Nuestra zona de confort y la comunicación con nuestros hijos adultos

¿Cómo queremos que nuestros hijos cambien? Dicho de otra forma, ¿cuánto tiene que cambiar el otro para que yo sea feliz? En ese proceso, ¿cómo se ve afectada nuestra “zona de confort” en la dinámica relacional que establecemos con nuestros hijos?

La zona de confort es ese espacio o experiencia donde mientras hagamos cosas o estemos en sitios que nos resulten familiares, nos sentimos cómodos, seguros. Aunque suene contradictorio, nuestra zona de confort no necesariamente es un espacio de bienestar o expansión para cada quien. Al contrario, nuestra zona de confort es usualmente un espacio donde no necesariamente nos sentimos bien; como precisamente estamos acostumbrados a no sentirnos bien, estamos habituados al malestar, la ansiedad, el stress, etc., esa dinámica o experiencia se convierte en nuestra zona de confort.

Podemos ser padres muy prácticos y resolutivos, y a la vez estresados e intranquilos. En la vida, cuando surgen dificultades, cuando hay situaciones enredadas, o cuando alguien necesita ayuda, actuamos en automático, descifrando complicaciones rápidamente y resolviendo problemas. Ser bomberos, tal vez esa sea nuestra zona de confort, a pesar de que nuestra salud se vea afectada porque los niveles de cortisol en el cuerpo se disparan debido a nuestro constante estado de alerta. ¿Qué sucede cuando nuestros hijos conversan con nosotros de sus problemas, de sus desdichas o apuros?

En días pasados mi hijo me llamó para contarme de una circunstancia en su trabajo que lo tenía molesto, y yo de inmediato comencé a plantear posibilidades de lo que podía o debía hacer. Él estaba muy frustrado; yo le sugería escenarios y él los refutaba. Cuando colgamos, yo estaba agotada y muy confundida. Comencé a entender que él no me llamaba para pedirme respuestas, solo me buscó para que yo lo escuchara. Me quedé muda ante mí misma, ante mi afán de que haga las cosas como yo le digo.

¿Por qué nos cuesta tanto escuchar y acompañar a nuestros hijos sin caer en esa reacción automática de ofrecerles soluciones a sus problemas? El hecho de que yo tenga la facilidad de ver salidas no quiere decir que él las quiera ver de la misma forma, o que siquiera me esté llamando para pedir mi opinión. Yo no le pregunto si quiere escuchar lo que tengo que decir, mi impulso inmediato es aportar soluciones.

Cuando reflexiono y me doy cuenta de mi patrón, decido que la próxima vez que me llame lo voy a escuchar, solamente a escuchar y a acompañar. Eso me permite conocerlo mejor. Conocer sus miedos, conocer sus angustias. No tengo que ni voy a solucionar nada, eso le toca a él. Si un día necesita un consejo, llamará específicamente para pedírmelo. Desde entonces tengo días escuchándolo y observando como él sale de sus complicaciones. Lo acompaño, y le doy a entender que estoy con él. Me muevo de mi zona de confort, de resolverle los problemas apresurada y/o disimuladamente.

Mientras yo voy aprendiendo a respetar el espacio del otro, él va desarrollando las herramientas y dándose el tiempo necesario para encontrar sus propias respuestas y soluciones. La vida de mi hijo es su proceso, no el mapa preconcebido que tengo yo de lo que le pueda estar sucediendo. Al dejar de meterme en sus asuntos, me puedo ocupar de los míos. Lo mas importante que queda de este aprendizaje es descubrir que nuestra felicidad no depende de nuestros hijos, ellos son los maestros que nos moverán de nuestra zona de confort a una vida más libre y más ligera, a un camino que conduce al bienestar.

 

Junto a Ghislaine Demombynes, soy coautora de “Hijos adultos: ¿Qué tan cerca, qué tan lejos? Del apego a la autonomía” el cual ya se consigue en Amazon. El bautizo del libro se llevará a cabo el sábado 20 de febrero a las 2:30 pm en Caracas en la Librería Kalathos ubicada en el Centro de Arte Los Galpones de Los Chorros.



Deja tus comentarios aquí: