «el país». Hacía tiempo no nos veíamos pues vivimos en ciudades diferentes. Pronto desembocamos en la discusión en torno a las bondades o justicias del «irse». Para Alfonso lo justo es partir. En esta tierra, afirma, «no hay futuro». Pero especifica que esto es realmente cierto para «el ciudadano común», añadiendo luego «Rodrigo tú tienes que quedarte, porque tú quieres ser político». Por ciudadano común Alfonso hace referencia a los que «quieren vivir su vida como todo el mundo, hacer su familia, convivir con sus hijos y amigos.» Desarrolla que quedarse es sacrificarla: «el otro día le preguntaron en la radio a Alejandro Moreno que qué haría él si fuera Ministro de Interior, y él contestó: ‘nada. Porque para que un Ministro pueda hacer algo tiene que existir primero el estado.’ Pues bien, yo no pienso esperar que se cree el estado, que tenemos doscientos años creándolo.» Le preguntamos por qué señalaba que nada se podía hacer y nos contestó: «La salida sólo nos ha hecho saber que aquí nadie sabe qué hacer, y que estamos políticamente bastante divididos.»

Rodrigo presenta entonces sus argumentos. Para él, lo justo es quedarse, que nuestra carencia es de «esperanza y fe.» En sus términos, nos indica que Venezuela va saber retribuir el esfuerzo que sus ciudadanos le entreguen. Añade además que otros países han estado en peores situaciones que la nuestra y que, sin embargo, se han recuperado.  Preguntamos entonces de qué esfuerzos está hablando. Lamentablemente, no puede sino soltar una consigna general: «en las comunidades, hay que trabajar en las comunidades.»

Me atrevo a asomarles una primera conclusión. «Rodrigo: me parece que la piedra de tranca es la de ausencia de proyecto, de plan para sacar esto adelante. Si lo tienen, mal lo han estado comunicando. Si no, se pregunta uno quién debe trabajar en ello. Para Alfonso me parece está claro. Él, como ‘ciudadano común’, considera no es a quién le corresponde hacerlo.» Rodrigo me contesta: «El Congreso Ciudadano, en teoría, propone que seamos todos quiénes lo discutamos.» Me le adelanto a Alfonso, que sé lo que está pensando: «Pero, ¿qué se yo para pensar en una solución?» Es entonces cuando Rodrigo siente es su momento: «pues, comienza a aprender sobre ello.»

Me atreví a asomar una segunda conclusión: «se nos planteaba el dilema ético por excelencia: ¿cuál es la vida que vale la pena ser vivida? Alfonso y Rodrigo, me parece, lo tienen más o menos claro para sí. ParaRodrigo vale la pena hacer girar la vida en torno a sacar el país adelante, no así Alfonso. Yo, por mi parte, no tengo demasiada clara la respuesta.» El silencio me invita a agregar las dudas: ¿«uno debe buscar cómo sacar esto adelante por vocación o por deber, por lo que las personas aquí te han dado?, ¿o por qué no le queda de otra? ¿Por la familia?, ¿pero si ya la familia está afuera o puede estarlo si uno se va primero? ¿Lo que se obtiene al final, es lo que más vale la pena en la vida? ¿No ha sido elemento de nuestra tragedia el tanto macho queriendo ‘hacer historia’, haciendo revolución?» Sería buena la ayuda de filósofos.

Jorge L. Carrasquel

 



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