Islas de calor urbano

Todos los que vivimos en ciudades cálidas (o en las que tienen verano) lo hemos sentido: paredes de piedra en el exterior de una casa o un edificio, que alrededor del crepúsculo emiten calor como un horno de pan porque han estado calentándose al sol durante todo el día; una fila doble o triple de automóviles, sobre todo si son camionetas o SUVs, que casi hacen arder el aire cuando pasamos caminando junto a ellos, mientras están detenidos, con los motores encendidos, en un congestionamiento o esperando que cambie la luz del semáforo. O ese asfalto de las calles, cuya temperatura al mediodía parece querer atravesar las suelas de nuestros zapatos.

Las ciudades son fuentes de calor. Lo producen con los motores de sus vehículos, con sus equipos de aire acondicionado, con sus instalaciones industriales; lo absorben durante el día y lo devuelven durante la noche con el concreto de sus edificios y el asfalto de sus calles. Las grandes torres de oficinas atrapan más calor del sol e interrumpen los vientos, con lo cual contribuyen a que los habitantes de las zonas donde fueron erigidas sientan más calor en ciudades o estaciones ya calurosas.

Las «islas de calor urbano» representan un microclima que contrasta con las temperaturas de las áreas circundantes, sobre todo cuando éstas son rurales. La deforestación dentro y fuera de las urbes incrementa los chances de las sequías y aumenta el calor del ambiente con la pérdida de sombra. 

isla1Estas «islas de calor urbano» no solo producen el descontento de quienes han vivido varias décadas en urbes que crecieron de repente y se llenaron de carros, como en Venezuela pasa con Caracas y con Mérida, por ejemplo, ciudades que hace unos 30 años o menos tenían temperaturas medias anuales más bajas que ahora. Esos microclimas también agregan su cuota al calentamiento global y al cambio climático.

Cambian las rutas de los vientos y por tanto de las lluvias o la polinización de las plantas, crean neblinas o calinas que afectan la visibilidad (y el ánimo), favorecen el aumento de la incidencia de enfermedades tropicales como el dengue o la malaria y le abren paso a esas feroces olas de calor que han matado gente durante los peores veranos recientes en ciudades del hemisferio norte. Hay más. Las islas de calor que en el sur de Estados Unidos implica el crecimiento de ciudades como Houston o Atlanta ha contribuido, según algunos especialistas, a que los tornados sean en esa región más frecuentes y más violentos.

isla2Hace un siglo, Luke Howard, el meteorólogo aficionado que dio los nombres a las nubes que todavía usamos hoy, encontró que, de noche, Londres era dos grados centígrados más caliente que el campo que la circundaba. Hoy, la isla de calor urbano forma parte de las advertencias del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático y de las preocupaciones de gente como Ed Mazria, el arquitecto que con su iniciativa Architecture 2030 trabaja para que el sector de la construcción de Estados Unidos vaya reduciendo sus emisiones de gases invernadero a cero de aquí a esa fecha.

Las islas de calor urbano son un indicador de los errores que hemos cometido con el modo prevaleciente de construcción de ciudades, pero sobre todo de lo que hay que empezar a corregir. Necesitamos ciudades conscientes del impacto en el clima que causan determinados modos de construir y de consumir, que abunden en sombra vegetal, que no sean hornos para sus habitantes y sus regiones. En países como Estados Unidos están tomando medidas. En otros, como la cálida Venezuela, nos quejamos del calor sin saber muy bien de dónde viene.

 



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