La cárcel

Fue Dostoyevski quien dijo que el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos, y ahí fue donde yo, ser existencialista y retrógrado al fin, comencé a preguntarme quién no estaba preso en alguna cárcel mental.

Comienza agosto, Barcelona parece un infierno terrenal con una temperatura insufrible que me hace ver peor de lo acostumbrado y pone a mi humor a disparar contra cualquier objetivo. Como el hecho de estar fuera supone sufrimiento económico, social y físico me quedo entonces en casa pensando en todas esas cosas que generan una cárcel interna.

Hoy en día el hecho de nacer hombre conlleva varias prisiones ya predeterminadas en la vida: el dinero, el aspecto físico, el sexo y la clase social nos torturan desde nuestra infancia y estarán presentes hasta probablemente después de nuestra muerte.

Despierto y pienso en lo que el día tiene para ofrecer, seguido de mi estado de cuenta y de cómo tengo que mejorarlo considerablemente si quiero llevar a cabo mis planes de adulto promedio. Entro a la ducha, canto alguna canción prohibida socialmente y al salir encuentro a mi reflejo borroso en el espejo, el cual trato de evitar a toda costa para no recaer en mi condena de no tener el cuerpo de alguna súper modelo hot y chiquiluqui (vale acotar, weon, que mientras escribo esto me como unas oreos de esas negritas negritas, así que lo de súper modelo de verdad se escapa de mis manos).

Salgo a la calle y siento que estoy en presencia de todos mis verdugos. Si no me maquillé, peiné o me vestí mal se verá reflejado en las miradas ajenas que juzgan sin saber, pero mira como duelen esas miradas desconocidas.

Lo interesante del caso es cuando logras (o al menos intentas) revelarte contra este sistema carcelario que se ha creado en el mundo y dejas de darle un poco de importancia a alguna que otra cosa. No soy millonaria, pero sinceramente, ¿a mi edad quién lo es?, mi cuerpo no es perfecto, pero daré todo mi amor y siempre buscaré una conversación bastante intelectual, además, si todo funciona como debería, ¿cuál es el problema? no soy talla 0, pero ¿para qué quiero serlo? No tengo un gran apellido, no soy hija de fulanito, ni heredera de un imperio, pero lo que me dieron me lo dieron con trabajo y los valores que me inculcaron son suficiente para yo lograrlo a mi manera. Quizás tosca, quizás grosera, pero manera al fin.

El primer paso para revelarnos en contra de la cárcel mental es la aceptación y observación de nosotros mismos y nuestro entorno. Mientras más logremos vernos como realmente somos y aceptar lo que hemos hecho y a dónde creemos que podemos llegar será más sencillo mandar al cipote a la opinión preestablecida de un sistema que bastante le falta por autoanalizarse.

Regresando a Dostoyevski me pongo a pensar en que el secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive. Y a esta altura del partido creo que deberíamos enfocarnos en eso, más que en el hecho de lo que hace el de al lado o de si fulana, mengana, zutana o cualquier weona dijo, hizo, pensó o imaginó equis cosa.

La vida es cortita cortita señores, así como el paquete de Oreos que me acabo de terminar.

Love, R.



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