La culpa

Mea culpa, mea culpa, mea culpa. Golpe de pecho, golpe de pecho, golpe de pecho. Admito que no he dormido bien. Pasé gran parte de mi noche pensando en las desventajas de ser una mujer bajo un ataque de hormonas. Me sentí, de alguna forma, culpable de desatar el desequilibrio en mi vida y de causar tanta roncha a mi alrededor.

Pero, ¿qué es la culpa? ¿Es algo divino y religioso, o realmente viene estandarizado en el software humano?

Cuando somos unos pollitos nos suelen meter en la cabeza que si hacemos algo catalogado como malo, sentiremos entonces culpa y nos prepararemos para el castigo de Diosito (o al menos eso escuchaba en casa de mis amiguitas, porque en la mía la religión era un cuento de camino, ahí no creían en nadie).

Crecí entonces con un pensamiento extraño de lo que significa sentirse o ser culpable de algo. En la adolescencia me pegó la época de las dietas porque no estaba de moda el cuerpo de Kim Kardashian, sino más bien algo tipo palillo. Comencé a caer en un circulo vicioso de sentir culpa cada vez que me comía algo divino y grasoso, pero experimentaba un delicado placer al hacerlo. Lo repetía una y otra vez, y lógicamente no perdía peso.  ¿Quizás la culpa está ligada al placer?

En estos casos banales como las dietas, el hecho de sentirse culpable nos afecta directamente a nosotros, pero en otros casos el tema es más delicado.

De vez en cuando, mientras veo mi vida pasar y sueño con poder transformarme en una planta o algo que no requiera pensar tanto, termino analizando si alguna vez quienes nos hacen daño han sentido culpa, y si ellos han experimentado placer como yo. O al menos algo que les cause arrepentimiento.

Aún recuerdo mis primeras aproximaciones amorosas. El weón era tímido y yo era muy despistada. La pareja perfecta teniendo en cuenta que a ninguno nos valía mucho el otro y nuestras conversaciones eran sobre música y cosas muy sencillas. En el año que estuvimos de novios no hubo ni una sola pelea, ni una foto y tampoco ninguna gran alegría. Un día cualquiera lo noté más nervioso que de costumbre, y pude verlo todo en sus ojos. Pude ver físicamente la culpa ahí, en sus pupilas dilatadas. Me dejó por otra weona; no dolió, pero sí me dejó ese gran descubrimiento, y de ahí en adelante miraría a los ojos a todo el que pudiese herirme de alguna forma. Desde ese momento pude ver la culpa, aunque quizás no entenderla del todo.

Nunca comprendí qué la causaba más que el considerar la responsabilidad sobre una acción negativa. Solo notaba que cuando alguien sentía culpabilidad hacia mí, la que saldría herida sería siempre yo. Los diferentes malhechores de mi vida confesaron siempre las culpas, y sus vidas seguían bien, casi como si ese momento frente a mí fuese un confesionario y mi tranquilo, no te preocupes fuese un perdón divino que los liberaba de todo.

Todos confesaban sus diferentes crímenes y recibían mi perdón y aceptación. Cerraron todos la puerta al salir y siempre quedé yo, adolorida, confundida y preguntando qué culpa tenía yo y cuál había sido mi crimen para recibir otra decepción más. Quizás ha sido mi despiste eterno, o quizás que en mi casa no me enseñaron a atribuir los castigos a Dios.

 

Love, R.



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