¡La culpa es de la grasa!

En una sociedad como la actual donde mantener una esbelta figura se mantiene en el Top 5 de la lista a Santa cada Navidad, las grasas ocupan el rol del villano en cualquier película que imaginemos. La naturaleza en su sabiduría ha provisto a las grasas de más del doble de calorías por gramo en comparación a los otros nutrientes (carbohidratos y proteínas). ¡Claro! Si se trata de reserva de energía, ¡mientras más quepa en menos espacio mejor!  Pero, ¡a lo que vinimos! Hoy me toca defenderlas y debo decir que: ¡Se lo merecen! Las grasas son vitales para nuestro organismo, veamos por qué:

Debido a que no se mezclan con el agua forman las paredes celulares y membranas que “cubren” el exterior de nuestras células, resguardando su contenido del medio externo y viceversa. No es casualidad que nuestros requerimientos de grasa se mantengan entre un 30 y 35% de la ingesta calórica diaria. Ya que además de esto favorecen el desarrollo neurológico fetal y la maduración del sistema nervioso central durante los primeros dos años de vida (razón por la cual la grasa representa entre un 40 y 50% de las calorías totales de la leche materna, entre saturadas e insaturadas). Claro que en la adultez seguimos necesitándolas para la regeneración de esas membranas y como transportadoras de algunas vitaminas entre las que se cuentan la K, D, A y E. Incluso algunas grasas se destacan por su tarea, como el colesterol HDL (o colesterol bueno) que se encarga de la limpieza constante de las arterias.

No todas las grasas son iguales. Cuando inspeccionamos la etiqueta de un producto o simplemente seleccionamos los alimentos que formarán parte de nuestra dieta, debemos observar qué tipo de grasa contiene, y sobre todo su proporción. Una regla general sería diferenciar aquellas que son sólidas a temperatura ambiente, las saturadas (necesarias en pequeñas cantidades); de aquellas que no lo son. Las grasas insaturadas son líquidas a temperatura ambiente, dentro de este grupo las más recomendadas son el aceite de oliva, de maíz, y los frutos secos como la almendra o la avellana. Éstas son un verdadero aliado de la salud cardiovascular, aumentarían los niveles de HDL o colesterol bueno haciendo descender el LDL o colesterol malo. ¿Y para perder peso? Nos quedaríamos boquiabiertos al saber que estas grasas estimulan el uso de las reservas. ¿De verdad?

Sí. Dentro de una dieta equilibrada y variada estas grasas nos ayudan a deshacernos de la otra grasita, entre otras cosas porque aumentan nuestros niveles de saciedad.

Valdría la pena un punto y aparte para referirnos a las grasas insaturadas de tipo Omega 3, ya que regulan los niveles de colesterol malo como lo haría el aceite de oliva o las nueces, al tiempo que disminuye la tendencia de la sangre a formar coágulos. Además es coadyuvante en tratamientos de hipertensión y previene arritmias. Su principal fuente es el pescado y lo contiene en mayor cantidad la sardina, el salmón y la anchoa.

Perdamos el miedo, evitemos poner una marca negativa sobre algún alimento y vigilemos mejor aún la cantidad que consumimos, ya que ninguno  contiene sólo un tipo de grasa. No todo es mono insaturado en nuestro amado aceite de oliva, de hecho un 13% corresponde a grasas saturadas, así como no toda la grasa de un bistec es saturada, ya que contendría aproximadamente un 29% de grasas mono insaturadas. Por otra parte muy contrariamente a una idea bastante extendida, no siempre predominan las grasas saturadas en las carnes, por ejemplo en el pollo, el pato y en el tan golpeado cerdo hay un alto porcentaje de grasas mono insaturadas.

Evitemos condenar alimentos. No hay buenos y malos, ciertamente hay unos más provechosos que otros (Para nosotros y para el medio ambiente). Y si sucede que ya lo sentenciaron y lo mandaron a la hoguera por la eternidad, avísenme, ¡no es tarde! Estoy segura que: ¡Es inocente!



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