Jugar es lo que hago cuando dejan de decirme qué hacer

En los escenarios virtuales de la crianza respetuosa me encontré recientemente con una hermosa ilustración de una niña jugando con su muñeca, acompañada con la leyenda que dice, “La definición de jugar de un niño: es lo que hago cuando todos los demás dejan de decirme qué hacer.”

Resulta inquietante ver la gran cantidad de niños que luego de largas jornadas escolares, son sometidos a la presión de agendas copadas en actividades extra escolares dirigidas. Pertenecemos a una civilización de niños programados, que van por la vida bajo la presión casi constante de cumplir objetivos, plegados a rutinas y horarios tan exigentes como los de un adulto. Niños con escaso tiempo para realizar una actividad vital para su sano desarrollo emocional, cognitivo, físico. Niños privados de ocasiones para ejercer su niñez, es decir, para  entregarse al juego libre, creativo y espontáneo.

Rosa Jové, en su libro “Ni Rabietas ni conflictos”, dedica un capítulo a este neurálgico tema. La psicopediatra y autora española refiriéndose a la importancia del juego libre para los niños, explica lo siguiente.

“El juego es una actividad imprescindible para el desarrollo y la formación del niño. Lo es tanto que debería ser normal que el pediatra nos preguntara datos sobre las horas de juego de nuestro hijo, no ya por aquello de que un niño que juega es un niño sin grandes problemas (los niños con mucho malestar, hambre o estrés apenas juegan), sino porque de la calidad y cantidad de las horas de juego del niño se derivarán conocimientos, aptitudes y habilidades sociales necesarias para la vida adulta. En este caso estamos hablando del juego desestructurado e imaginativo, del juego que realizan los niños solos o en grupo, sin reglas preestablecidas, sin objetivo definido, sin premios… No hablamos de las partidas de parchís, los videojuegos o el deporte. Estamos hablando de dejar a los niños totalmente a su aire, independientemente de que decidan jugar a los médicos durante cinco minutos o de que prefieran simular que se pelean como karatecas (más bien, como héroes del manga).”

Tan importante como comer es el juego, la recreación y esparcimiento para los pequeños, que la Convención Internacional de los Derechos del Niño, basándose en la naturaleza singular y evolutiva de la infancia, lo establece como un derecho.

Según explica Jové, el juego libre, espontáneo e imaginativo mitiga el estrés infantil. Estudios realizados con pequeños de tres a cuatro años separados de sus madres  el primer día de guardería, lo comprueban. Después de permitir a un grupo jugar libremente -en solitario o en pareja- y sentar a otro grupo para leerle cuentos durante algunos minutos, midieron los niveles de ansiedad y estrés con el resultado de que el primer grupo logró bajarlos al doble  respecto al segundo.

En el mismo orden de ideas la doctora Jové aclara que el juego espontáneo y creativo resulta mucho más eficaz si se realiza con objetos cotidianos que el niño puede usar como elementos para construir según le dicte la imaginación, con lo cual consigue explorar y descubrir mayores posibilidades, usos y dimensiones del objeto y la experiencia.

Para finalizar, la reconocida psicopediatra y autora española, habla del beneficio del juego libre, espontáneo y creativo en el desarrollo de habilidades sociales en los niños afirmando que con ello, «aprenden a respetar turnos de juego y escuchar otras opciones …».

En definitiva, es indispensable para el sano desarrollo infantil que garanticemos abundante  tiempo, oportunidades y espacio para que los niños realicen juegos libres, creativos, espontáneos -es decir juegos no dirigidos- cada día de sus vidas.



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