La confesión de sus ojos

La confesión de sus ojos

Nunca había nevado tanto como ese día. Mis padres, buscado nuevos horizontes, nos llevaron a mis hermanos y a mí a vivir a la mágica y fría ciudad de Toronto, en Canadá. Para ese entonces nunca usaba el elevador, pues una de mis peores pesadillas era quedarme encerrada en uno de ellos. Mi única opción eran las escaleras. Esa tarde algo diferente ocurrió. Cuando me disponía a subir el primer escalón para ir al apartamento donde vivía, escuché el llanto de una mujer. Aquel triste sonido provenía del sótano. Comencé a bajar aquellos solitarios y tenebrosos escalones mientras un olor a cigarrillo impregnaba el poco aire que había.

Era mi vecina, vivía un piso más arriba, nos habíamos visto varias veces, asistíamos al mismo colegio. Su familia, al igual que la mía era árabe. Ambas veníamos de una cultura represiva, ambas vivíamos en medio de dos mundos, con un pie en la represión y el otro en la libertad. Pero nuestras religiones eran diferentes: ella era musulmana y yo católica. Lo supe porque a pesar de que ella no usaba ningún tipo de velo, su madre, que era viuda, siempre llevaba puesto un hiyab.

—¡Hola! Te llamas Amira, ¿verdad? —le pregunté al mismo tiempo que intentaba mirar sus ojos que me esquivaban.

—¡Disculpa! Me tengo que ir —dijo apagando el cigarrillo con vergüenza.

—¡Amira, espera! ¡Por favor, no te vayas! —traté de detenerla, pero se marchó sin poder saber qué le ocurría.

Cuando llegó la noche no pude dormir pensado en ella, principalmente en sus ojos. Ellos querían confesarme algo, desahogarse y no sentirse juzgados por primera vez en sus vidas. Al día siguiente volví al mismo lugar de siempre buscando encontrarla de muevo, y al igual que el día anterior, sentí el mismo olor a cigarrillo.

—¡Hola!

—¡Hola, Eliana! —dijo justo después de apagar el cigarrillo.

—No tienes que apagarlo. Yo no te voy a juzgar si fumas, tampoco voy a decírselo a nadie. Puedes confiar en mí. Es más, fumaré contigo. ¿Me regalas uno?

Hablamos un largo rato, del frío del invierno, del colegio, de nuestras comidas favoritas. Sus ojos me decían: “quiero confesarte algo. Sé que puedo confiar en ti”. Después de esa conversación, todos los días, nos reuníamos en el colegio a la hora del lunch, para almorzar juntas. En poco tiempo me di cuenta de que le gustaba un chico, muy apuesto, era casi perfecto, solo había un pequeño detalle: no era de su misma cultura y religión.

—¿Te gusta ese chico? —le pregunté con una sonrisa traviesa.

—¡No! ¡Estás loca! ¿Cómo te atreves a preguntarme eso? —dijo avergonzada, esquivando mis ojos como de costumbre. Pero a mí no podía engañarme, claro que le gustaba y mucho.

Me desperté feliz ese sábado, era mi cumpleaños. Me había comprado mi regalo para estrenarlo ese mismo día: un labial color rojo pasión, Rouge de la marca Dior, mi favorito. Estaba cumpliendo 18 años. Sería la primera vez que saldría de mi casa con los labios pintados de rojo. “Al fin”, dije hacia mis adentros cuando terminé de pintarlos. Millones de veces me había pintado la boca de rojo dentro de mi casa, y también millones de veces había escuchado a miembros de mi familia y allegados pertenecientes a la misma cultura, tildar de “sharmuta” a cualquier mujer que tuviese los labios pintados de ese color. Pero ya eso no me importaba, había esperado mucho tiempo. Esas personas ya no estaban cerca de mí, se encontraban a miles de kilómetros de distancia. “Dijiste que cuando cumpliera 18 años”, le dije a mi madre al ver su cara de asombro cuando estaba a punto de salir.

Mis amigas me habían invitado a comer al restaurante de moda, frente al lago Ontario. Subí a buscar a mi amiga Amira para invitarla. Su madre abrió la puerta. No dejaba de ver mis labios, creo que estaba a punto de sufrir un infarto. “Amira está indispuesta”, dijo molesta cerrando la puerta con rapidez.

—¡¡¡Eliana, espera!!! —gritó Amira cuando me disponía a bajar las escaleras.

—Disculpa, pero mi madre no sabe que somos amigas.

—Tranquila. Me imagino que no le gustó mi boca roja.

—Pero a mí sí me gusta. ¡Te ves bellísima! ¿Bajamos a fumar?.

Su madre no le había permitido salir conmigo, pero sí le había dado permiso para bajar al sótano a fumar.

—¿Tu madre sabe que fumas? —pregunté desconcertada.

—Sí —contestó apenada.

—Entonces, ¿de quién te escondes? Digo…ya tienes 19 años.

—Me escondo de la gente, no quiero que piensen mal de mí —me respondió mirándome a los ojos. Fue la primera vez que los miró fijamente.

Estaba segura de que lo mismo pensaba de mi boca roja y del muchacho del colegio que le gustaba, y es que es muy difícil para nosotras las mujeres que vivimos rodeadas de una cultura represiva, nos escondemos, mentimos y fingimos ser otras para no decepcionar a los demás, y para que no nos llamen “sharmutas”. Solo que yo no era de las que se rendían y cobardemente se unían a la represión, y ella tampoco, lo podía ver en sus ojos. Sin embargo, la entendía perfectamente, y cómo no iba a hacerlo, si miles de veces escuché a varios de mis familiares decirnos a mi madre y a mí que no podíamos opinar. Seguramente a ella le había ido peor.

La confesión de sus ojos comenzó justamente por el momento en el cual tuvo que esconder durante meses la llegada de su menstruación, para así no tener que enfrentar todo lo que aquello implicaba, incluyendo taparse el cabello que tanto le gustaba. En fin, ese día cancelé la invitación de mis amigas. Me quedé hablando y fumando con Amira. Era la mejor manera de celebrar que me había convertido en una mujer mayor de edad.

—¡Eres muy valiente! Yo nunca me atrevería a pintarme los labios de rojo, así me muera por hacerlo.

—¿Quieres decir qué no podrías ser tú misma? —le pregunté

—Bueno… no… bueno… yo… quise decir… ¿no te da miedo ser… cómo acabas de decir, tú misma? —preguntó tartamudeando.

—Sí, a veces, pero debemos ser fuertes, actuar con coraje… siendo tú misma es la única manera de llevar a cabo tu misión en la vida, lo que Dios quiere pasa ti y para el universo.

—¿Crees qué tu boca roja tiene algo que ver con tu misión?

—¡Sí! Estoy segura—respondí con certeza.

Entonces, su alma me habló, por medio de sus ojos, mirando penetrante y fijamente los míos. Me confesó que estaba enamorada, que moría por besar a aquel chico con los labios pintados de rojo pasión como los míos, y que un calor dentro de sus piernas la había invadido desde la primera vez que lo vio. Me confesó que moría por sentirse deseada, pero su mente peleaba con ella, diciéndole: “eres una sharmuta, una pecadora, una vergüenza para tu familia”. Me confesó que quería comprarse aquel vestido de encaje negro que vio en el Toronto Eaton Centre. Me confesó que tenía mucho miedo de ser juzgada, por eso no se había atrevido a responderle el saludo a ese muchacho… me confesó… me confesó…me confesó…

Mientras sus ojos me confesaban todo aquello, yo, como de costumbre, estaba elaborando un plan para que ella se atreviese por una noche a ser ella misma, sin que nadie supiera que era ella, y pudiera por primera vez en su vida, experimentar lo maravilloso que se siente ser uno mismo, que vale la pena vencer cualquier obstáculo para conseguirlo. Le expliqué mi plan detalladamente, nunca la había visto tan feliz. Se escaparía la noche de Halloween a la fiesta de disfraces organizada por nuestro colegio. Se disfrazaría de una mujer árabe con un hermoso velo que dejaría al descubierto únicamente sus poderosos y sensuales ojos. De esa manera nadie podría reconocerla. ¡Ese era el plan!

Esa noche, cuando su madre se había dormido profundamente, se escapó. Llevaba puesto un Niqap color negro, que le cubría casi todo el rostro, solo podías ver sus ojos. Los maquillé rápidamente con un delineador negro de“Khol Kajal, ese que usamos todas árabes.

—¡Lista! Quedaste espectacular. Tus ojos ya están listos para hechizar a tu chico —le dije después de un largo suspiro.

—Todavía no estoy lista. ¡Falta algo! —dijo mostrándome un labial rojo que había comprado a escondidas de su madre.

Y así, con sus ojos hechiceros, que parecía dos bombas de pasión y sensualidad a punto de explotar y de liberar todos esos sentimientos que estuvieron reprimidos durante tantos años, Amira buscó al chico de su sueño, lo miró a los ojos, le lanzó un hechizo irrompible dejándolo loco de amor, se quitó el velo, y con sus labios rojos lo besó, con tanta pasión que pude ver las llamas que ardían dentro en su piel.

Al poco tiempo regresé a Venezuela, jamás volví a saber de ella, hasta que un día, que nunca olvidaré, recibí una hermosa carta, escrita de su puño y letra, firmada con sus labios pintados de rojo pasión. ¡Amira había logrado ser ella misma! ¡¡¡Ya Allah!!!

Gracias, Amira, por enseñarme a hablar con los ojos y a escucharlos. Tú también eres una mujer muy valiente.

Los ojos de las mujeres árabes son tan poderosos y hechiceros porque por dentro llevan una bomba de pasión, fuego, poder, valentía y sobre todo de sensualidad a punto de explotar, producto de años y años de represión.

CON PASIÓN Y SIN MIEDO: No vivas tu vida pretendiendo ser otra persona para complacer a los demás o para no decepcionar a tu familia. Para algunos es difícil ser uno mismo, a veces tienes que luchar y vencer muchas barreras. Ser uno mismo tiene un precio, puedes perder algunas o muchas cosas, pero ganas lo más importante: la felicidad, que solo puedes lograr siendo tú. Si eres una persona represiva, nunca es tarde para cambiar, nuestro único amado Dios, omnipotente omnisciente y omnipresente, como sea que lo llames, Alá, Shiva, Jehová…. jamás sería represivo con las mujeres, pues son su más grandiosa creación. ¿Cómo lo sé? Lo sé porque yo soy una de ellas.

En algunos momentos de mi vida deseé haber sido hombre, qué tonta fui. Ser mujer es lo más maravilloso de mi vida. Luché, luché, luché y continúo luchando todos los días, por ser una mujer libre, para así volar a donde siempre soñé.

Con amor desde Santo Domingo,

Eliana Habalian



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