La adopción, una decisión que se toma con el corazón

“Los sueños parecen al principio imposibles, luego improbables, y luego, cuando nos comprometemos, se vuelven inevitables”. Mahatma Gandhi

“¿Saben en qué se están metiendo?”. “¡Eso es muy complicado! ¡Tardarán años!”. “¿Y si no les dan al bebé?”. “Lo pueden escoger, ¿verdad?”. “¿Han pensado en el riesgo de recibir un bebé que no saben de dónde viene ni qué le tocó vivir?». Lo cierto, es que ya no necesitábamos excusas; algo ocurrió en nosotros que hizo que nos entregáramos con el alma.

Fueron esos ojos, aquella mañana.

¿Cómo una mirada puede replantearte el camino o darte lo esencial para reafirmártelo?

En procesos de mucha incertidumbre o que implican en cierta forma estremecer los miedos propios y de otros, uno siempre agradece recibir una señal que nos reafirme que el camino que escogimos es el correcto para nosotros ¿verdad?

Así ocurrió para nosotros al asomarnos a la ventana de la adopción.

Esa mañana, mi esposo y yo asistimos a la oficina de adopción para entregar unos documentos adicionales que nos habían solicitado como parte del proceso.

Apenas se abrieron las puertas del ascensor, los vimos. Allí estaban. Tres hermanitos juntos, asustados, observando con atención todo lo que ocurría a su alrededor; especialmente a las parejas que pasaban frente a ellos. Mientras tanto, solo contenían la respiración y se mantenían sentaditos, esperando…

Una niña de quince años, un niño de cinco y un bebé de tres. Pero fue la mirada del niño, esos ojos, lo que fulminó nuestro corazón. Fue un contacto visual tan profundo y honesto que aún nos estremece de tan solo recordarlo.

“¿Y qué esperan esos niños que están sentados afuera?”, preguntamos. “¿Por qué? ¿Les dijeron algo?”, indagó la funcionaria. “¡No! Solo nos siguieron con la mirada hasta aquí”, aclaramos. Y ella sonrío.

“Están esperando que lleguen sus papás adoptivos para conocerlos. Y seguro pensaron que podían ser ustedes”, nos aclaró.

¡Dios!, y eso fue como una válvula que abrió toda posibilidad para nosotros; una sensación aún indescriptible. Fue la señal que hizo que nos entregáramos por completo. Ese encuentro que el universo diseñó a la perfección para nosotros, nos hizo decir: “¡Sí!”; nos comprometió hasta la médula.

Y al salir de la oficina esa mañana, le susurré a mi esposo: “¿Continuamos el proceso?”, a lo que me respondió: “Sí, ahora más que nunca. Esa mirada que me dijo ¿serás tú?, no la olvidaré jamás”.

Podía percibir y hasta comprender el miedo detrás de esas preguntas que personas cercanas nos hacían una y otra vez, como tratando de hacernos entrar en razón. Pero ¿cómo explicarles que ya no era relevante para nosotros SABER, sino SENTIR? Solo queríamos con desespero que ese alguien que estaba para nosotros nos diera la oportunidad de hacer una familia, de entregarle todo nuestro amor contenido, que nos permitiera abrir su corazón para vivir juntos. Su pasado no era impedimento ni motivo de excusas para abandonar la idea; lo que realmente importaba era esa nueva realidad que construiríamos juntos y que sería única y nuestra.

Esos ojos dieron respuesta a las preguntas que hasta el momento ni siquiera nos habíamos hecho. Nos llenó por completo la certeza.

¿Te imaginas que una criatura de cinco años te regale una mirada tan profunda y llena de tanta expectativa e ilusión, que te haga escuchar el deseo más profundo de un ser que está viendo en ti a la persona que le dará la oportunidad de tener una familia?

¿Cómo no atreverse? Si ese deseo es mutuo. Ya deseábamos ser la esperanza de un niño como aquel, porque esa criatura que estaba para nosotros, sin habernos conocido aún, ya se había convertido en la nuestra.



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