La construcción de una vida infeliz

Todos queremos ser libres, de ser quienes somos y hacer lo que queramos sin ser juzgados, cuestionados o condenados. Sin embargo, somos nosotros mismos los que nos encadenamos más fuertemente a ese concepto hasta acabar siendo más esclavos que libres. Esta no es fácil, pero voy a tratar de explicarme.

Hablo de aquellas personas que están tan obsesionadas con su imagen que acaban llevando una vida incómoda y contraria a verdadera definición. En el autoengaño constante de qué es realmente lo que desean, hacen encajar su vida con un esquema preestablecido que consideran que define una vida ideal, plagado por ejemplo, de actividades que realmente no disfrutan o no les apetece hacer pero que les dotan de cierto prestigio. Pero que se delatan después, cuando consiguen una excusa que les disculpa socialmente de dichas actividades y se agarran fuertemente a ellas para descansar de su propia autoimposición.

Cuando uno pasa demasiado tiempo intentando llevar la vida que cree que otros desean que lleve, el tipo de vida que piensa que los demás consideran más “cool”, o aquella que les envuelve en un aura de santidad, carisma, modernidad o prestigio… Sea cual sea la etiqueta elegida, acaba volviéndose dependiente, o muy estresado o como comentaba, acaba pegando un cambio radical de vida que nadie comprende a raíz de alguna circunstancia que les excusa o libera de esa esclavitud.

He visto casos de esto por ejemplo entre los “más fiesteros” del barrio que se levantan arrepentidos de lo hecho en la mañana de resaca, pero que vuelven a empezar cada fin de semana al ritmo de un anestesiante copazo. O en aquellas parejas que se mantienen juntas en función de una imagen de pareja perfecta que no se atreven a romper a pesar de soñar cada noche con otra historia más romántica y feliz. O en quien mantiene un trabajo cuya etiqueta le hace parecer alguien importante aunque cada mañana meterse en la oficina les llene de amargura.

¿No conoces a nadie que intuyes que lleva un rol que le agota, pero que habla de su vida como de la mejor de las vidas posibles? No son tan difíciles de identificar. Padres primerizos, que cuando reciben a su bebé, abrazan también una auto-orden de enclaustramiento “forzoso” que por fin les libere de la obligación de ser siempre el alma de la fiesta, cuando en realidad es que ya no les quedaban más reservas energéticas para seguir cumpliendo ese falso rol social. O las parejas de toda la vida que esconden detrás un largo historial de infidelidades, o estos exitosos trabajadores que se forran a somníferos y ansiolíticos u otras sustancias porque sin ellos no consiguen funcionar.

Pero es que la libertad no consiste en hacer todo aquello que se plantee, no perderse una fiesta, conocer todos los vicios posibles u ostentar el título del más exitoso del grupo. Ser libre es perder el miedo a ser quien eres consista esto en lo que consista, aunque eso signifique perderte precisamente todas las fiestas que haya, en la elección consciente de ser consistente y coherente con tu espíritu, si es que este es poco fiestero, sin sentirte diferente o inferior por no ponerte la etiqueta al cuello de ser el más divertido. Al final el más guay no es más que el mas auténtico, el que afronta con valor, lo que es, sin complejo. Aquel que se coloca a sí mismo la etiqueta de friki, cobarde, casero, solitario o qué se yo, todas esas definiciones que de entrada no son prestigiosas socialmente, y sin embargo se siente orgulloso de quererse igualmente, eso es libertad.

Deshacerte de los complejos es ser verdaderamente libre, deshacerte del miedo al juicio, tanto ajeno como propio y hacer coherentes tu ser y tu vida con una sonrisa, cuando alguien no entiende tu forma de vida, tus decisiones o tus costumbres. Porque al final, la única que usa tus zapatos eres tú, sólo tú usas el vestido de tu vida sintiendo lo que se siente siendo la protagonista de ella.

¡Así que ejerce tu derecho a romper las cadenas sociales del prestigio, porque nadie goza más de él que quien no lo necesita!



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