La bolsa de puma y la basura urbana

En abril pasado, en el Design Museum de Londres, Puma, la marca alemana de zapatos y ropa deportiva, anunció que sus tiendas usarán ahora una bolsa hecha de residuos del maíz, que se degrada por completo en una pila doméstica de compost en tres meses… o en unos pocos instantes si se deja en un cuenco con agua caliente. Puma dice que con esa bolsa dejará de utilizar 192 toneladas de plástico y 293 de papel por año, porque reemplaza tanto la caja de cartón como la bolsa plástica en la que los clientes se llevan su compra, por un empaque que cumple las funciones de ambas y puede ser reabsorbido por el entorno. La medida forma parte de un interesante programa de sustentabilidad de la empresa, Puma Care, que tiene ambiciosas metas de reducciones en energía, agua y desechos para sus etapas de producción, distribución y venta, así como para sus proveedores, a completarse en 2015.

La nueva Little Clever Bag de Puma implica, si cumple con lo que ofrece, una fuerte reducción de desperdicio en esa empresa, pero si además se convierte en un standard para el sector de retail puede traer un gigantesco efecto positivo. Como lo tendrían también, de extenderse, esos comercios en los que uno puede comprar detergentes llevando su propio envase una y otra vez, en vez de botar uno nuevo con cada compra.

Imaginen cómo serían nuestras urbes si los comercios no tuvieran que usar bolsas.  Según la ONG venezolana Vitalis, las bolsas y los empaques son el 60% de los desechos sólidos urbanos. Pero ¿por qué hay tantas bolsas en ellas, y en las montañas de basura que alimentan cada día? ¿Por qué hay una mancha de plástico flotante en el norte del Océano Pacífico que tiene según algunas mediciones la extensión de Texas? ¿Por qué seguimos depositando en nuestros vertederos o nuestros cursos de agua tantas y tantas toneladas de desechos no biodegradables cada día? Por desconocimiento, por negligencia o porque, como pasa con la energía solar, muchas veces las soluciones son costosas y complicadas.

La cosa no es tan sencilla como la moda green puede hacer ver. Un producto sólo hace un aporte verdadero a la búsqueda de mayor sustentabilidad no sólo si es biodegradable, sino también si los procesos mediante los cuales ese producto llega al mercado son sustentables también: si producen pocos desechos, si consumen poca energía y recursos naturales como agua o madera, si emiten poco gas de efecto invernadero. Un ejemplo es el famoso etanol: es menos contaminante que la gasolina, claro, y no significa en esa etapa la liberación de dióxido de carbono que representa el uso de combustible fósil como el petróleo, pero para llenar los tanques de los autos con etanol hay que destinar enormes extensiones de tierra para el maíz o la caña de azúcar con que se hace el etanol, lo que puede implicar la tala y la quema de bosques, un gran uso de agua y la entrega de superficie cultivable a biocombustible para los autos en lugar de alimento para las personas.

Otra cosa son nuestros propios hábitos. ¿Están los amantes de la fast food preparados para renunciar a los innumerables empaques que contiene cada “combo” que les sirven en una bandeja? ¿Estamos los amantes del vino dispuestos a comprarlo en tetrapacks reciclables en lugar de en botellas de vidrio, luego de que nos hemos tenido que acostumbrar al corcho sintético porque los venerables alcornoques se han vuelto demasiado escasos, o a meditar si elegimos un mediocre vino local a un interesante shiraz australiano, porque este último generó un fuerte uso de combustible fósil para llegar a nosotros?

Estas y muchas otras interrogantes están en el camino. Pero esfuerzos de diseño como el que desembocó en la Little Clever Bag de Puma irán hallando soluciones. Hay que reducir el vertido de basura en los mares y en los alrededores de las ciudades. O eso, o se acaba todo.

 



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